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CRONICA DE LA DESFACHATEZ

José Víctor Núñez Urrea

Sociólogo Universidad de Lovaina, Bélgica.

En los ejemplares de fin de semana del vocero de las elites conservadoras El Mercurio, hay diversos artículos relativos al segundo retiro de 10% de las AFP, todos lamentando y descalificando la iniciativa parlamentaria que permitiría a las personas retirar una parte o la totalidad de los fondos de su “cuenta de capitalización individual” administrada por estas entidades. 

Dice en su página editorial: “El pronunciamiento, formulado por su presidente (del Banco Central) da cuenta de una realidad respecto de la cual parece no haber consciencia en el debate actual (…) Uno de los grandes pilares del crecimiento económico de los países (…) es la inversión (…) uno de cuyos determinantes de su dinamismo es la existencia de acceso a financiamiento disponible en términos competitivos. Y este financiamiento proviene, fundamentalmente, del ahorro doméstico…” 

Dichos lamentos, que casi sin excepción alertaban de una eventual catástrofe en el sistema previsional chileno (léase una futura merma de las ya escuálidas pensiones), hasta que, poco a poco se fue develando la verdadera razón de la queja, gracias a la típica ingenuidad política de la tecnocracia, representada, en este caso, por el presidente del Banco Central y gracias también al desparpajo con el que los articulistas de El Mercurio interpretan, utilizan  (y sinceran) las afirmaciones de Mario Marcel.  Cualquier lector atento puede preguntarse, en ambos casos, qué explica la poca relevancia asignada a los impactos propiamente previsionales de los retiros de fondos de las AFP, comparada con la que le otorgan a los efectos sobre la inversión y el mercado de capitales.   

La razón es muy simple, desde su creación, las AFP fueron un modelo de expropiación de una parte de las remuneraciones del Trabajo obligada y posibilitada por la dictadura, para ponerlas al servicio del Capital, bajo la lógica del mercado de capitales, argumentando que estas entidades eran un mecanismo experto que le aseguraba a cada dueño de una cuenta de capitalización la mejor decisión de “inversión” de sus fondos.  Ya sabemos en qué terminó este cuento.

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