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Editorial: ¿Es infinito el tiempo?

Equipo laventanaciudadana.cl

Periodismo ciudadano.

La explosión social que recorre las calles de Chile ya por tres semanas, es un fenómeno que ha pasado a ser tremendamente preocupante. El idealizado país que visualizaban algunos hasta el punto de considerarlo “un oasis” en la convulsionada América Latina, se esfumó de la noche a la mañana. Miradas miopes consideraron los hechos como un problema meramente económico o, peor aún, como un desafío de orden público que bien pudiera ser atacado eficazmente con políticas y acciones represivas que nos devolvieran a una satisfactoria tranquilidad.

Siempre es conveniente situar este tipo de problemas dentro de un marco mucho más amplio cuyos espacios son rellenados día a día con los datos e información que nos aporta la realidad.

Por supuesto que vivimos aún en un medio relativamente ordenado (al menos si se le compara con las experiencias de otras naciones) pero es bien claro que nuestra institucionalidad política, tomando este concepto en su sentido más amplio, se encuentra muy sobrepasada. No se trata solo de enjuiciar al Ejecutivo, al Parlamento y a otros Poderes y entidades del Estado, sino de justipreciar nuestra vivencia como una República democrática.

Se comete un gravísimo error al considerar la democracia como un sistema político cuya esencia radica en el cumplimiento periódico (y, por ahora, voluntario) del ritual de marcar una preferencia entre diversas alternativas, en una hoja de papel proporcionada por el Estado. Al acto cívico podemos agregarle la vigencia de algunas libertades y de algunos derechos fundamentales pero, si bien esto es positivo, dista mucho de ser suficiente.

El rito de la democracia, el ejercicio del derecho de sufragio, lleva inserto un valor trascendente: en ese momento clave de la vida cívica, se reconoce la igualdad esencial de todos los miembros de la comunidad, y el voto de mujeres y hombres, de ricos y pobres, de sabios y analfabetos, adquiere el mismo valor para decidir quién o quiénes gestionarán el bien público. La degradación corrupta de este principio se da a través del cohecho o de políticas comunicacionales tendientes a evitar que el ciudadano piense y delibere, manipulando sus sentimientos, imágenes, dudas y temores. De esta manera, se evita la formación cívica, se suprimen todas las experiencias pedagógicas que debieran llevar a adquirir un pensamiento crítico y en los hechos se trabaja por el menosprecio del sistema democrático. La sola constatación de que diversos estudios actuales han indicado que menos de la mitad de los chilenos valora la democracia.

La democracia implica reconocimiento de la dignidad de todas las personas y, para tal efecto, requiere de una vida comunitaria asentada en el respeto y la tolerancia. Cuando este clima es sobrepasado y sustituido por el recurso a la fuerza bruta y a la irracionalidad, estamos destruyendo las bases en que se sustenta una convivencia civilizada.

El sistema político chileno, por desgracia, asigna al Estado un papel subsidiario y lo priva de su rol de garante de los derechos fundamentales de las personas. La Constitución Política de la República privilegia la preservación de la propiedad privada y la libertad económica de los individuos abriendo camino al libertinaje y al abuso irrestrictos con la consiguiente afectación de los grupos humanos más débiles y vulnerables, generando enormes desigualdades que tensionan día a día el devenir social.

Aunque muchos actores políticos y destacados economistas han llegado al extremo de negar la existencia misma del “neoliberalismo”, esta escuela de pensamiento está hoy amenazando la subsistencia misma de los estados democráticos en diversas partes del mundo. No se trata solo de un problema de crecimiento económico o de desigualdades que, miradas con un mínimo de sentido de la justicia, resultan inaceptables e intolerables pero que una buena gobernanza, eficaz e incorrupta, podría eventualmente ir superando, sino de una filosofía de vida, de una manera de ver la razón de nuestra existencia y nuestras aspiraciones de realización personal y social.

Nuestro caso es ilustrativo. Presentado como ejemplar por la alta reducción de la pobreza estadística y el ascenso de sectores sociales al nivel de las clases medias, ese cuadro encubre un panorama que genera angustia y desesperación. Como apuntara Martín Hopenhayn (“Chile: entre el madrugar el despertar”) esas mismas personas cuya vida aparentemente cambió para mejor, se desvelan cada noche sobresaltadas por el agobio que le provocan sus deudas de consumos, por sus bajos ingresos o pensiones de mera subsistencia, por los costos de la educación de sus hijos, por las interminables deudas hipotecarias, por el acceso a las atenciones de salud.

Las redes sociales que, al decir de Héctor Aguilar Camín “revuelven pero no resuelven”, se hacen eco de esas tensiones generalizadas sin tener capacidad de respuesta a las demandas generalizadas.

Nuestro país se encuentra en un punto crucial. O aborda las exigencias del tiempo presente con respuestas maduras, serias, fundadas y sensatas adoptando una actitud sólida de rechazo y condena de las injusticias y privilegios vigentes en favor de las castas dominantes, o se sume en el desorden y la irresponsabilidad.

Nos guste o no nos guste, los populismos de extrema derecha o de extrema izquierda se encuentran a la vuelta de la esquina.

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4 Comentarios en Editorial: ¿Es infinito el tiempo?

  1. «Ese oasis que visualizaban algunos» es la siembra cosechada por el neoliberalismo que mantuvo a gran parte de los Chilenos enajenados y creyéndose el cuento de país desarrollado.
    Por lo anterior, nos endeudamos y creímos en tiempos mejores…
    Vivimos dormidos y obnubilados, pero una gota rebalso el vaso y todos despertamos del sueño de ilusiones, algunos con pena, otros con odio y rabia, lo que nos e puede justificar, pero que pensando bien si se puede explicar en su raíz no solo en inmensos abusos si no ademas en la burla de los gobernantes hacia la gente.

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