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CUENTOS CORTOS: “RESTOS HUMANOS”

Serie de cuentos cortos, por Yerko Strika.

RESTOS HUMANOS

Y llegó el día en que se perdió la decencia.

Un colectivo de todas las voces, se mezclan en babel de palabras habladas,  escritas, dibujadas, fotografiadas, grabadas, actuadas, silenciadas. Arrollan en  ritmo frenético que no se detiene, impactando de lleno en el plexo solar de los seres humanos. Me duele  el pecho, dice la mujer  al hombre y éste no la escucha ciego de su dolor propio. Ambos miran fijos la pantalla que en movimiento aparente encontró la forma precisa de capturar las consciencias humanas. Me duele la cabeza, insiste la mujer y el hombre ya duerme un sueño tenso arrullado por la luz mortecina de las noticias que fluyen como cascada desde los últimos acontecimientos.  A la mujer se le enrojecen los ojos  por la sequedad de no poder hilvanar descanso, pero también por el desvelo que se atisba en tormentos existenciales.  Hombre, le dice sólo por decir, me duele el pecho y la cabeza. Juntos y distanciados, Hombre y Mujer que hace apenas unos siglos yacían en camastros, hoy se abrigan de quimeras impropias, profusamente repartidas por toda la cuidad.

Mujer tiene la belleza de mujer. Semirecostada la recorren luces y sombras que la transforman en eva, juana, maría, sara. A veces tiene dientes, otras veces no. A veces tiene dinero, otras veces no. A veces tiene hijos, otras veces no. Siempre tiene pena. Aunque no lo sepa. Pena vaga, nostalgia le dicen, disfraz de melancolía. A su lado, hombre de las cavernas duerme en sábanas de seda.  Del hogar de la ruka al frio del cristal líquido. Alguien alguna vez ha tocado cristal líquido, se pregunta mujer. Alguien alguna vez habrá  bebido cristal líquido. A que sabrá, interroga con la vista perdida. Ya media ida,  dormita a sobresaltos capturada por los flashes que recorren la habitación. Se acomoda de costado entre almohadones encontrándose  con el latido de su corazón. Relaja la respiración y sigue el pulso de ese músculo hasta que da con el canto de los primeros pájaros madrugadores que presienten el alba.

Con la sensación de haber apenas pestañado, despierta hombre agotado. Ya le duele todo sin siquiera poner aún un pie en el suelo. Se arma en un acomodo de huesos y músculos. Mira a  mujer que parece un gran pétalo dormido a su lado. La contempla un segundo absorto antes de posarse bípedo en el piso del cuarto. Por inercia se olvida de sí mismo conectándose a una realidad que toma su lugar del ser en el mundo. Se mete de lleno en el tráfago atosigante de la mañana, saltándose todas las necesidades de buen ser humano. Pétalo abre un ojo y no puede creer que otra vez haya que levantarse para repetir lo de todos los días. Ve como hombre se rasca impúdico sus carnes de amanecida y camina sonámbulo al baño. Ella, de cúbito abdominal se estira como el gato, arqueando la espina en una sonajera de huesos, para desplomarse otros cinco minutos en un sueño profundo que vale por todo lo que no durmió en la noche que termina.

Ya incorporados al pleno día que transcurre, empiezan a ser cómplices,   junto a millones como ellos, de lo que viene a ocurrir.

El deportivo rojo, excepcional síntesis de diseño y tecnología, símbolo de virilidad y poder, decenas y decenas de caballos nerviosos encerrados en el motor, armonía de cuero y maderas, viaja a ciento setenta y siete kilómetros por hora adherido al pavimento de la cuidad. Ya es un pantera cuando entra acelerando a la curva de la rotonda y sólo ese pestañeo, ese leve, mínimo, imperceptible pestañeo que dura más de lo debido, hace que su conductor pierda el control de tanta potencia, que brama por última vez al cortar como una catana el poste de hormigón que le devuelve toda la inercia del impacto, convirtiendo  hombre y  máquina en un amasijo de carne y fierro.

