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VENEZUELA; LAS COSAS POR SU NOMBRE

Maroto

Desde Canadá.

¿Por qué escribir sobre la actual situación de Venezuela, un tema que por espinudo pareciera más conveniente evitar?
Justamente por eso: porque son estos temas complejos los que nos ofrecen una oportunidad para reflexionar sobre nuestros valores y reafirmar nuestras convicciones. Lo anterior es particularmente importante hoy, porque vivimos en un mundo donde las convicciones parecen estar dictadas más por las conveniencias económicas o los beneficios electorales, que, en este caso, por la moral política.

A finales del siglo XX, Venezuela inició un interesante proceso político. Lo anterior, de la mano de Hugo Chávez, un carismático y controvertido líder, con un pasado militar marcado por un intento de golpe de Estado.

Aprovechando la crisis de credibilidad del sistema político venezolano, desgastado por permanentes acusaciones de corrupción y por la implementación de impopulares medidas económicas de austeridad, y a la cabeza de un movimiento político que reclamaba la Revolución Bolivariana, Hugo Chávez logró ser elegido presidente de la República en 1998, iniciando una aventura política que le permitió ser reelecto en tres oportunidades (2000, 2006 y 2012). Sus principales postulados buscaban, en lo interno, luchar contra la corrupción, profundizar la participación democrática y, de la mano de una economía socialista, implementar agresivos programas sociales destinados a mejorar significativamente las condiciones de salud, educación, vivienda y alimentación de la población, particularmente de aquellos sectores más postergados. En el ámbito internacional, Chávez soñaba con el fortalecimiento de una América Latina unida, esencialmente antiimperialista y profundamente contraria al capitalismo liberal.

Su complicado estado de salud le impidió asumir la presidencia que había ganado por cuarta vez consecutiva en el 2012; tras su prematura muerte. Las funciones de jefe de Estado y de Gobierno fueron traspasadas a su vicepresidente Nicolás Maduro, quien posteriormente fue elegido presidente en abril del 2013 y reelecto para un nuevo periodo presidencial que debiera iniciarse en enero del 2019. Con un estilo carente del carisma que caracterizaba a Chávez y sin el contenido ideológico de este último, Maduro se comprometió a continuar por la senda (y la sombra) de la Revolución Bolivariana.

Pecando de simplicidad, el proceso bolivariano iniciado por Chávez puede resumirse en tres grandes etapas. La primera, entre los años 1998 y 2007, en que al amparo de las ganancias generadas por las ventas de petróleo y de la mano de las reformas sociales impulsadas por Chávez, Venezuela experimentó progresos importantes en calidad de vida, disminución de la pobreza, mejor distribución del ingreso, aumento de la seguridad y calidad de la educación. Son estos los “años dorados” de la Revolución Bolivariana, en que el proceso iniciado por Chávez generó un importante apoyo por parte de los venezolanos y concitó gran interés a nivel internacional. Una segunda etapa, entre los años 2008 e inicios del 2013, en que las condiciones económicas empezaron a deteriorarse, se observaron los primeros atisbos de corrupción en el sistema, la percepción de seguridad ciudadana decayó significativamente, el clima político interno se vio sometido a crecientes tensiones, el sistema democrático dio las primeras señales de debilidad y la mirada internacional fue adquiriendo progresivamente un tono cada vez más escéptico y crítico. Y una tercera etapa, entre los años 2013 y el día de hoy, en que huérfano ya del encanto de Chávez y bajo la conducción de un Maduro carente de capacidad y liderazgo, la Revolución Bolivariana se desperfila, viéndose afectada por una corrupción rampante, una crisis económica severa, graves problemas de seguridad ciudadana y el debilitamiento continuo de las instituciones y requerimientos básicos necesarios para la existencia de un sistema democrático.

No es posible referirnos al “experimento chavista” sin mencionar el rol que la comunidad internacional ha jugado en su éxito o fracaso.

Indudablemente, la Revolución Bolivariana planteada por Chávez generó la simpatía de aquellos gobiernos que, en mayor o menor grado, intentaban avanzar también en reformas sociales y en el combate al neoliberalismo. Sin embargo, y como ya lo hemos observado en otros contextos históricos, la sola idea de un proyecto socialista exitoso, generó una oposición decidida por parte de Estados Unidos y los países con gobiernos de derecha liberal; y son éstos los que, desde los inicios de este proceso, han participado directa o indirectamente en diversos esfuerzos por fomentar la inestabilidad política y económica en Venezuela, con el objetivo final de hacer fracasar este proyecto socialista.

Es, considerando este contexto, que debemos observar la Venezuela de hoy. Los ideales de justicia social y profundización democrática que alguna vez inspiraron a este movimiento se han ido perdiendo en el camino; ya sea por causas endógenas o exógenas, que en ningún caso debieran servir de pretexto, la Revolución Bolivariana que hace 20 años inició Chávez no dice relación alguna con el proceso que hoy, a duras penas, intenta sostener Maduro.

Sin perjuicio de que el gobierno de Nicolás Maduro aún cuenta con un no despreciable apoyo en la ciudadanía, la realidad es que Venezuela hoy es un país en crisis. Una crisis económica, política y social que ha comprometido seriamente la salud del sistema democrático venezolano. La simple celebración de elecciones no es garantía de la existencia de un sistema democrático sano. Para que éste exista, es necesaria la presencia de condiciones previas que aseguren la posibilidad de un debate político libre, el ejercicio de la libertad de expresión sin restricciones y la capacidad de asociarse y manifestarse libremente sin coacción por parte de quienes detentan el poder. Las condiciones anteriormente mencionadas, están ciertamente deterioradas hoy en Venezuela.

El respeto a los derechos humanos merece mención aparte. La oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en su último informe de junio del 2018 ha reiterado su preocupación por las reiteradas violaciones a los derechos humanos que habrían sido reportadas entre julio del 2015 y marzo del 2017. Un ejemplo de lo anterior son la violaciones ocurridas durante la ejecución de las llamadas “Operaciones para la Liberación del Pueblo” que según la Fiscalía General venezolana habrían causado al menos 505 muertos, como resultado de las acciones de las fuerzas de seguridad. Según la oficina del Alto Comisionado, estas violaciones comprometerían gravemente el estado de derecho en Venezuela.

Lamentablemente, el exceso de autoritarismo observado en el gobierno de Maduro, la falta de independencia de los poderes públicos y la falta de alternancia en el poder amparada por la posibilidad de reelección indefinida, acercan más a Venezuela al concepto de pseudo democracia planteado por Diamond, Linz y Lipset o democracia defectiva planteado por Merkel y Croissant, que a una democracia plena; una pseudo democracia en que la competencia política está limitada o restringida, la celebración de elecciones pluralistas se ve afectada por diversos grados de irregularidades, los principales actores en el poder actúan sin responsabilidad política efectiva, existe una falta de autonomía de las instituciones representativas y falta de independencia de los poderes del Estado y los derechos y libertades individuales están claramente disminuidos.

Diciendo las cosas por su nombre, y sin perjuicio de las buenas intenciones que en sus inicios puede haber tenido la Revolución Bolivariana de Chávez, la Venezuela de hoy no es un modelo a seguir.

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