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La La Land

2016
dir. Damien Chazelle 

por Iván Ochoa Quezada

Es casi inevitable comenzar este comentario haciendo alusión a la curiosa –y francamente, desagradable- manía hollywoodense de reciclarse a sí misma. Los reboots, remakes y live-actions se han apoderado de las carteleras, develando y subrayando la fascinación por la nostalgia envasada. ¿Por qué otro motivo iríamos al cine a ver, por ejemplo, la versión de Beauty & the Beast con Emma Watson, siendo que la original de Disney es más suficiente? ¿O una historia secundaria de Star Wars que ya conocemos? Resurrecciones de amadas series de televisión de antaño, o creaciones “originales” que se construyen casi exclusivamente en base al homenaje, sólo connotan una sequía creativa generalizada y una obsesión con la profitabilidad del pasado y una lamentable falta de visión y miedo al riesgo que afecta a todos quienes quieren intentar hacer algo nuevo. Bajo este clima, son realmente pocos los que se atreven a salirse del marco de seguridad, o incluso, problematizarlo.

Entra Damien Chazelle. El joven prodigio (32 años recién cumplidos), responsable de la increíble Whiplash (2014), nos entrega La La Land, que en su superficie es el epítome de aquella nostalgia por el Hollywood de décadas pasadas – en este caso, los cándidos musicales de los 50s-60s, traídos al presente. Es la historia de Mia (Emma Stone), una aspirante a actriz que se enamora de Sebastian (Ryan Gosling), un pianista de jazz, al tiempo en que ambos luchan por alcanzar sus respectivos sueños. El telón de fondo es un Los Angeles mágicamente musicalizado, evocando su apodo de “Fábrica de Sueños” en todo su esplendor: coloridos decorados, cuantiosos extras bailando complejas y lúdicas coreografías, y en general, la sensación de que todo saldrá bien al final.

Pero Chazelle, siendo más sabio que esto, utiliza este molde como una excusa para crear un diálogo entre el apego nostálgico y la necesidad de mirar hacia delante, encarnado en la misma trama: Sebastian, un notorio tradicionalista, se encuentra ante el dilema de tener que transar su terco amor por el jazz clásico (que no está rindiendo frutos) en favor de aceptar su “evolución” para así adaptarse al público contemporáneo y masificarse otra vez. Así también se cuestiona la relación entre él y Mia. La pregunta es, ¿qué es lo que queremos realmente? ¿Ser populares, u honestos con nosotros mismos? ¿Arriesgamos el que quizá nuestra vocación no sea un arte popular, en favor de la mera satisfacción de hacer lo que queremos?

En esta misma tónica, Chazelle también nos propone un escenario más honesto. El perseguir nuestros sueños no es nada fácil – es frustrante, nos desarma, nos obliga a hacer sacrificios enormes y dolorosos; nos fuerza a mentirnos y cuestionarnos si no sería mejor intentar otra cosa, algo más fácil. Pero al final, devela la respuesta que ya conocemos en un rincón de nuestro corazón: la verdad. Simplemente la verdad. Somos soñadores empedernidos, máquinas del deseo (como expresó tan locuazmente Charlie Kaufman), y en esta vida tan plagada de pérdidas y “what-if’s?”, nuestro único deber es para con nuestra propia felicidad.

La La Land se encuentra actualmente en cartelera.

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1 Comentario en La La Land

  1. Siempre leo sus comentarios, usted hace un gran aporte con sus comentarios de cine.

    FELICITACIONES !!!!!!!!!!!!!!!

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