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Editorial: Un mes demasiado largo

Equipo La Ventana ciudadana

Periodismo ciudadano.

El mes de septiembre ha pasado a ser, sin duda, el más importante de la vida de la nación.

Más allá del proceso marcado por el ciclo constante de la naturaleza,  que cierra la  casi siempre dura estación del Invierno y abre paso a una gozosa Primavera que se viste de flores, hojas verdes y luz solar, hay hechos que cada año configuran un cuadro  importante destinado a ser parte trascendente de nuestra historia.

En el núcleo de este período, Chile ha instalado  una tradición más que centenaria  destinada a conmemorar el 18 de septiembre  como día de la Independencia Nacional, fecha falaz en torno a la cual  desarrollamos múltiples actividades de características  más bien superficiales y que evaden una necesaria reflexión sobre lo que somos y debiéramos ser como sociedad. La constitución de la Primera Junta Nacional de Gobierno, cosa por lo demás bien sabida, distó mucho de ser un acto independentista y de ejercicio de soberanía. El Acta respectiva (suscrita por Agustín Díaz, “Escribano de Su Majestad”)  de un acto convocado para “la mejor defensa del reino”  y la “conservación de estos dominios a su legítimo dueño y desgraciado Monarca, el Señor Don Fernando VII”, prueban sobradamente que lo que motivaba a los convocados  no era dar vida a un nuevo Estado sino generar una autoridad que ejerciese el Gobierno mientras la Metrópoli permaneciera ocupada por las tropas francesas. Otros hechos, sin duda más relevantes, como el triunfo de Chacabuco, la Proclamación de la Independencia de Chile y la batalla de Maipú, constituyen hitos profundamente más decisivos para el nacimiento de este nuevo país.

Puede estimarse que el período que  nos ocupa se inicia el 4 de septiembre de cada año, ya que en este día recordamos las sucesivas elecciones de Gabriel González, Carlos Ibáñez, Jorge Alessandri, Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende, dando origen a  una significativa secuencia democrática que nos enorgullecía ante el mundo.  Sin embargo, a medio camino entrambas fechas (4 y 18) se produjo uno de los sucesos destinado a quedar marcado a sangre y fuego en el devenir de la historia patria: el 11 de septiembre y a cuyas circunstancias y trágicas e inolvidables consecuencias,  nos hemos referido en oportunidades anteriores. Luego de diecisiete años de dictadura gremialista-militar, el 5 de octubre de 1988 marcó el, inicio del retorno a una democracia política que, con todos sus problemas, complejidades y vicisitudes, recuperó un régimen de libertades en una gesta ejemplar.

De acuerdo a lo expresado, este único mes de 32 días,  comprendido entre el 4 de septiembre y el 5 de octubre, constituye  un trozo macizo del calendario que cada año debiera forzarnos a reflexionar acerca de nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro como nación.

Aunque a primera vista nos pareciera   que existe un consenso generalizado en cuanto a la valorización de este sistema político, lo cierto es que presenta débiles convicciones y da lugar a permanentes cuestionamientos. Sectores poderosos de la comunidad nacional siguen añorando, aunque lo disimulen,  los regímenes de facto que hacían posible que mediante el uso de la fuerza de las armas se impusieran decisiones a la comunidad. Grupos emergentes, herederos de padres que lo entregaron todo para recuperar lo perdido, insisten ahora en confundir democracia con libertinaje, democracia con desorden, caos y destrucción, mostrando  una abismante incapacidad para comprender que la democracia  y la libertad son valores férreamente unidos al concepto de responsabilidad.

Por otra parte, es incuestionable que la  nación chilena  vive múltiples y graves conflictos, muchos de los cuales son, sin duda, dolores propios de cuerpos en crecimiento, pero que en lo grueso no son sino la expresión de una realidad dura que nos ha hecho perder nuestro sentido de comunidad. El individualismo y el egoísmo nos están educando en  una cultura que privilegia el consumo, que no se aproblema con la persistente destrucción del medio ambiente, que atropella con prepotencia los derechos de los demás, que ha encontrado su religión perfecta en la adoración del dinero y que se niega a abordar los desafíos estructurales e institucionales indispensables para avanzar hacia una vida comunitaria en la que todos nos necesitamos mutuamente y en la que no son  tolerables ni la pobreza ni la injusticia.

Este mes, el  más largo del año, debiera ir más allá de las guitarras, de las ramadas y las fondas, de los pies de cueca y los trajes folklóricos de ocasión, de la promoción generalizada de los asados y la embriaguez, para pasar a  ser,  en un clima de sana alegría, el momento para mirar todo lo que hemos vivido y  así reencontrarnos con nosotros mismos como compatriotas  que comparten un territorio pero tienen además el sueño de un futuro solidario.

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