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CIEGOS, SORDOS Y MUDOS

Maroto

Desde Canadá.

Más de sesenta días han pasado desde que se  inició el estallido social en Chile.

Millones de chilenos y chilenas han expresado en la calle su profundo descontento con un modelo marcado por la desigualdad.

Cerca de dos y medio millones de chilenos y chilenas participaron recientemente en la consulta ciudadana organizada por 225 Municipios de Chile. Más del 90% se manifestó en favor de la necesidad de una nueva constitución; las principales demandas sociales identificadas fueron “mejorar las pensiones y dignificar la calidad de vida de los adultos mayores”, “mejorar la calidad de la salud pública y su financiamiento”, y “acceso y calidad de la educación pública”.

El último informe del INDH del 12 de diciembre da cuenta de 3.461 personas heridas, cifra en la cual se incluyen 256 niños y niñas; 1.986 personas heridas por disparos, de las cuales 1.555 sufrieron heridas por perdigones; 357 personas con heridas oculares, 23 de las cuales sufrieron estallido o pérdida de globo ocular; 194 casos de personas víctimas de acoso o violencia sexual en comisarías; y 1.434 vulneraciones de derechos en instalaciones policiales.

Sin embargo, pese a todo lo anterior, seguimos siendo un país de ciegos, sordos y mudos.

Ciegos. Una ceguera encabezada por el presidente Piñera, su gobierno, importantes sectores del oficialismo y parte de la ciudadanía, que se niegan a reconocer una realidad que les incomoda profundamente. Encerrados en sus mundos de privilegios, prefieren dar vuelta la cara para no ver a quienes intentan vivir con pensiones o salarios que no les alcanzan para sobrevivir con dignidad; a aquellos que padecen enfermedades o incluso mueren sin haber tenido acceso a prestaciones de salud adecuadas; o a quienes viven marginados social y culturalmente, en poblaciones controladas por el narcotráfico, condenados a la perpetuación de la desigualdad.

Sordos. Una sordera que les impide escuchar el clamor de la ciudadanía. Un clamor que legítimamente y de manera mayoritariamente pacífica reclama por una sociedad más participativa, justa y equitativa; una sociedad mejor, basada en un modelo distinto, que busque el bienestar de todos los chilenos y chilenas. Un clamor que no dice relación con colores políticos, que no aspira a la venezuelización de Chile como majaderamente lo dice la derecha, y que mayoritariamente condena todo tipo de violencias.

Mudos. Una mudez que se manifiesta a través de palabras vacías. Discursos condenando las violaciones a los derechos humanos, pero sin tener el coraje de llamarlos por su nombre. Llamados a detener la violencia, pero que van acompañados de acciones que se concentran principalmente en criminalizar encapuchados y perseguir a quienes piden “el que no baila no pasa”, y no en quienes son responsables directos e indirectos de haber cometido en estas últimas semanas abusos reiterados en contra de la ciudadanía. Declaraciones pomposas acerca de la necesidad de atender las demandas sociales, pero acciones concretas que sólo ofrecen soluciones parciales y de corto plazo y que revelan la nula intención de cambiar el modelo. Convocatorias a la participación y unidad, pero descarados rechazos a medidas tendientes a garantizar oportunidades de participación real a mujeres, indígenas e independientes en la elaboración de una nueva constitución.

Estos ciegos, sordos y mudos, necesitan desesperadamente volver a la “normalidad”; y añoran esa “tranquilidad” que se les vio interrumpida por el estallido social. Con diferentes grados de cinismo dicen comprender, e incluso compartir, las demandas sociales, pero siempre que ellas no pongan en peligro la estabilidad de sus vidas acomodadas en burbujas de privilegios. Compartir, sí; pero lo que sobra, y en ningún caso hasta que duela.

Estos ciegos, sordos y mudos, con una alegría apenas contenida, interpretan que la estrategia del gobierno, basada en la dilación y los reiterados intentos por enredar cualquier intento de avance sustantivo, pareciera estar dando resultado. Las movilizaciones continúan, pero, de acuerdo a lo reportado por los grandes medios de comunicación, parecen ser mas esporádicas y menos masivas, y los eventos de violencia han disminuido significativamente. La apuesta de Piñera y los suyos por el agotamiento del movimiento social parece, según el parcial e interesado análisis de sectores del oficialismo, estar alcanzando el objetivo buscado: superar la crisis sin cambiar nada en el modelo.

Triste espectáculo el de estos ciegos, sordos y mudos. Consciente o inconscientemente juegan con el sufrimiento ajeno, intentando asegurar hoy una victoria que, sin lugar a dudas, en un futuro no muy lejano les pasará la cuenta.

Mientras tanto, la frustración de millones de chilenos y chilenas sigue en aumento; el desgano y la desesperanza crecen; la desafectación de aquellos que viven en la marginación se acentúa; y la rabia continua acumulándose.

Pero para estos ciegos, sordos y mudos esto no importa. La urgencia del cambio para ellos no existe. Lo que les interesa realmente es recuperar la “normalidad” y mantener el statu quo.

Si finalmente nada cambia, no hagamos responsables a los marginados y afectados por la desigualdad por la magnitud, profundidad e incluso violencia del próximo estallido social.

Los verdaderos responsables serán, sin lugar a dudas, estos ciegos, sordos y mudos.

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