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¿DEFINICIONES O INDEFINICIONES?

Alguien, en algún lugar del mundo (¿Francia?),  tuvo la genial idea de inventar las  segundas vueltas electorales. El problema era muy simple: Si en una elección ninguno de los candidatos alcanzaba la mayoría absoluta (50% más uno de los sufragios válidamente emitidos) se procedería a convocar a una nueva votación entre las dos primeras mayorías. En esta oportunidad, “necesariamente” uno de los postulantes debería ganar. Teóricamente se garantizaba, además, un mayor respaldo ciudadano al triunfador. Todo perfecto para una buena democracia.

Ante todo, una aclaración. En Chile, por disposición expresa del artículo 26 de la Constitución, “los votos en blanco y los nulos se considerarán como no emitidos”. Una cuestión  solucionada.

Pero el sistema tiene sus bemoles. ¿Qué pasa si las “dos primeras mayorías” son paradojalmente “tres?: Una primera mayoría y un empate entre sus seguidores inmediatos. ¿Qué pasa si en la segunda vuelta los dos postulantes empatan? Es difícil y sin embargo es posible.

La historia  tiene algunos casos notables. En 1970, época en que se confrontaban Jorge Alessandri, Salvador Allende y Radomiro Tomic, vislumbrándose un estrecho resultado, se propuso establecer la “segunda vuelta”. Hasta entonces, si ningún postulante lograba la mayoría absoluta, le correspondía decidir al Congreso Pleno (suma de todos los diputados y senadores) entre los dos primeros. El Mercurio y Alessandri rechazaron la idea al considerarla una maniobra contra el postulante de derecha. Alessandri, expresamente, dijo: “El que saque un voto más debe ser Presidente de Chile”. Las encuestas de la época mostraban para él un abrumador favoritismo (Ya en esa época “se cocían habas”). Luego del escrutinio, que favoreció al candidato de la Unidad Popular, se hicieron toda clase de maniobras (hasta el asesinato de un Comandante en Jefe) para impedir su asunción al poder. Sin embargo, el Congreso Pleno ratificó su primera mayoría electoral. En Perú, en 1990, el escritor y candidato derechista Mario Vargas Llosa ganó con el 33% de los votos. Para la segunda vuelta, subió a un 38% en tanto que su contrincante, Alberto Fujimori subió de un 29% a un 62% pues todos los derrotados se sumaron tras su nombre.

Por supuesto, los que quedan fuera de la segunda vuelta se encuentran en problemas. Digan lo que digan, ninguno es dueño de los votos que obtuvieron. Sin embargo, se supone que un buen liderazgo debiera orientar la decisión de sus seguidores. Si cometen un error, puede costarles caro. Si no que lo diga MEO, a quien hasta su padrastro Carlos Ominami  le reprocha que su vacilante ambigüedad hizo posible la derrota de Frei RT en 2009 y el acceso de Sebastián Piñera a La Moneda.

Dicen los que saben (o que pretenden saber) que la llave del destino la tiene hoy el Frente Amplio. Su 20% es un plato apetecible. Ante la incapacidad  de sus líderes para tomar una decisión (con sus correspondientes costos), optaron por convocar a un plebiscito digital. Las tres alternativas consideradas eran confusas, no  excluyentes como aconseja la lógica más elemental, y algunas contenían dos elementos no necesariamente ligados. Cuatro mil participantes  llegaron a una solución que nadie entiende: Llamaron a concurrir a votar el domingo 17;  afirmaron que Piñera significaba un retroceso inaceptable para el país; y declararon que no llamarían a votar por Guillier. Alberto Mayol, uno de sus ideólogos, comentó: “Sería cobarde no tomar una definición frente a la segunda vuelta” y criticó la ambigüedad del Frente Amplio. La recién electa diputada Pamela Jiles, por su lado, se planteó en términos similares y, sin medir sus palabras, encaró a Gabriel Boric diciéndole que “no aceptaba comisarios políticos” que salieran a censurar sus opiniones.

En la otra vereda, los problemas también se agudizan. Andrés Chadwick, considerado responsable del bajo resultado de noviembre, fue escondido en un segundo plano y desautorizado por la propia UDI que declaró que, en un eventual gabinete, no la representaba. La candidata Letelier (la misma que negó el caso de los quemados) fue obligada a retirarse de una proclamación explicándole que su presencia era considerada negativa. El maltratado senador Manuel José Ossandón asumió un rol de primera línea procurando conquistar el voto popular.  Los cerebros de la campaña del ex Presidente trabajan ahora dos ideas-fuerza. Una, la de sembrar la duda sobre la legitimidad de los resultados anteriores (respecto de los cuales no se supo de reclamo alguno), convocando a 50.000 apoderados para defender cada sufragio en cada mesa. La segunda, ya recurrente, lanzar una sibilina “campaña del terror” anunciando que Chile podría convertirse “en una nueva Venezuela”. Todo comenzó con una declaración de Erika Olivera lanzada a modo de globo-sonda para explorar el ambiente, fue reafirmada por el propio candidato (“por ahora no, pero podría ser”) y culminada por el ideólogo converso y ex Ministro de Cultura Roberto Ampuero,  quien dio a conocer que Nicolás Maduro había entregado su respaldo “al compañero bolivariano Alejandro Guillier”, explicitando luego: “Esta no es una campaña del terror, sino lisa y llanamente la campaña del chavismo y del castrismo en favor de Guillier”. “El Mercurio”, en una entrevista al economista de derecha José Luis Daza, se hizo cargo de lo anterior. Cuarenta y ocho horas más tarde, para sorpresa de sus lectores,  pidió disculpas y reconoció que las tales declaraciones jamás habían existido y que todo no había sido más que un montaje distribuido por las redes sociales.

Una cosa está clara. El debate ha sido de una pobreza que avergüenza y existen serias dudas de que pueda mejorar en los próximos días. Los ciudadanos tendrán que arreglárselas para tomar la determinación más correcta, asumiendo que el papelito que  depositarán en la urna dentro de dos semanas, determinará no solo el futuro próximo sino el proyecto-país de largo plazo.

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