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Editorial: ¿Hay que demarcar las fronteras?

Equipo La Ventana ciudadana

Periodismo ciudadano.

En los últimos días ha saltado a la palestra (una vez más) la necesidad de deslindar  la frontera con nuestros vecinos argentinos en el área denominada Campos de Hielo Sur. A pesar de que los criterios fijados para este trabajo se determinaron  en 1994, la demarcación aún no se concreta justificándose  esta demora  por la inaccesibilidad del lugar. Bueno sería que se avanzara con mayor celeridad en esta materia, para cerrar así una eventual fuente de conflictos.

Pero, no es sobre  el terreno internacional acerca de lo que  queremos reflexionar y precisar algunos puntos de vista, sino sobre  el flanco interno,  toda vez que muchas personas insisten majaderamente  en aseverar que nuestra nación es una nación fragmentada.

¿Será cierta tal afirmación?

En 1962, el novelista José Manuel Vergara publicó la narración  denominada “Don Jorge y el Dragón”. El texto  de medio siglo atrás no es de ficción como uno pudiera imaginarse, sino que se encuadra en el marco de la literatura social: El Dragón es el reconocido canal San Carlos, de la capital, que en la época dividía la ciudad,  separando a la “gente bien” que habitada al oriente de este curso de agua, de los “demás” que poblaban los barrios bajos caracterizados por la miseria y  el hacinamiento, la basura y  las viviendas precarias.

Al parecer, en la parte física del territorio santiaguino nada ha cambiado en lo esencial salvo  que la densidad poblacional se ha incrementado y las barreras invisibles se han hecho virtualmente infranqueables. Los propios habitantes de la metrópoli lo reconocen: algunos,  porque nunca han bajado más allá de Plaza Italia; otros, porque no se atreven a acceder al sector oriente ya que  son rechazados, discriminados e incluso agredidos.

Si se intenta hacer una radiografía de nuestra sociedad, saltan a la vista los diversos aspectos en que se manifiesta este quiebre interior.

La situación descrita en la novela, se fue configurando paulatinamente a partir de la creciente migración de los trabajadores rurales a los grandes centros urbanos en búsqueda de mejores condiciones de vida y subsistencia.  Sin embargo, este hecho social se transformó en política oficial bajo la larga dictadura gremialista – militar que,  deliberadamente,  se propuso segregar las ciudades desplazando la pobreza hacia áreas marginales,  carentes,  incluso,  de servicios básicos  y de acceso fácil a posibilidades mínimas de progreso personal y familiar.

A partir de esta realidad, se fue definiendo un mundo estructurado en base a compartimentos estancos en que  factores  considerados tradicionalmente como elementos integradores, por ejemplo  la religión o la escuela pública, perdieron este aspecto de su naturaleza esencial.

En el momento actual, es absurdo no reconocer, además,  que la metrópoli capitalina constituye un mundo aparte del Chile provinciano y rural;  que existen una educación para pobres y una educación para ricos; iglesias para pobres e iglesias para ricos; atención de salud para pobres y atención de salud para ricos, y, todo ello, no como una realidad surgida casi espontáneamente por diversos factores de larga data,  o mantenida, más precisamente,  por la incapacidad del Estado para  dar adecuada y oportuna atención, sino como una cultura deliberada y consciente que nos ha hecho construir barreras entre nosotros, que nos ha llevado a discriminar a todo aquél a quien vemos como diferente. De hecho, no existe interés alguno por promover  una cultura integradora, que busque generar un consenso de respeto y acogida hacia los demás. Más allá de una elite cargada de privilegios de clase, los beneficios que se otorgan a los sectores más carenciados de la sociedad les son entregados como acciones caritativas  negándose a reconocerles lo que en justicia le corresponde.

Los grandes responsables de esta inamovilidad social, económica y cultural se encuentran en la fronda oligárquica que siente que por apellido, por riqueza y por las redes en que se mueven y manejan,  tienen el derecho hereditario a conducir los destinos del país. La llamada “clase política”, generada en la periódica ritualidad electoral,  se autorreconoce como un estrato endogámico de la sociedad  y busca perpetuarse indefinidamente. Así, la democracia, como forma de vida de la comunidad, se transforma en  una democracia de papel  enteramente aislada de la realidad humana de la inmensa mayoría del país.

Los legisladores,  tan pronto como son electos,  se radican en el sector alto de la metrópoli, se entretienen en el juego de la triquiñuela intrascendente que los perfila y les da un poco de tribuna comunicacional, aprueban confusas normativas pero son absolutamente incapaces de evaluar si tales disposiciones se cumplen efectivamente y si producen los resultados previstos. Dos hechos han llamado la atención últimamente: 1) La Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados desfachatadamente declara que no tiene nada qué hacer porque el Ejecutivo no le ha puesto urgencia a proyecto alguno; 2) El Departamento de Evaluación de la Ley/OCDE,  identifica que 27 leyes promulgadas  en el período estudiado, 2012-2017,  muchas de las cuales modificaron normas anteriores, permanecen sin que se hayan dictado aún los reglamentos que hacen posible su ejecución y cumplimiento, hecho que genera incertidumbre en los derechos ciudadanos y que es muestra palmaria de ineptitud e irresponsabilidad.  Gobierno y Parlamento, Parlamento y Gobierno, Oficialismo y Oposición, Oposición y Oficialismo, siguen hibernando absolutamente desligados del país real y desalineados de  los verdaderos problemas de la gente y de  toda preocupación por nuestro futuro como nación.

¿Se podrá hacer algo al respecto?

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1 Comentario en Editorial: ¿Hay que demarcar las fronteras?

  1. Una Editorial Brillante.
    Enuncia y analiza un tema del cual la prensa y la T.V. han hablado poco y no le dan la importancia que realmente tiene.
    Ojo.

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