Es el año del descaro y una cámara de televisión se atreve por vez primera a mirar en vivo las consecuencias del accidente. En un proceso digital, transduce desde lo humano la desgracia que acaba de ocurrir. El ojo,  mediado por el objetivo compuesto de varios lentes, va disectando el cadáver que yace amarrado a la carrocería, tibio aún, escrutando la indefinible ubicación de sus miembros. La energía liberada en el impacto, superó con creces cualquier medida de seguridad  con la que estaba equipado el último modelo, atrayendo hacia el cuerpo diversas partes del vehículo,  que cortaron y punzaron hasta la muerte al hombre tras el volante. La cámara efectúa con rigurosa disciplina de espectadora amoral, la primera autopsia mediática de todos los tiempos. Luces y sombras dibujan un  extraño rictus en el rostro del occiso, mueca vacía que irrumpe violenta de un pantallazo en el amanecer del noticiario matutino. Así, sin previo aviso, la televisión que hasta ahora había transmitido guerras, pornografía, uno y varios alunizajes, el humo blanco papal, la boda del siglo, el estrellarse de aviones contra inmensos edificios, la llegada de la dictadura, catástrofes volcánicas y telúricas, juegos olímpicos, el hundimiento de un crucero, el maltrato de un niño, el divorcio de famosos, la muerte de una estrella, una y otra vez el fraude al fisco, el perro que habla, pateaduras homofóbicas, el rescate de los mineros, la vuelta a la democracia, el fastidio de los abusados y más; ahora desayuna a todo el  país con la muerte de un otro. Un fatal accidente registrado en horas de la madrugada,  advirtiendo la crudeza de las imágenes que pasamos a revisar. Y el despacho en vivo del morbo parte en dos el alma de la audiencia, tal  como el vehículo que hecho trizas languidece al otro lado de la pantalla. Sin pañuelo en la cara, las imágenes son lanzadas al aire en un crudo despertar. Alguien cree reconocer y se ovilla en el horror de lo que está viendo. Nada de lo posterior borrará el precedente de lo vivido.

Los ojos de pétalo y tantos más,  harán memoria del hastío de esa mañana,  que corrió el límite más allá de lo que se creía establecido.

Ese día, la gente  deambuló sin hablar sumergida en sus abrigos magros. Se presentó a trabajar aturdida en un acto que no conseguía entrar en quicio. Fuera de éste, la vida matizada por un invierno que no se iba, plagó de silencio la ciudad y sus calles. Nadie levantó la vista para encontrarse en la mirada con el resto. Ensimismados, una profusa vergüenza brotó de las alcantarillas y cayó desde las luminarias encendidas en el cambio de luz.  Pétalo y tantos más, comprendieron que lo presenciado la mañana del fastidio,  era su corazón empobrecido de lo humano. Había ensanchado su garganta y agrandado el estómago, para tragarse cualquier porquería que le lanzaban, necesitada de engullir sin masticar. Sufrió pánico y ahora con el corazón apretado corrió a abrazar a cualquiera. Como cualquiera quiso, tembló en su compañía largo rato y compartieron el secreto de saber, hasta que la situación  se invirtió, es decir, achicó el estómago y contrajo la garganta expandiendo el corazón. En ese estado, la angustia quedaba atrapada en el cuerpo, brotando al rato  por un mar colmado de lágrimas. Pétalo y Cualquiera pudieron verlo todo tan claro, pero acobardados decidieron dejarlo así y se separaron sabiendo.

Cuando llegó a su casa, encontró a Hombre mordiendo un pedazo de pan frente al televisor. Había llorado, se notaba. También se notaba que había secado las lágrimas para esconder.

Al tiempo  y cuando era hábito el hecho de mostrar atrocidades en televisión, las mismas personas al abrigo de una  primavera que no quiere llegar, deambulan indolentes rumbo a sus trabajos y los niños a sus escuelas. Ahora, entrevistan directamente al muerto y es éste quien detalla el asalto, el crimen pasional, la bala perdida alojada en su cabeza. En su rostro lívido le arrancan la tan anhelada nota, algo nervioso por su debut en los medios. Las preguntas son las mismas ocupadas en el programa de la noche anterior, atosigando de micrófonos  con la humillante interrogante de qué se siente estar muerto, y el pobre, dependiendo de su extracción social, tartamudeará en limitado castellano las circunstancias que acontecen o declinará referirse a lo ocurrido.

Y lo mismo todos los días: hacer noticia tras noticia  con el mercado obituario.

Ya viejos, Pétalo, Cualquiera y Alguien se acuerdan del funesto episodio que marcó el inicio de tanta sordidez. Menos mal que a la par se ha ido avanzando en otros temas,  y ya hecho el papeleo, aguardan por su  eutanasia cansados de tanto malvivir.

Y las cámaras se agolpan tras el cristal, tratando de capturar ese último e íntimo suspiro.

tv

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