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EDITORIAL

¿Por qué yo no?

El más grave problema que puede sufrir una sociedad, radica, sin duda, en la pérdida de sus valores y convicciones morales. Cuando la degradación alcanza a todos los ámbitos de la actividad humana y a todos los sectores de una comunidad,  las personas van perdiendo el sentido crítico y se precipitan paulatinamente, de forma consciente o inconsciente, a un precipicio en que “todo está permitido”.

Las leyes penales, en general, castigan conductas ilícitas, reprochables, que causan daño social pero no penalizan las acciones que, siendo reprobables no perjudican al colectivo humano. Asimismo, la legislación tiende a hacer una distinción  según sean  los niveles de preparación y cultura de los hechores o la eventual relación que pueda existir entre el hechor y su víctima, además de muchos otros factores.

Así, ante hechos similares, hay penalidades diferentes. Como dice un viejo refrán “no es lo mismo que un caníbal se coma a un cura, a que un cura se coma a un caníbal”.

La ley penal es el piso mínimo de conducta que se nos exige al vivir en sociedad. Lamentablemente, muchas personas piensan que estas normas están hechas para ser aplicadas a otros, no a nosotros que somos gente decente.

Por esa razón, nos alegramos cuando la policía apresa al autor de un robo, de un hurto, de un portonazo, de una violación, de un homicidio,  y ese individuo es condenado y va a parar a la cárcel. Pero, somos reticentes a enviar a prisión al autor de un delito de cuello y corbata.

Los hechos nos demuestran que la criminalidad en Chile permanece constante y que algunos delitos, cada cierto tiempo,  se ponen de moda. Las cifras nos demuestran, también, que el país tiene una alta cifra de personas privadas de libertad pero que cumplen sus sanciones en condiciones que son indignas para un ser humano. El día a día nos muestra, además, que los medios de comunicación, y muy especialmente la televisión, alcanzan mayores niveles de audiencia y lectoría en la medida que explotan el delito como noticia.

En la actualidad, ya sin sorpresa alguna, vemos la multiplicación de ciertos delitos: Sacerdotes comprometidos en actos de abusos sexuales y pedofilia, empresarios que se coluden para manipular los precios, gerentes que falsifican boletas y facturas con el fin de defraudar al Estado, ejecutivos que llevan decenas de años violando las normas sobre financiamiento de la política, políticos que se dejan sobornar y cohechar, militares que roban recursos del Estado para esparcimiento o beneficio propio. Sin embargo, gran parte de los medios formales de comunicación, tratan de silenciar el carácter escandaloso de estos acciones y dan generosa tribuna a sus autores para que afirmen su inocencia en la certeza de que los mejores abogados de la plaza, entre misa y misa, les conseguirán una mínima sanción.

El daño que estas conductas provocan a la sociedad, es enorme. Con ellas se van quebrando las barreras éticas  indispensables para convivir en un clima civilizado. Muchas personas, especialmente jóvenes, se van convenciendo de que este es el mundo del dinero fácil. Y cuando ven  que distinguidos prohombres que llenan las páginas sociales, que deambulan en el alto nivel de la política, que son ejemplares hombres de negocios, cometen este tipo de tropelías y siguen viviendo “como si nada”, concluyen afirmando: “Si otros pueden hacer todo esto… ¿Por qué yo no?”.

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1 Comentario en EDITORIAL

  1. Muy de acuerdo con lo señalado. El daño a la sociedad, a las normas de convivencia, al respeto por nosotro/as mismo/as es grande.

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