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La Codicia Que Enfermó a Nuestro Chile

Maroto (desde Canada)

En estos últimos años hemos observado con una mezcla de gran frustración e incredulidad cómo en la clase política y empresarial de nuestro país se hacen cada vez más frecuentes conductas que creíamos ajenas a nuestra sociedad y propias de países del cuarto mundo.

Qué ha ocurrido en nuestro Chile que nos ha llevado tan aceleradamente a un estado de total desconfianza y debilitamiento de nuestras instituciones? Qué es lo que ha generado este rápido deterioro del tejido social?

Malamente podremos hacer frente a desafíos como la corrupción y ausencia de estándares éticos si no identificamos primero dónde está la raíz del problema.

Quisiera ensayar una respuesta basándome en dos conceptos que siendo parecidos tienen connotaciones y potenciales totalmente distintos: la codicia y la ambición.

La codicia se entiende generalmente como el deseo o apetito ansioso y excesivo de bienes o riquezas; en tanto que la ambición se asocia generalmente al interés o anhelo de lograr objetivos y alcanzar metas.

La ambición es un sentimiento legítimo que se transforma en motor del desarrollo personal y el de nuestra sociedad al motivarnos a buscar metas y objetivos que nos impulsan a crecer. La ambición nos lleva a querer ser más y mejores. La ambición es la que hace que cada uno de nosotros no se conforme con quedarse donde está y anhele desarrollarse. La ambición permite a los
empresarios y políticos desarrollar una idea o una carrera alcanzando metas loables tanto en lo personal como en el impacto que estas tienen en la sociedad.

La codicia en cambio tiene una connotación negativa al exacerbar el deseo incontenible de tener más. Tener más bienes; tener más riqueza; tener más poder; tener más influencias; tener más fama. Es una búsqueda individualista por acumular más y más, sin empatía alguna con quienes van quedando en el camino de este enriquecimiento y empoderamiento sin fin.

Después de 18 años de dictadura, nos encontramos en 1990 con la oportunidad única de construir un Chile nuevo; más democrático, justo, solidario, equitativo e igualitario. Una oportunidad por la cual luchamos desde las universidades, colegios profesionales, sindicatos, barrios y poblaciones. Una oportunidad que contaba con el apoyo amplio de la mayoría de las chilenas y chilenos,
quienes desde diferentes posiciones políticas anhelaban hacer realidad el sueño de un Chile mejor para nuestros hijos.

Y que ocurrió con estos sueños?

Se encontraron de golpe con un sistema capitalista basado en un individualismo barbárico, que no sólo paralizó las oportunidades de cambio y desarrollo, sino que las diluyó hasta hacerlas desaparecer. Un sistema que al defenderse, pervirtió el centro valórico de gran parte de nuestros políticos y empresarios sumiéndolos en un deseo incontenible por tener más.

Ya no fue más la ambición la que motivo a nuestra clase empresarial a desarrollar nuevos negocios; o a los políticos y sus partidos a buscar el desarrollo de nuestro país para hacerlo más justo e igualitario. La ambición dio triste paso a la codicia. Una codicia que se apoderó de la mayoría de nuestras élites, aquellas en las
que habíamos confiado, transformándolas en verdaderas máquinas ansiosas por tener más. Ya no bastó con ser un exitoso empresario; ni tampoco fue suficiente ser un político comprometido por sacar adelante a sus representados.

La codicia se apoderó de muchos de aquellos cuyo rol era impulsar el desarrollo de nuestra sociedad; y ellos entonces privilegiaron su propio desarrollo a nuestra costa. Colusión, evasión de Impuestos, financiamiento ilegal de la actividad política, cohecho, etc… No son más que manifestaciones de la codicia. Esa necesidad de perpetuarse en la riqueza y el poder, que en una combinación maquiavélica lo corrompen todo.

Y es esta codicia sin límite de políticos y empresarios la que nos tiene acorralados y desesperanzados.

Qué triste es ver cómo, con contadas excepciones, nuestras élites se defienden mutuamente en un esfuerzo por perpetuar este sistema que propugna una sociedad egoísta basada en el individualismo.

Qué hacer frente a esto?

En lo inmediato, seguir exigiendo cambios al sistema; cambios profundos y no de maquillaje. Participar; informarse con capacidad crítica; levantar la voz; opinar; y votar.

Y en el mediano y largo plazo, recuperar nuestros valores cívicos a través de la educación de nuestros hijos y las generaciones futuras. Establecer un programa de educación cívica nacional, obligatorio e interactivo en colegios y universidades, que le hable a niños y jóvenes acerca de nuestros aciertos y errores; acerca de sus derechos y obligaciones; acerca de su responsabilidad
social; acerca del valor de la democracia y los derechos humanos; acerca de la importancia de la solidaridad y la equidad. Un programa que prescindiendo de las opciones políticas personales, ponga el énfasis en un Chile donde nadie sobra.

La codicia no se dará por vencida fácilmente, menos cuando está enquistada en los principales centros de poder político y económico. Pero un esfuerzo basado en un acuerdo nacional por enseñarle a nuestros hijos y jóvenes los verdaderos valores de nuestra república son el mejor y tal vez único antídoto para hacer frente a este virus de la modernidad liberal.

 

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1 Comentario en La Codicia Que Enfermó a Nuestro Chile

  1. Muy buen artículo. Lo que más valoro es que ofrece un camino: la educación cívica. Justamente cuando tenemos una reforma a la educación transitando por pedregoso sendero, centrada en la gratuidad y no en la calidad o en su contenido, a donde apunta Maroto en su artículo.

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