La ciudadanía no puede permitir que lleguen al gobierno, los que se coluden contra sus intereses.
Actualmente nos leen en: Alemania, Francia, Italia, España, Canadá, E.E.U.U., Rusia, Australia, Argentina, Brasil, Colombia, Perú, Ecuador, Uruguay, Bolivia y Chile.

Cada día es más difícil.

Esteban Lobos, analista económico.

Procuro, en general, ser lo más objetivo posible pero  hay que reconocer  que todos mantenemos ciertos prejuicios y puntos de vista de los cuales se nos hace muy difícil desprendernos. Yo, personalmente, defiendo la empresa privada. Me encanta ver su dinamismo, su capacidad de iniciativa, contemplar la enorme cantidad de productos que pone a mi disposición aunque a la mayor parte de ellos no puedo acceder en razón de la muy modesta pensión mensual que recibo pero que una compañía de seguros, también privada, me paga religiosamente.

Sin embargo, debo reconocer que esta defensa de la empresa privada y del modelo-marco en que ella se desarrolla, se me hace cada vez más cuesta arriba. Ya he tenido varias enormes discusiones que se me hace muy difícil ganar pues a mis argumentos teóricos, que respaldo con la autoridad de varias eminencias que han obtenido el Premio Nobel de Economía, se me oponen ramplones argumentos prácticos que llevan la controversia a terrenos en los cuales es imposible coincidir siquiera en cuál es el punto preciso del debate.

Si defiendo la libre competencia, arguyendo que ella permite desarrollar la iniciativa privada y marcar una tendencia al logro de una mejor calidad a un menor precio, se me enrostra la colusión de las cadenas farmacéuticas y los abusos notorios en los precios de los medicamentos.

Si hago presente que el empresario privado es un emprendedor que asume riesgos para sustentar el desarrollo del país, se me responde que ello no es tan cierto citando el caso de la “papelera” en torno a la cual se ha construido un imperio gracias a los subsidios forestales del Estado.

Si señalo que precisamente el Estado es el encargado de resguardar que opere la libre competencia en un cuadro de equidad y transparencia en beneficio de los consumidores, se me responde que las empresas privadas han tomado por costumbre comprar a importantes personeros políticos para obtener beneficios legales y eludir controles, apuntando a bancos, sociedades mineras, actores de los sectores energético y sanitario, etc., etc.

Si quiero llevar la discusión a un terreno que me sea favorable, destaco que las empresas privadas pagan altos impuestos en beneficio de la comunidad y me responden que eso no es tan así indicando que la mayor recaudación fiscal se obtiene del IVA que pagan todos los consumidores y acusando que las grandes empresas cuentan con un cuerpo de asesores jurídicos y tributarios muy bien pagados que les ayudan a eludir elegantemente los tributos o a sacar sus utilidades del país llevándolas a las nunca bien ponderadas guaridas fiscales.

Los asistentes a este acalorado debate, que inicialmente permanecían en una silenciosa neutralidad, aportan algunos casos particulares que  le han afectado personalmente a ellos, a su mamá o a su abuelita, con lo que no hacen más que aportar información que favorece a mi contradictor.

Caballerosamente, insinúo que suspendamos esta discusión de nunca acabar lo que me permitiría  cambiar de tema y salir del paso con un digno y honroso empate. Pero, lamentablemente, mi contraparte ve en mi propuesta un gesto de debilidad y se aleona agresivamente.

¿Supiste que en la Clínica Las Condes, empresa símbolo de la salud privada de los grupos ABC1, descubrieron un pasivo “no registrado” de 7.185 millones, un inventario abultado por más  de 2.700 millones, unas cuentas por cobrar falsas de 2.495 millones, todo ello denunciado por los propios socios que no aceptan que les digan que se trata de un “error”? Opto por confesar que lo ignoraba,  que no tengo antecedentes ni para confirmar ni para rebatir y que, por lo demás, se trata de un problema entre privados.

¿Supiste que la empresa Wall-Mart (sí, la del Líder), la más poderosa del mundo en el campo del comercio detallista, está declarando en Chile pérdidas del orden de los 50.000 millones de pesos? Le respondo categóricamente, procurando quitarle ínfulas: “¿De dónde sacaste eso?”. Me dice:   “Lo escuché en “la radio”.

Veo que la situación amenaza con retomar fuerza y prolongarse indefinidamente. Me niego a reconocer mi derrota y exclamo: “Tengo que irme… Otro día podemos continuar este interesante debate”.

Camino a mi casa, pienso que para una próxima oportunidad sin duda que necesito venir mejor preparado o, simplemente como señalaba un viejo consejo familiar, asumir que nunca es bueno discutir de política y, según acabo de aprender, tampoco de economía.

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