La soberanía radica en el soberano, la ciudadanía. Esta no se transa ni se cede, se defiende con disciplina y rigor, ¡Rechazando el Vandalismo!
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A polarizar, a polarizar…..

Claramente, existe consenso en cuanto a que Chile es un país quejoso. A los pocos días de elegir un Presidente, la población se vuelca a criticar incluyendo a los más acérrimos partidarios del recién electo.

El problema central se genera y se manifiesta en  dos sendas diferentes. Una, en la excesiva demagogia de que hacen gala los postulantes a La Moneda y que lleva a que la gente olvide la complejidad de la vida de una nación y llegue a pensar simplonamente que el cambio de autoridades derivará en una casi inmediata solución de sus problemas. La otra, quizás más grave, en la falta de conciencia de la ciudadanía en cuanto a que cada una de las personas tiene responsabilidades en la vida comunitaria, las que muchas veces no se quieren asumir a la espera de que otros, el Estado específicamente, haga toda la pega.

El destacado académico Agustín Squella,   ha señalado que los sectores sociales que se identifican con “la Derecha” se sustentan en una ideología que tiene como eje de pensamiento y de acción la defensa del concepto de “libertad”, en tanto que, por el otro lado, quienes se identifican con posiciones “de izquierda” construyen su idea de país a partir del concepto aspiracional de la igualdad. Un analista irrumpió precisando que la ideología de derecha se funda más bien en la defensa irrestricta del “derecho de propiedad”.

Las sociedades y las personas,  inconscientemente,  se mueven entre uno y otro de estos conceptos que en la realidad concreta se ven afectados por una amplia diversidad de factores entre los cuales los temores y las inseguridades por una parte, y los liderazgos personales que van surgiendo día a día, por otra parte, juegan un papel importante.

Es claro que,  al momento de sufragar,  el ciudadano no lo hace adoptando una decisión racional sino que, por el contrario, su opción es elegida en base a percepciones y  sensaciones diversas generadas a partir de su propia realidad la que es determinada por sus bienes y carencias, por su entorno, por una indeterminada gama de factores que son difícilmente precisables y ponderables.

A partir de lo dicho, es posible afirmar que las posiciones políticas radicalizadas, que oscilan entre “el blanco” y “el negro” y que no consideran y, al contrario menosprecian la existencia de “los grises”, tienden a ser más claras para la comprensión del común de los mortales.

Así, una opción se construye a partir de la defensa categórica de “mis intereses” de grupo (sectores empresariales, comunas de altos ingresos…) o por el rechazo y condena a una sociedad que es vista como de privilegios, abusos e inequidades.

Se perfilan, de esta forma, las tendencias favorables al crecimiento del iluminismo populista tanto de izquierda como de derecha.

Tras crear un ambiente de temores (bajo el amparo generoso de grupos de medios de comunicación social ligados a lo que puede definirse como “intereses de clase”),  aparece la varita mágica del líder carismático que ofrece “orden”, “mano dura”, “represión si es necesaria”, y que no logra ocultar su nostalgia por las dictaduras y el autoritarismo.

En la vereda de enfrente, grupos variopintos recogen las angustias, las  privaciones y el descontento  de sectores marginados y vulnerables, los conducen a través de la protesta irracional para llevarlos al país “del nunca jamás”. Minorías ligadas al anarquismo creen hacer política promoviendo el caos y el desorden e incluso efectuando acciones terroristas, en tanto que generaciones emergentes que en un momento dado fueron vistas como la renovación de la política,  se diluyen sin insinuar aterrizaje alguno. No deja de ser significativo que en la última encuesta CERC-MORI un 76% considere que “el Frente Amplio no está capacitado para gobernar”.

El pensador  y politólogo estadounidense Robert Kaplan, ha afirmado que “la democracia está diseñada para funcionar desde el centro”. Es a partir de esa base que es posible hacer confluir a la inmensa mayoría de la sociedad en la concreción de tareas comunes imprescindibles e  impostergables. Las  otras sendas pueden llevar a la victoria electoral pero conducen a una fractura profunda de la vida en comunidad. Y cuando de ello nos demos cuenta, a lo mejor puede que sea  demasiado tarde.

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