Quienes postulan al crecimiento económico sin restricción, sin respetar el Medio Ambiente... Desprecian la vida!!!.
Actualmente nos leen en: Alemania, Francia, Italia, España, Canadá, E.E.U.U., Argentina, Brasil, Colombia, Perú, Ecuador, Uruguay, Bolivia y Chile.

La importancia de llamarse Ernesto.

Esteban Lobos

Economista.

Una de las obras más reconocidas del escritor inglés Óscar Wilde es   la que lleva el título que encabeza este comentario. Por supuesto, está lejos de nuestro ánimo hacer una nota  de  carácter literario,  más aún si se considera que carecemos de las aptitudes y conocimientos para emprender tal tarea. En un país como el nuestro, marcado a fuego por las desigualdades e inequidades, siempre se las tiende a ver desde el punto de vista económico que es el más notorio. Pero, las discriminaciones van mucho más allá. De manera importante, el apellido que llevamos marca nuestro destino y el lugar que ocuparemos en la sociedad. Increíble pero cierto, diría Ripley.

Hace algunos meses, se publicó el libro “DESIGUALES. Orígenes, cambios y desafíos de la brecha social en Chile”. Se trata de una contundente investigación elaborada al alero del renombrado “Pe Ene U De”, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Sus consideraciones, datos y conclusiones, muy serios por lo demás, han sido plenamente validados por el silencio cómplice de la prensa empresarial tradicional que, siempre generosa para dar tribuna a seudo expertos afines a sus intereses, y a centros de pensamiento y universidades siempre cuadrados con su “ideología de clase”, carece de tiempo y espacio para darlo a conocer.

El texto documental que comentamos – y que de seguro nos llevará a posteriores nuevos análisis – precisa y fundamenta polémicas tesis.

Así, señala que “la desigualdad socioeconómica en Chile ha tenido una connotación étnica y racial. Las clases altas se configuraron como predominantemente blancas, mientras que mestizos e indígenas ocuparon un grado más bajo en la jerarquía social, y negros y mulatos uno aún más bajo. Incluso hoy, el aspecto físico es un buen predictor de la clase social en Chile, lo que delata a una sociedad con escasa movilidad social, en la que han predominado los prejuicios  y la discriminación en el acceso a las oportunidades”.

Lo antedicho nos lleva a recordar una experiencia realizada hace algunos años, por un centro de investigación de la Universidad de Chile, si no nos equivocamos. El trabajo de campo fue muy sencillo. Los autores rescataron las ofertas de trabajo publicadas en “El Mercurio” y postularon a ellas por partida doble. Exponiendo curriculums disimuladamente equivalentes de buen nivel académico y adecuada experiencia laboral, en unos consignaron apellidos extranjeros o castizos y en otros apellidos de pueblos originarios; en unos consignaron residencia en las comunas del “barrio alto” de la capital y en otros, en poblaciones periféricas. Pues bien, sistemáticamente solo fueron convocados a entrevista de trabajo los postulantes con apellidos castizos o extranjeros y con residencia en las tres o cuatro comunas privilegiadas.

Pues bien, el PNUD trabajó con datos sobre apellidos de más de ocho millones de adultos chilenos y, simultáneamente, con la información relativa a sus oficios o profesiones, sexo y edad. Sobre la base de los datos referidos construyó un cuadro con la lista de los apellidos con mayor representación porcentual y procedió a cotejarlos con las tres profesiones de mayor prestigio en el país y que, por supuesto, corresponden a las mejor remuneradas. En un lote, listó los cincuenta apellidos más representados en estas profesiones y en el otro lote aquéllos cuya representación en estas actividades era igual a cero.

Los 50 apellidos con mayor representación en este campo correspondieron a quienes se califican como descendientes de “la aristocracia castellano-vasca” o a familias de ascendencia inglesa, francesa, italiana o alemana. Entre los que aparecen con los porcentajes más altos, de mayor a menor, se encuentran los patronímicos Matte, Délano, Zegers, Soffia, Risopatrón, Tassara, Edwards, Parga Errázuriz, Puelma, Canessa, Vial, Soler, Ariztía, Astaburuaga, , Campbell, Moore, Allende, Solari, Walker, Klein y así, hasta los Larraín en el quincuagésimo lugar. En el otro extremo, en el cual no hay entre sus integrantes ni un solo profesional de prestigio nos encontramos con Allipán, Marimán, Tranamil,  Huenchual, Carilao, Huenchu, Huala, Cheuque, Millahual, Colipí, y así hasta completar el cuadro con apellidos correspondientes exclusivamente a pueblos originarios.

La llamativa información reseñada da cuenta de la realidad de una sociedad profundamente clasista y discriminadora. Si se tiene en consideración que no existen diferencias esenciales entre individuos de orígenes raciales diversos sino que su rol y desempeño en los diversos terrenos de la actividad nacional está determinado por la situación económica del grupo familiar en que nacieron, por el capital cultural de sus progenitores y su entorno,  y, consecuencialmente, por las opciones concretas a las que pudieron  eventualmente acceder, es claro que la “igualdad de oportunidades” de la que se habla reiteradamente en el discurso público   no es más que un mito que no se condice en forma alguna con la realidad.

Esto significa en la práctica que las capacidades y aptitudes naturales de  un porcentaje importante de integrantes de la comunidad, han estado permanentemente excluidas de todo proceso de desarrollo y que, si no se presta atención a la imperiosa necesidad de atacar las causas estructurales en que se sustenta   esta desigualdad crónica, el país continuará perseverando en la mantención de castas cerradas que impiden  la meritocracia y la movilidad social y que, más allá de las razones morales y  de justicia que puedan invocarse fundadamente, constituyen un freno que detiene el tránsito hacia una economía moderna.

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2 Comentarios en La importancia de llamarse Ernesto.

  1. Vayan mis sinceras felicitaciones para el autor de este tan certero artículo, el economista Esteban Lobos. Quien nos ha venido presentando temas de tanto interés a través de La Ventana Ciudadana. Es verdaderamente triste tener que reconocer la existencia de un racismo, de un prejuicio, y de una discriminación constante en la sociedad chilena, tal como se ha expuesto en este artículo. Pero, es algo que no se puede negar.

    Ojalá que comencemos a aprender de esta realidad chilena, y no solamente hablemos sobre el racismo en otros países, donde históricamente se continúa viviendo esa tan obscura situación socio-económica-cultural.

    Infinitas gracias, señor Lobos, por darnos a conocer lo mucho que nos falta, para algún día lograr ese “desarrollo” como nación, del cual tanto se habla, pero que no se practica en absoluto.

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