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Editorial: Golpe a golpe, verso a verso

Equipo laventanaciudadana.cl

Periodismo ciudadano.

El 27 de mayo, un niño de catorce años, con máscara y ropa de camuflaje, ingresó a su sala de clases,  en el Patagonia College de Puerto Montt,  y disparó en contra de un compañero de curso,  de su misma edad. Las circunstancias que pudieran servir para aclarar el hecho (familiares, escolares, personales, de convivencia…) aún no han sido precisadas y, por lo tanto, habrá que esperar la realización de las investigaciones y pericias correspondientes para elaborar un juicio fundado.

Lo acontecido parece  casi irrelevante desde un punto de vista estrictamente policial ya que no hubo víctimas fatales y el niño agredido se estaría recuperando adecuadamente. Por el  contrario, lo acontecido es de una enorme gravedad desde el punto de vista social.

Hoy, predomina  una concepción, ya  generalizada, en cuanto a que estamos viviendo en una sociedad  tremendamente agresiva,  lo que conduce a la mayor parte de la comunidad a una actitud de temor, de autoprotección mediante rejas, alambradas, alarmas, perros, gas pimienta, portación autorizada o no de armas, etc.,  en tanto que la otra parte, no despreciable en número,  se manifiesta dispuesta a responder  con violencia a la violencia y también  a agredir.

En 2018, una encuesta hecha entre alumnos de Octavo Año Básico por la Agencia de Calidad de la Educación, determinó que en ese estrato etario, 1 de cada 3 estudiantes consideraba que “la violencia es un medio válido para obtener lo que se quiere”; un 65% estimaba que “el fin justifica los medios para lograr la paz”; un 65% coincidía en aprobar que “la ciudadanía castigue a los criminales con sus propias manos”. Por supuesto, no existe ninguna razón lógica para esperar que este dato no se proyecte exactamente para la totalidad de los adolescentes chilenos.

María Teresa Rojas,  académica de la Universidad Alberto Hurtado, en entrevista al diario “La Tercera”, ha señalado: “Existe la percepción en los colegios de que los más fuertes, rudos, imprudentes, consiguen más cosas”; “”La violencia crece porque la violencia social crece y las escuelas no están abstraídas de eso”.

¿Es tan cierta la afirmación anterior en cuanto a que la violencia social crece?

Vivimos insertos en una realidad que no queremos reconocer. Bajo apariencias de buenos modales – saludos, sonrisas, mails – escondemos nuestro egoísmo y, lo que es peor, nuestro desprecio por todo aquel que nos parece diferente. En el fondo de nuestras consciencias, quisiéramos un mundo homogeneizado ojalá conformado por gente de bien como nosotros, “ge ce u” como se dice siúticamente, gente como uno. No nos atrevemos a decirlo pero claro que lo pensamos. No solo nos molesta aquel que piensa de otra manera,  distinta  a la nuestra, sino que despreciamos al pobre, nos molesta el mendigo, menospreciamos a nuestros trabajadores, cuestionamos incluso a la mujer que sirve en nuestra casa y cría a nuestros hijos, no soportamos que lleguen a nuestro país migrantes desplazados de sus propias naciones y menos aún si su piel es oscura. Los domingos vamos a misa e incluso comulgamos pero al salir del templo volvemos a ser los mismos.

Es cuestión de hacer una autoinspección a nuestros hogares. ¿Cómo tratamos a nuestra pareja? ¿Cómo tratamos a nuestros hijos? ¿Compartimos con unos y otros o nos importa más el computador, el tablet, el celular o la tv? ¿Establecemos canales de comunicación con ellos? ¿Escuchamos lo que opinan, o no los consideramos porque son mujeres o porque son pequeños?

Si nos damos el tiempo necesario para reflexionar sobre nuestras propias conductas, descubriremos,  sin mayor problema, la amplia gama de agresiones en que incurrimos a diario. Las discusiones carentes de argumentos pero plagadas de epítetos; el exceso de velocidad; el adelantamiento indebido; el cruce con luz roja; la ocupación ilegítima de espacios para estacionamiento de personas con capacidades limitadas; el uso indiscriminado de la bocina; la prepotencia generalizada; los incidentes de tráfico en general; la agresión física al trabajador de la salud; constituyen muestras de una sociedad que está gravemente enferma y que no logra captar la importancia del respeto mutuo  para alcanzar una convivencia civilizada. La visualización del delito en la televisión lleva a la sentencia inmediata del que se cree jefe de hogar para decidir: “Yo a ese……lo mataría”. Esa es la lección que damos a la hija o hijo adolescentes que nos escuchan.

La legitimación de la justicia “por mano propia”; el sistemático desprestigio de los tribunales sin tratar de explicar las razones en las cuales se fundan sus decisiones; la presentación en telenovelas de situaciones en que el abuso de poder es mostrado como una conducta normal; contribuyen a crear un clima  conducente a convencer de que al delincuente hay que sustraerlo de la  vida social para que “los que somos buenos” podamos vivir tranquilos.

Tras mirar el panorama que describe nuestra en vida en común, ¿puede haber espacio para que dudemos en cuanto a que  esos mismos criterios de respuesta se dan en el seno de la familia, en el interior del establecimiento educacional o en la relación jefe-trabajador en la empresa?

En la dura escuela de la vida, nuestros niños, adolescentes y jóvenes,  como también los sujetos más débiles e indefensos de la sociedad,  gracias a nosotros mismos aprenderán  que la violencia, la agresión,  el abuso,  constituyen un mecanismo perfectamente  válido para enfrentar  los conflictos.

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