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Editorial: Ni país ni paisaje.

Equipo La Ventana ciudadana

Periodismo ciudadano.

Nicanor Parra dixit: “Creemos ser país y la verdad es que somos apenas un paisaje”.

Su frase, que forma parte del poema “CHILE”,  plantea un contrapunto que invita a reflexionar sobre nuestra realidad.

En verdad, la vieja conceptualización de una nación como una comunidad humana que comparte un mismo origen, una misma lengua, una misma historia, una misma cultura, pero que al mismo tiempo comparte un sueño de futuro, ha sido largamente sobrepasada por la fuerza de la realidad. La historia moderna, plagada de guerras, cesiones u ocupaciones territoriales, de pobrezas continentales y de migraciones, de economías abiertas, de intercambios culturales permanentes que no reconocen fronteras, ha superado largamente un pasado que ya no existe.

La sociedad chilena, clasista desde sus orígenes, sufre una fragmentación dolorosa en que grupos privilegiados han tomado posesión paso a paso de la política, de la economía, de la comunicación social, de la cultura, del suelo y hasta de la religión. Su ideario, permanentemente reiterado para que no se nos olvide, es muy simple. Si hay grupos ricos y privilegiados, es porque han trabajado y se lo merecen. Si al frente hay sectores que se debaten entre la pobreza y la mera subsistencia del día a día, es porque son flojos y no se esfuerzan.

Todo ello configura un cuadro nefasto que ha ido  carcomiendo la esencia misma del país, impregnado de egoísmo e individualismo y del cual se excluyen los valores de la justicia, la equidad y la solidaridad.

La clase política, de todos los colores, evidentemente no ha estado a la altura de lo que debiera suponerse son los desafíos fundamentales de un Chile que cuenta con todos los recursos necesarios para posicionarse como una sociedad ejemplar en materia de integración, dignidad y desarrollo humano. Sucesivos gobiernos han sido hasta ahora  de mera administración y han sido también  incapaces de definir un sueño de país y de convocar a quienes habitan en este territorio a la gran tarea de realizarlo. Cada día nuestros representantes aprueban nuevas leyes, crean nuevas instituciones y siglas, se autoconvencen de que con ello los problemas se han solucionado, en circunstancias que la realidad concreta de millones de personas sigue siendo la misma.

El desarrollo urbano, “la ciudad”, es el ejemplo palmario de lo que sucede. La dictadura definió  oficialmente la segregación física y social de las ciudades, erradicando a los pobres hacia las periferias con todas  sus secuelas laboral, educacional, sanitaria, de acceso a los servicios, de transporte y deterioro irreversible de las vidas familiares y personales. Los gobiernos democráticos posteriores, todos, no mostraron jamás un abordaje adecuado del problema del costo del suelo urbano y optaron por tolerar la especulación inmobiliaria, privilegiando la cantidad de soluciones sociales por sobre la integración.

Además, ahora, el problema se ha expandido incesantemente a nivel país. A la expansión sin límites de la “gran metrópoli” que todo lo devora (fundada en la falacia de la escasez del suelo en circunstancias que gran  parte del territorio capitalino está constituido por edificaciones degradadas o solares abandonados que esperan beneficiarse con la plusvalía) se suma el escandaloso loteamiento del país en beneficio del acceso a la segunda o tercera vivienda de los ya señalados sectores privilegiados. La costa marina o el litoral de los lagos del sur, están siendo parcelados legal o ilegalmente, en operaciones especulativas que,  de hecho, más allá de los discursos, resoluciones, decretos o leyes, impedirán el acceso de todos los chilenos a bienes de uso público. La información hecha pública recientemente,  que anuncia el loteo de una parte importante del Fundo Hualpén, en la Región del Bío Bío, revela un negocio que afectará profundamente el Santuario de la Naturaleza de esa Península,  restringirá el acceso de la comunidad al lugar y dañará una naturaleza que conforma un paisaje sin parangón en la zona. La concesión a negocios privados  de sectores importantes  de Parques Nacionales (Siete Tazas) o la parcelación sistemática de predios aledaños a los lagos Icalma, Villarrica, Llanquihue constituye una amenaza cuyas consecuencias son muy difíciles de sopesar.

En suma, no somos un país y ni siquiera queremos seguir siendo  un paisaje.

La pregunta final es: ¿Seguiremos tolerando que el “señor mercado” y sus intereses manejen la vida de los ciudadanos o los ciudadanos pondremos a ese “señor mercado” en el lugar que le corresponde?

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1 Comentario en Editorial: Ni país ni paisaje.

  1. De acuerdo. Además de no ser un país como es debido estamos destruyendo el paisaje a mansalva. Ahora se pretende lotear un área considerable para un proyecto inmobiliario dentro del fundo Ramuntcho, en la Península de Hualpén que es Santuario de la Naturaleza. Se permitiría, dice el EIA, construir edificios hasta 20 m de altura, ¡¡dentro del Santuario!! No podemos exclamar ¿¡en qué país estamos!? porque como bien dijo Don Nicanor, no somos un país. En la realidad somos un territorio aún en conquista sujeto de la rapiña insaciable de los poderosos, los nuevos ricos y los arribistas.

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