Imperativo ético: la ciudadanía y los demócratas consecuentes, deben impedir la presencia de fuerzas Neo Fascistas en Chile.
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LA POLITICA Y LA FRATERNIDAD

Agradezco la invitación de los medios de comunicación digital a publicar este trabajo. Se trata de temas de gran preocupación internacional, y en nuestro continente básicamente académicos. Para quienes deseen conocer la versión completa y con notas: http://www.sinpermiso.info/textos/el-miedo-a-la-fraternidad. El texto forma parte de un libro, en etapa de edición, que adelanté para rendir homenaje al profesor Antoni Domènech, recientemente fallecido, en ese trabajo se completan muchas distinciones que en esta versión reducida se dan por entregadas. Todos los aportes a este debate son bienvenidos, y las críticas, aportes y opiniones que tengan los agradezco. Intentaré responderlos.

1.El último triunfo electoral de la derecha en Chile, siendo minoría, nos obliga a reflexionar acerca del quehacer de la política en nuestro país. Por cierto, debemos asumir que no somos una isla y ello también nos relaciona con otros factores, decisivos, para comprender los hechos. También han ocurrido situaciones parecidas en otros países del continente, pero el quehacer de la política es distinto en cada uno de ellos. Pero nuestro quehacer tiene cosas en común, y de eso trata este trabajo.

Por más que nos parezcan razonables ciertos acontecimientos, o incluso indiscutibles, en política pueden ocurrir cosas distintas. De hecho, ocurren muchas cosas que, pareciera, no se corresponden con los datos evidentes de la realidad. Es como cualquier acaecimiento en la realidad que, al observarlo con detención, vemos como sufre cambios en su trayectoria producto de múltiples factores ajenos a aquellos que le dieron origen, algunos de los cuales no fueron previstos.

Un caso típico son los acuerdos políticos. Se puede estar de acuerdo con determinadas conductas u opiniones, tanto entre personas como entre partidos políticos, pero, por razones ajenas a ese común acuerdo, por fundamental que sean los puntos de coincidencia, no hacer nada en conjunto, o si, y casarse o formar una alianza política. Esas son instancias tradicionales del quehacer de la política y, en esta, la suerte nunca está echada.

Analizar un conjunto de argumentos políticos, y críticamente dar cuenta de ellos, puede no cambiar nada en el quehacer de la política, pero permite saber de qué hablamos cuando usamos estos argumentos y, posteriormente, saber cómo nos comportamos frente a los hechos que provocamos o en que participamos.

Hace algo más de un año, publique un artículo, en que llamaba la atención sobre el peligro de las guerras como camino capitalista de solución a las depresiones económicas, como la iniciada el 2008 (http://www.elmostrador.cl/destacado/2016/12/12/crisis-terminal-del-capitalismo-un-pronosticosensato/). Cuando lo escribí aun no ganaba Donald Trump la presidencia norteamericana (y aun creo que su elección es un factor segundario). También, recordaba cómo reaccionaron los diversos actores sociales en las anteriores depresiones, y me parecía que debíamos aprender de sus argumentos y lo hecho por cada uno de ellos; teniendo presente que hoy tenemos distintas Izquierdas, provenientes de diversas tradiciones, y que escribo desde Latinoamérica. Finalmente, me preguntaba sobre el efectivo aporte de los actuales gobiernos progresistas de nuestro continente al logro de mayor justicia social, en el contexto de sus proyectos de Estados de Bienestar con economías mixtas.

En este año se han debatido sus logros, crisis e incluso sus fracasos, y en este debate han participado todas las Izquierdas, y no sólo la derecha. La corrupción ha desempeñado un rol importante en las crisis de prácticamente todos los gobiernos de Izquierda en Latinoamérica. En distintos grados, por cierto, y no es lo mismo la situación y los efectos que ha tenido en Brasil o Argentina, que en Chile, Ecuador o Uruguay. Más allá de derrotas o triunfos electorales, los hechos han mostrado que la repuesta es necesaria y más compleja que lo esbozado hace un año, y hoy me parece necesario intentarla.

