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Y ahora…¿qué hacemos?

A partir de las 18.oo horas del día de ayer,  19 de noviembre, se empezaron a cerrar, conforme a la ley, las mesas receptoras de sufragios a lo largo del territorio nacional.

De acuerdo a la información entregada por el Servicio Electoral, 14.308.151 ciudadanos se encontraban habilitados para ejercer sus derechos cívicos, de los cuales 7.336.957 son mujeres y 6.971.194, varones. La cifra incluye 39.137 inscritos residentes en diversas naciones del extranjero. La abstención electoral claramente supera el 55% de los votos, lo que, de por sí, constituye la confirmación de una constante histórica que debe ser mirada con atención ya que entraña un grave peligro para el porvenir de la democracia chilena.

La segunda vuelta ha quedado circunscrita a los nombres de Sebastián Piñera y de Alejandro Guillier, lo que no hace sino confirmar, en la línea muy gruesa, lo que estaban anunciando las últimas encuestas.

Sin embargo, una lectura un poco más profunda de los datos disponibles, permite sacar algunas conclusiones más o menos evidentes.

Excluyendo a Artés, cuyo resultado se ajusta a lo que todo el mundo esperaba, el senador Alejandro Navarro es uno de los grandes derrotados. Su último lugar y el magro porcentaje alcanzado, incluso en la propia región que representa, constituye el castigo a una aventura personalista sin sentido. Marco Enríquez-Ominami, asimismo, pese a su agresiva irrupción en la contienda sufrió una nueva derrota de una serie que, prácticamente, le ha significado ir perdiendo, de  candidatura en candidatura, el 50% de la votación anterior sin haber logrado clavar en la conciencia ciudadana ninguna idea-fuerza capaz de abrir horizontes alternativos.

El Partido Demócrata Cristiano (y  no Carolina Goic ) , por su historia, su tradición, su institucionalidad, constituye, hoy por hoy, la crónica de un fracaso anunciado. La notoria incapacidad de su directiva anterior (encabezada por el senador Ignacio Walker) para darle una  conducción política atinada, arrastrándolo permanentemente  a posiciones socialmente regresivas que lo transformaron en un frente de oposición conservadora  dentro del propio gobierno del cual formaba parte,  en lugar de impulsar una agencia humanista de futuro que fuese desafiante y que aportara la calidad técnica de que carecía el Ejecutivo, lo llevó a un punto de no-retorno. El  pequeño grupo, que en comentarios anteriores hemos denominado como “la bancada mercurial de la DC” por el constante apoyo que el tradicional diario les proporcionó por razones no difíciles de entender (Gutenberg Martínez, Mariana Aylwin, Soledad Alvear y otros menos conocidos), lo endilgó por la senda del camino propio haciendo posible que se viera encerrado en un “zapato chino” ya que muchos de sus parlamentarios incumbentes privilegiaron sus proyectos personales y jamás se involucraron a fondo en el proceso. Goic puede transformarse en una figura del devenir político del país pero ello será posible solo en la medida en que sea capaz de construir un proyecto que permite el retorno de su Partido a su espíritu original: “ser la espada y el escudo de los pobres”, como señalara otrora uno de sus grandes líderes.

En un proceso en que aún no puede nadie proclamarse como vencedor, los nombres de José Antonio Kast y Beatriz Sánchez  son, por ahora,  ganadores. Kast  rompió el eslogan del “voto útil” surgido desde el comando de Piñera y logró aglutinar un apoyo fuerte de la llamada “derecha dura”, resultado que obligará al ex Presidente a cambiar su discurso orientado hasta hoy  a la ciudadanía “de centro”,  para entregarse en cuerpo y alma a un extremismo bastante radical que puede hacer posible su triunfo pero dañaría irremediablemente su eventual gestión de gobierno. Sánchez, afectada por una campaña sistemática de “encuestología” que disminuyó deliberadamente  sus posibilidades, demostró que sus bases eran más sólidas de lo pensado y constituye ahora  un factor imprescindible no solo ante el balotaje sino que también ante la evolución de la política nacional.

Sebastián Piñera, luego de una campaña de más de tres años, alentada por la abundancia de recursos de toda especie, por el apoyo empresarial irrestricto, por la adhesión constante de la prensa tradicional, llegó a soñar con un  triunfo “en primera vuelta”. Su victoria presidencial es absolutamente incierta ya que todo dependerá de la forma en que él y Guillier jueguen sus cartas. No haber logrado ni siquiera un 40% constituye, aunque se agiten muchas banderas de triunfo, una luz roja que no  puede desatender.

Su contendor, Gullier, enfrenta sus propios problemas.  Le fue bien, porque pasó a segunda vuelta. Le fue mal, porque logró un débil posicionamiento circunscrito al voto tradicional de las colectividades que lo proclamaron. La definición que adopte será crucial. Si izquierdiza la segunda etapa de su campaña, en busca de los votos que recibió Beatriz Sánchez, corre el riesgo de apartar posibles votantes del centro político. Los puntos que lo separan del puntero, son hartos pero en ningún caso  irremontables.

Por ahora hay que darle tiempo al tiempo. A quienes afirman que las “encuestas” fueron nuevamente derrotadas, les decimos que no compartimos tal juicio. Las “encuestas chilensis”, salvo una que otra excepción, son herramientas de campaña. Los grupos de poder así las han usado tradicionalmente hasta que, sorpresivamente, descubrimos la persistente realidad.

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