El desarrollo de la nación debe estar presidido por el respeto al Medio Ambiente.
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¿Y todavía se sorprenden?

Andrés Cruz Carrasco.
Abogado. Udec
Magister en Filosofía moral.
Magister en Ciencias Políticas.

¿Y todavía se sorprenden? La práctica de las designaciones por compromisos personales o políticos no es algo para nada exclusivo de este gobierno. Se ha dado por décadas. Basta con echar un vistazo superficial a las carreras de quienes ejercen altos cargos públicos para constatar que, para llegar allí, de mérito hay poco y de influencia mucho. Para algunos resulta ser suficiente lamerle los zapatos a quien corresponda para luego obtener su visto bueno para ser nombrado en el ejercicio de alguna función que le permita tener chofer, alguien que le sostenga el paraguas y, obviamente, le permita ocupar un asiento en primera fila en todos los actos públicos y ceremonias oficiales. Eso si, a cambio de hacer la vista gorda por alguna pequeña o gran irregularidad del mecenas, sus amigos o familiares y permitiendo que algún secuaz comprometido ocupe algún cargo estratégico dentro de la institución, lo que hará posible que se mantenga esta repugnante autopoiesis corruptiva, por mucho tiempo, instalada.

Muchas de las decisiones que se adoptan al interior de varias de estas reparticiones no dependen de serios criterios técnicos, sino que de una o más llamadas telefónicas o reuniones con quienes se codean con el poder con el objetivo de obtener de estos “expertos” un espurio favor que les permita seguir escalando, a cualquier costo, en carreras a las que se les pretende, a través de diversos concursos, votaciones manejadas por favores pretéritos o por realizar y discursos, adobar con un inexistente halo de legitimidad, que, sin embargo, escarbando un poco o levantando aunque sea levemente el velo, se puede constatar que es pura ficción de transparencia.

No importa el color del gobierno, muchos de estos sujetos con derecho a chofer terminan no sólo ejerciendo funciones para las que carecen de condiciones, sino que también desde el momento de asumir el cargo público, creen haber adquirido un estatus superior al del resto de los ciudadanos y de quienes han trabajado a su lado, y por supuesto saben quienes son y lo que pesan de verdad, escudándose cobardemente detrás de una nomenclatura a la que todos tienen que recurrir cuando se dirigen a él, para ocultar su mediocridad y carencia de capacidad, imponiéndose por el miedo “al sumario” en lugar de con el ejemplo. Individuos que han hecho muy poco, han eludido siempre el riesgo y han delegado en otros las situaciones complejas, para lucirse con el éxito ajeno y poder responsabilizar a alguien de los fracasos. Cargan con el báculo, pero no dan la cara, sólo se limitan a percibir el sueldo y los beneficios que les confiere el cargo público hasta cuando puedan.

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