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Emmanuel Macron: el Presidente rey mal amado

Rafael Luis Gumucio Rivas

Profesor de Historia. Ex director Instituto de historia Universidad Católica de Valparaíso.

En los 18 meses que lleva en el poder, Macron ha logrado ganar el odio y el rechazo de la mayoría de los franceses: en nada le sirve retroceder y, aparentemente, dar gusto a las demandas ciudadanas para calmar la chispa, ya convertida en incendio. El jueves 6 de diciembre, anunció el fin al proyecto de ley sobre el impuesto a los combustibles y, de paso, dejó en ridículo a su Primer Ministro, Edouard Philippe, quien el día martes había anunciado una moratoria de seis meses.

El poder para ser legítimo debe estar impregnado de una aceptación popular que le da un cierto carácter de respetabilidad a la autoridad. Para Max Weber, existen tres  fuentes principales de legitimidad: la tradicional, carismática y la legal. La primera es la tradición el derecho divino de los reyes. Por la carismática, el líder tiene un poder de atracción sobre la masa y la hipnotiza  Perón,  Hitler, Mussolini, el Caudillo y tantos otros. La fuente legal surge del contrato social de respeto a la ley y la Constitución.

Las características de los regímenes políticos de hoy, fundamentalmente el presidencial,  es una “monarquía electiva”, no hereditaria y que aparenta una separación y equilibrios de poder en las instituciones del Estado -Ejecutivo, Legislativo y Judicial-. En los regímenes, presidencial, semi-presidencial y presidencialista, la persona elegida como Presidente de la República tiene aún más poderes que los reyes absolutos de Francia en su época, que estaban limitados por la “fronda nobiliaria” y los parlamentos provinciales.

El golpe de Estado gaullista, al plebiscitar la elección directa del Presidente, reinstauró una mezcla de monarquismo republicano.  Adolfo Theirs, el asesino de la Comuna, recomendaba que se adoptara la República, pues se consideraba un régimen más seguro que la monarquía, ya que el poder y la responsabilidad en la República dependía de varias personas, mientras que en la monarquía, solamente de una, y si fracasaba el monarca, se   hundía el sistema, es decir, el carácter sacrosanto de la propiedad y la libertad para enriquecerse. Por el contrario, la República, al recaer la responsabilidad en muchos y haber alternancia en el poder, garantizaba de mejor manera la mantención de estos “principios básicos del poder de los ricos”.

La oligarquía tenía un gran temor al sufragio universal: se convertiría en la dictadura de las turbas. A partir de la Revolución Francesa los súbditos, convertidos ahora en ciudadanos, se dividían en activos y pasivos: los primeros tenían dinero y eran letrados, por consiguiente, tenían derecho a voto, incluso, las mujeres no sufragaban y, además, se discutía el derecho que tenían los esclavos liberados. Suprimida esta segregación, pasamos al sufragio universal masculino. El total de votantes en la época no superaba el 10% de los ciudadanos. (La   abstención garantiza el poder de la plutocracia.)

En 1848 el sufragio universal conquistado, permitió elegir como  Presidente de la República a Louis Napoleón Bonaparte, gracias al voto campesino. Lamartine, el líder de la revolución, obtuvo una ínfima votación. Al poco tiempo, un golpe de Estado dirigido por Bonaparte, instaló el II Imperio.

En la III y IV República la burguesía supo perfectamente cómo dominar el sufragio universal, limitando el debate político entre clericales y anticlericales, de tal manera que los republicanos y los monárquicos se encontraban en el “enriqueceos”.

Convertido el régimen político en una monarquía presidencial, y el sufragio universal, por su parte, en un supermercado, que en un primer momento se compraba a los electores -hoy no se hace necesario, pues basta con las promesas, y hasta pequeños obsequios, como el reemplazo de los zapatos rotos o las gafas de sol, que ofrecía Lavín…-.

La consecuencia lógica de la elección del monarca y la domesticación del sufragio universal es que la democracia representativa perdió la aceptación ciudadana, que le daba legitimidad. De la crisis de representación estamos pasando a un quiebre radical entre representantes y representados. La idea de Edmund Burke, enemigo mortal de la Revolución Francesa, en las  Cartas a los Electores de Bristol,  por medio del voto el ciudadano entrega fiduciariamente poder al representante, que puede luego actuar libremente sin consultar a quienes le han encomendado el cargo.

Hoy la democracia fiduciaria carece de sentido y está siendo reemplazada bien por la democracia bancaria, en que los ciudadanos ratifican las decisiones de los plutócratas, o bien, la plebiscitaria, con revocación de mandato incluida.

El desconocimiento u olvido de la historia ha permitido que se imponga la  mistificación autoritaria de la democracia. Veamos dos ejemplos: el primero, Robespierre es retratado por los monárquicos como un dictador genocida, cuando en la realidad histórica los miembros del Comité de Salud Pública  -para salvar a la República- duraban apenas un año y, muchas veces, Robespierre estaba en minoría.

La idea de ‘democracia rousseauniana’ era más bien directa, aunque para Rousseau -era cosa de ángeles-. (Me permito recomendar la lectura del profesor de La Sorbona, Albert Souboul, que contiene en su obra La Revolución Francesa, un estudio profundo y detallado de las reuniones de los Comités Revolucionarios, de la Comuna de París; el segundo ejemplo, se refiere a nuestro país, que valora la democracia oligárquica “como una auténtica expresión popular”, que no fue más que el desprecio a la soberanía popular -baste citar al Presidente  Domingo Santamaría- que se negaba entregar las urnas a “los rotos.”

Cuando el monarca, sea absoluto o republicano, pierde el amor de su pueblo, y no se decide emplear la fuerza para masacrar a los rebeldes ya puede dar por perdida la batalla en contra de la insurrección popular. Con Louis XVI, este proceso fue más lento: tuvo que mediar la huida a Varenne, la masacre de los republicanos por parte de  La Fayette, a fin de que llegara a Las Tullerías.

En el caso de Emmanuel Macron, el paso en el proceso del amor al odio apenas duró 18 meses, y bastó que se decidiera por apoyar a los ricos en detrimento de los pobres -que son la mayoría de los ciudadanos-, con la supresión del impuesto a las grandes fortunas y los gravámenes a los combustibles, que perjudican a los pobres para que se ganara el odio popular.

Macron no es amado ni temido -como en El Príncipe, de Maquiavelo-, sino despreciado y odiado, y ni siquiera fue capaz de usar un chivo expiatorio en la persona del Primer Ministro, Edouard Philippe, a quien dejó en ridículo.

Mañana, sábado 8 de diciembre, será uno de los grandes días de esta epopeya insurreccional. (Para los amantes de la historia me permito recomendar la lectura de las obras referidas a las insurrecciones durante el período 1750-1789, que sumaron más de mil y por diversos motivos, principalmente referidas al alza de los impuestos y a la alimentación, especialmente al aumento en el precio del pan, que absorbía los 2/3 del ingreso ciudadano. En el año previo a la toma de La Bastilla hubo más de trescientas sublevaciones.)

Bibliografía

  • Lamartine- Henri Guillemin
  • L’avènement de M. Thiers sur la commune1971
  • Robespierre- Albert Soubol
  • Las clases sociales en la Revolución Francesa
  • 1789 el año uno de la libertad
  • Diccionario Histórico de la Revolución Francesa
  • Principios ideológicos y propuestas colectivas 1981
  • La revolución Francesa 1789 -1799 – Max Weber
  • Sociología de las religiones
  • La ética protestante y el espíritu del Capitalismo
  • Sobre el Semi-presidencialismo, Maurice Duverger.Échec au roi, Paris 1978
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