2. Las Izquierdas latinoamericanas, integrando distintas alianzas, formaron gobiernos en países grandes y pequeños, algunos con importantes riquezas naturales exportables y otros casi carentes de ellas; unos con Estados que tienen instituciones robustas y consolidadas y otros con una frágil institucionalidad. Tal como lo han reconocido organismos internacionales, como el PNUD, lo logrado por estos gobiernos se resume en la reducción decisiva de la pobreza, y el acceso de los pobres y capas medias a derechos sociales como la salud y la educación. Pero también, por la creciente participación de sus sociedades de derechos civiles fundamentales, en particular las mujeres, sus pueblos originarios y la diversidad sexual.

En efecto, es evidente que nuestros países han tenido un importante retraso, en particular respecto a Europa, en el acceso a derechos civiles básicos de mujeres, niños y niñas, diversidad sexual, pueblos originarios y trabajadores. La pregunta es: ¿Estos avances son suficiente argumento para considerar estos gobiernos como una herramienta exitosa para lograr transformaciones en el continente?

Nunca es bueno generalizar, pues la realidad de cada país es diferente. Pero a todo este tipo de gobiernos, y desde hace varias décadas, se los ha llamado Estados Sociales o Estados de Bienestar. Para aclarar lo que decimos con esto, lo primero es recordar el debate de la segunda mitad del siglo pasado que, en Latinoamérica, en la década de los sesenta, enfrentó los proyectados Estados de Bienestar, con la vía hacia el Socialismo que inauguro Cuba en nuestro continente. Este último camino proponía garantizar Derechos Sociales a todos, mientras el bienestarismo de ese periodo sólo ofrecía un acceso limitado a los derechos civiles, no los consideraba todos, y derechos sociales restringidos por sus criterios utilitaristas. Pero, además, como bien lo expresaba Norbert Lechner, en Latinoamérica estos procesos bienestaristas ocurrían con muchas dificultades, producto de Estados cuyas instituciones históricamente habían sido “instrumento de dominación” de terratenientes y capitalistas.

Entregar algunos beneficios focalizados, derechos sociales a cuentagotas, que debían dar una sensación de mayor bienestar, concedió un respiro transitorio al sistema, pero no podría detener las aspiraciones de universalización de los derechos. Los Estados Latinoamericanos no fueron democratizados, como los europeos tras la Segunda Guerra Mundial, en general, no buscaban, ni entregaban, condiciones universales de libertad, ni tomaron medidas redistributivas. Por tanto, era evidente que estos proyectos de bienestar del siglo pasado buscaron evitar que los cambios, que pedían los pueblos, comprometieran las bases del sistema capitalista. Durante la guerra fría, los norteamericanos los apoyaron para enfrentar la amenaza del ejemplo cubano, sobre la base de que la modernización del sistema que proponía este proyecto sólo entregaría algunos beneficios focalizados, derechos políticos y sociales, que debían dar una sensación de mayor bienestar. No parece necesario dar cuenta en detalle ni del fracaso de los llamados Socialismos Reales, ni del de los Estados de Bienestar en nuestra Latinoamérica de ese entonces.

En la década del noventa, tras el triunfo de la democracia sobre las dictaduras en todo el continente, cerrado el capítulo de la Guerra Fría, se forman alianzas de gobierno que reponen las propuestas de la década de los sesenta, de impulsar Estados de Bienestar utilitaristas, pero ahora con Estados e instituciones remozados por la recuperación democrática. El experimento chileno, de las dos décadas de gobierno de la Concertación de Partidos por la Democracia, ejemplifica bien el proceso y su fracaso, repitiendo lo ocurrido en los sesenta, pero por otros motivos. En los albores del siglo veintiuno, la sociedad exigía un claro compromiso con la fraternidad y acceso y exigibilidad de los llamados Derechos Sociales; es decir, que sean universales y constitucionales. Elementos que no existían en el programa utilitarista de bienestar.

Entre tanto, los nuevos Estados sociales que estaban surgiendo en todo el continente aprendían la lección, colocando en el centro el acceso fraterno a los Derechos Sociales; es decir, un compromiso con la Dignidad de todos, de enfrentar las desigualdades con medidas redistributivas, de participación social y de cambios constitucionales que garanticen la exigibilidad de estos derechos básicos.

