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La cultura de la incultura

Equipo La Ventana ciudadana

Periodismo ciudadano.

En oportunidades anteriores hemos señalado que la cultura de una sociedad no solo tiene que ver con las diversas expresiones del arte sino que tiene un alcance mucho más general y profundo.

Es frecuente que se asevere que una comunidad determinada puede ser calificada como “culta” en la medida en que se desarrollan en su seno múltiples actividades vinculadas a la música, la pintura, la literatura, el cine, entre otras. Si bien las actividades señaladas, por supuesto, pueden y deben ser destacadas como expresiones positivas de la vida social,  en verdad el ámbito propiamente tal tiene que ver con la forma en que nos relacionamos con nuestro entorno,  lo que implica identificar los rangos de consideración y respeto que se tienen con nuestros semejantes, con las diversas especies que conforman nuestro hábitat, con el medio natural en que se desenvuelve nuestra existencia.

Existe una falacia inaceptable cuando se busca crear la impresión de que el problema del desarrollo tiene que ver con los ingresos promedio (en dólares) de un país, como si por arte de magia al cruzar una determinada barrera  abandonáramos un cierto estatus para proyectarnos a uno superior propio de grandes naciones.

Sin perjuicio de precisar que  toda estadística encubre algún nivel de  engaño mayor o menor,  resulta evidente que riqueza y cultura no son términos que estén necesariamente encadenados. Peor aún, muchas veces están en clara y abierta contradicción.

En la vida cotidiana de las personas, sus actitudes constituyen el reflejo palmario de su incultura. Hay quienes  sostienen que sería posible hacer un  inventario de conductas que ponen de manifiesto nuestra  forma negativa  de establecer lazos   de convivencia,  pero en verdad sería un trabajo agobiador  con una meta casi inalcanzable.

El punto de partida de esta apreciación debe encontrarse en nuestro hogar y en nuestro lugar de trabajo. Los tipos de puentes que construimos para vincularnos  con nuestro cónyuge,  con nuestros hijos, con quienes habitan con nosotros, serán la base de sustentación que marcará nuestro devenir a futuro. Si en ese ámbito no somos capaces de compartir con respeto, con voluntad de escuchar y de sostener un auténtico diálogo, es claro que nada bueno se avizora. Si la prepotencia patronal, el abuso, el maltrato, configuran el marco de la relación con quienes son laboralmente nuestros dependientes (ya sea en la casa particular o en la empresa), el daño social será permanente.

Así, el primer mundo de la formación cultural está en el hogar. Formar a los cónyuges en el respeto mutuo, formar a los hijos en la escuela de la debida consideración hacia sus hermanos (especialmente si son menores o son mujeres), tratar bien a la empleada de casa particular enseñando a todos los integrantes de la familia a apreciarla positivamente como una persona que realiza un trabajo que hace posible nuestro propio desarrollo personal y social, son actitudes que irán marcando la evolución hacia la madurez.

Más allá de ese ámbito restringido en que muchas veces tendemos a encerrarnos,  se abre un mundo de relaciones interpersonales que,  si son manejadas adecuadamente,  contribuirán a hacer mejor la sociedad en que vivimos. Se trata de gestos simples y baratos pero de una tremenda importancia en todo sentido: saludar a nuestros vecinos en el ascensor;  no botar papeles ni basura en general en la vía pública ni en sitios aledaños; respetar a los peatones en cualquiera circunstancia; respetar las luces rojas y las señalizaciones de tránsito en general; ceder el asiento a quien corresponde en la locomoción colectiva; no hablar a gritos por celular en la fila del banco; etcétera, etcétera, constituyen muestras simples de una inconsciencia colectiva que paulatinamente nos conducen a deteriorar irremediablemente nuestra calidad de vida y a generar un ambiente  de agresividad e irrespeto.

Resulta sorprendente escuchar el comentario de un vecino que  comentaba indignado   que caminando 7 cuadras por la acera en contra del sentido del tránsito vehicular había constatado que 13 personas conducían comunicándose por celular pese a la prohibición vigente y a los riesgos que ello implica. En más de la mitad de los casos se trataba de vehículos de alto valor, adornados con un rosario o un denario que colgaba de su espejo retrovisor, demostrando que la incultura no tiene que ver ni con el dinero ni con seudo creencias religiosas que se sustentan más en intereses sociales o económicos que en convicciones elementales de respeto a las personas. Y, agregaba este interlocutor: “¿Algún empresario de la locomoción colectiva habrá hecho algo alguna vez para instruir a sus trabajadores sobre el uso prudente de la radio al interior de los vehículos, sobre la grave contaminación acústica que genera en todo momento el uso prepotente  e injustificado de sus bocinas?”

El tema justificaría un desarrollo más extenso y profundo.

Sin embargo, si cada uno de nosotros no toma conciencia de su propia y personal responsabilidad, si la autoridad comunal no se compromete a fondo en campañas sistemáticas en este terreno,  si no se convoca a los medios de comunicación social a realizar una verdadera pedagogía social, el problema de la incultura se perpetuará e incrementará.

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