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DOS ENTRETENIMIENTOS SUDAMERICANOS

Esteban Andaur.

Me casé con un boludo

Fabián Brando (Adrián Suar) es un engreído actor de cine argentino que, en medio del rodaje de un drama romántico, se enamora perdidamente de su coestrella, Florencia Córmik (Valeria Bertuccelli), a quien, hasta entonces, consideraba la peor actriz del mundo. Mientras la corteja, Fabián se esfuerza hasta tal punto en mostrar lo mejor de él, que sus virtudes se confunden con las de su personaje de la película. Sólo después de contraer matrimonio, Florencia se da cuenta de la personalidad egocéntrica de Fabián, ¡se casó con un boludo, che!, y él intentará hacer de todo para reconquistar a su esposa.

El título malsonante sugiere una comedia vulgar y básica, mas no lo es. Me casé con un boludo (2016) es una comedia romántica cuyo fuerte es, bueno, el romanticismo, y a veces llega a ser tan almibarada que las risas emergen un tanto constreñidas, escasas. Por lo mismo, es lenta en su desarrollo, y el elemento conyugal llega tarde, casi en la mitad del relato, lo cual no es muy favorable.

Sin embargo, sus ingredientes son irresistibles. Los intercambios entre los personajes son ingeniosos y dulces, dotando de cierta gracia a las interpretaciones, y el guion es inteligente al jugar con las facetas que los personajes inventan de sí mismos para agradar al resto: ¿qué diferencia hay entre los personajes que interpretan en el cine y en la vida real?

La película es elegante en lo visual. Si bien la fotografía no es preciosista ni nada semejante, las vistas urbanas de Buenos Aires son hermosas, y todos los personajes aparecen bien vestidos, transmitiendo un garbo avasallador (algún día tendré la polera de Pier Paolo Pasolini que usa Fabián, algún día…). Ese cuidado por la estética personal es muy de argentino, y agradezco que esa actitud se extienda a la cinematografía; y lo recalco, pues la belleza estética es algo tremendamente importante para este crítico, sobre todo en cuanto a las películas.

Me casé con un boludo, además, nos ofrece una visión insospechada de la industria del cine argentino como un Hollywood latinoamericano, un mundo de grandes estudios y habitantes estereotipados. Y es refrescante acceder a una realidad cultural tan ajena a la nuestra; al mismo tiempo que es saludable que la cartelera se oxigene, con producciones latinoamericanas, de la putrefacción hollywoodense a la que se ha visto sometida estos últimos meses.

En fin, esta comedia funciona, debido a que cree de lleno en el romance, es ligera, y cada cuadro place a la vista.

boludo

 

Un caballo llamado Elefante

Dirigida por Andrés Waissbluth, esta película infantil chilena está basada en relatos de Lalo y Roberto Parra, hermanos de la Violeta y Don Nica. Por lo tanto, pensar que el filme será del todo verosímil sería un error. Aquí prima la imaginación.

Antes de morir, el abuelo de Lalo y Roberto les encomienda liberar a Elefante. Pero no hay elefantes en el campo donde viven. Sin embargo, Roberto piensa que un caballo del establo, muy similar al de un cómic que lee ávidamente, donde un caballo es rescatado por un grupo de elefantes en la selva, se llama Elefante. Pero éste, luego de ser liberado por Roberto, engulle por error un reloj de oro con el que piensan enterrar al abuelo. En la espera por la digestión del equino, los hermanos son capturados por artistas de un circo ambulante, sabiendo que sólo pueden escapar cuando Elefante elimine el reloj de sí.

Un caballo llamado Elefante (2016) está bien cuidada en escenografía y fotografía, y posee varios elementos narrativos. Es un metarrelato de fantasía, es un cómic infantil, comedia escatológica, relato folclórico. En fin, es un filme nostálgico de los cuentos infantiles que leían nuestros abuelos y nuestros padres, y que algunos de nosotros heredamos. Como en esos textos, aquí se alimenta la imaginación inocente del espectador. Así que es natural que haya humor escatológico, a los niños les divierte la materia orgánica pestilente, y hay algo bien Parra en esto también. Y el filme entero posee esa libertad creativa de los niños, cuando salen a jugar sólo con su imaginación como el único recurso lúdico, y fingen navegar como piratas en la mar, o viajar al espacio o retroceder al tiempo de los dinosaurios, o ser artistas de circo.

Las actuaciones están como sacadas de una obra de teatro infantil de las que suelen montarse los fines de semana, en la mañana, para que la familia se recree. O tal vez de una pieza teatral de una carpa Parra. No creo que esto sea un defecto del filme, ya que expresa y refuerza su pureza de ánimo. Sin embargo, me pareció que las voces de los niños estaban dobladas. El elenco adulto es, excepto por los famliares de Lalo y Roberto, extranjero; quizá para que se entendieran bien sus diálogos y se mimetizaran con el doblaje de los niños, si es que éstos fueron doblados. No sería un problema, pero es inusual.

Por otra parte, las animaciones que ponen en movimiento las viñetas del cómic, no son del todo agradables. Su propósito es reflejar los eventos del mundo real, y están hechas por computación. Para estar sacadas de un libro viejo, como el que lee Roberto, me parece que la animación tradicional habría sido una estética más adecuada. A medida que la historia progresa, ya uno no se preocupa de esto, y quizá se deba a que la historia adquiere mayor sustancia y las animaciones lucen mejor; pero al principio parecieran estar fuera de lugar.

Un caballo llamado Elefante posee un elemento romántico entre una niña del circo y Lalo, que deviene en un gran momento melancólico al final, que fue el momento más Parra del filme y el mejor, ya que le permite sobresalir de lo típico que uno esperaría de una producción infantil nacional, adquiriendo una identidad y encanto únicos. Supongo que la película será mejor recibida por un público muy joven, hasta los 10 años, mas pienso que está bien contada y vale la pena verla.

un caballo llamado elefante

 

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