3. Lo importante es tener claro cuál ha sido el aporte de estos remozados proyectos de Bienestar. De paso, me parece necesario responder algunos argumentos que ha expuesto el profesor Noam Chomsky respecto a la Izquierda Latinoamericana (https://www.infobae.com/america/america-latina/2017/04/14/duras-criticas-de-noam-chomsky-a-los-gobiernos-latinoamericanos-de-izquierda-de-la-ultima-decada/), y porque creo que, a pesar que en algunos países no han logrado detener la corrupción y el populismo, en general, ello no significa el fracaso de los nuevos proyectos de Izquierda, que el mismo había elogiado pocos años atrás. Aunque valora lo logrado respecto a “reducir la pobreza y potenciar la democracia”, su crítica se ha centrado en que “los gobiernos de izquierda no aprovecharon la oportunidad que tuvieron para crear economías sostenibles”, y se “unieron a la élite extremadamente corrupta, la cual está robando todo el tiempo, y tomaron parte en ello, desacreditándose a sí mismos”. A pesar de todo, Noam Chomsky señala que “se pueden superar”. Comparto su confianza, pero creo necesario aclarar en que se basa este optimismo y, talvez, la respuesta está en precisar que quiere decir, en cada país de nuestro continente, avanzar en democracia.

Me parece que esta crítica desconoce el significado profundo de los avances en democracia para los latinoamericanos, que han significado la incorporación de amplios sectores a los derechos políticos y sociales. Pero tampoco me parece clara la critica a los limitados cambios en las estructuras económicas, tomando en consideración su historia, como se llegó al predominio de economías extractivistas en el continente, pero creo que, además, no considera la inestabilidad e incertidumbres de la economía a nivel global en la última década. Lo mostraré más en detalle.

Parece que previamente debemos preguntarnos ¿Por qué se han podido imponer en el continente gobiernos con este grado de compromiso social, sin el temor por la existencia de un sistema socialista alternativo al capitalismo, u otro?

Me detengo primero en la promesa de derechos para todos. Fue Antoni Domènech quien abordó con mayor claridad este aspecto (El eclipse de la fraternidad, 2004). Hasta que las revoluciones francesa y norteamericana elevaron la Fraternidad al nivel de la Libertad y la Igualdad los derechos eran privilegio sólo de unos pocos. El Pueblo francés se había levantado y defendido la democracia extendiendo los derechos a todos. Los alzados eran el llamado tercer estado, conformado por las clases domésticas, mujeres, niños y servidumbre, trabajadores, artesanos, y clases medias burguesas, todos los pobres y marginados, aquellos que podían y debían unirse contra el sistema de dominación impuesto por los ricos terratenientes, mineros, y la nobleza, llamados el primer estado y el clero, el segundo estado.

La revolución, que había derrocado el Antiguo Régimen señorial francés, abrazó fraternalmente al tercer estado, en una sociedad emancipada. En particular, las llamadas clases domésticas por vez primera se hermanaban con el resto en igualdad de derechos. Hasta entonces, en general, quienes se decían republicanos querían proteger la libertad solo para una cierta clase de hombres, sólo hombres, dentro de su propia comunidad política, y no para todos. Desde 1792, la palabra democracia había pasado de significar el gobierno de los hombres libres-propietarios, a ser la universalización de la libertad republicana. Este fue el compromiso de la fraternidad que perdura hasta hoy en el ideario de las Izquierdas.

Detengámonos un poco más. Entonces, la fraternidad es una idea vinculada a la reciproca libertad de todos, a la necesaria hermandad, y por tanto a la democracia. Y reconocerse parte de ese compromiso fraterno es políticamente relevante. Usamos la palabra fraternidad para referirnos a diversas formas de afectos, pero en la tradición anterior a la Revolución Francesa era un concepto asociado a la dominación patriarcal.

Como Domènech recordaba, San Pablo había atribuido a Dios esta dominación. Se trataba aquí de una exigencia de sometimiento, en particular de los pobres y las mujeres; “fraternidad como reconciliación de las llamadas clases domésticas, las mujeres, los criados, los siervos de la gleba con los padres de familia que eran los miembros de la sociedad civil”. A partir de 1792, fraternidad se convierte en parte substantiva de la igual libertad para todos, para propietarios y para no propietarios, para los campesinos y los artesanos, para mujeres y sirvientes, como si todos pudieran llegar a ser propietarios. Emancipados, todos son sujetos de derecho, hermanados en el compromiso social. La fraternidad, como la usaron las revoluciones francesa y norteamericana, es el compromiso y el acceso a la igual libertad de todos, es una tarea pendiente, por la que los pueblos en Latinoamérica no quieren esperar.

En ocasiones, podemos usar con significado similar otras palabras, como solidaridad, pero, con frecuencia nos referimos así a la acción solidaria de unos respecto a otros, lo que no podría ser una relación entre iguales, en el sentido de igualmente libres. El norteamericano Bernie Sanders recientemente ha abordado este tema: “Los franceses tienen la libertad, la igualdad y la fraternidad, son valores que me parecen bien. Aquí expresamos las cosas con otras palabras, hablamos de solidaridad. Pero todos estos valores nos remiten a una misma pregunta: ¿todos los hombres han sido creados iguales? Si la respuesta es que sí, como proclama nuestra Declaración de Independencia, todos tienen los mismos derechos de base: el derecho a la sanidad, a la educación, a un empleo decente, a la posibilidad de respirar un aire no contaminado, a no ser víctimas de discriminación racial…Es un valor moral, era verdad hace doscientos años y lo sigue siendo hoy en día (http://www.sinpermiso.info/textos/el-socialismo-debe-ser-competente-entrevista). En Chile, Patricio Zapata (La casa de todos, 2014), partidario de los Derechos Sociales para todos, ha señalado también que “el vínculo que une a todas las personas que integran la sociedad política, y que las hace a todas, y a cada una de ellas, corresponsables de lo que ocurre con la comunidad y con los demás, se llama solidaridad”.

Ya sabemos, entonces, que las Izquierdas sólo pueden dialogar entre ellas sobre la base de reconocer en la fraternidad un principio fundamental para conquistar la Justicia Social; esta es para todos y con todos.

Pero esto no es suficiente para responder a la primera pregunta. Me detengo, entonces, en un segundo aspecto; el lugar de Latinoamérica en el sistema capitalista.

Efectivamente, mayoritariamente, somos países productores de materias primas. Cuyas “grandes riquezas”, como dice Chomsky, nuevamente en general, “solo han servido para enriquecer a un pequeño sector de la sociedad y las empresas multinacionales”. Y en los cuales, después de la primera mitad del siglo veinte, se desplegaron diversos procesos de nacionalización y de tributación sobre la explotación de estos productos, procesos que dieron paso, como respuesta, a brutales dictaduras. Pero, y a pesar del triunfo de las democracias en los ochenta y noventa, estas poderosas transnacionales y los capitalistas de nuestras propias naciones siguen teniendo un enorme poder económico y político. Estos poderes han sido la principal fuente de corrupción y, en algunos países, se han unido al narcotráfico logrando amplios niveles de control social y económico.

En ambos casos, en Latinoamérica nos encontramos con la amenaza permanente, directa, del vaciamiento de las instituciones democráticas, por la presión ilícita de poderes constituidos de hecho, que acumulan un poder privado que muchas veces ya ha sido capaz de desafiar a la razón pública, a la deliberación pública, a sobreponerse y corromper a los parlamentos, e incluso, se han intentado imponer mediante el dinero o la fuerza a gobiernos enteros. A todo ello también se han enfrentado los nuevos Estados Sociales.

América Latina no es ni Europa, ni Asia, China incluida. Nunca es bueno hacer generalizaciones, porque ocultan las grandes diferencias entre regiones o países. Pero, pareciera evidente que las condiciones en que se ha dado la globalización capitalista ha inducido a marcadas diferencias regionales. Y, en general, mientras en Asia se impulsó el desarrollo de actividades económicas con una mayor integración de sus sectores productivos tradicionales y de los modernos, integrados a ciencia y tecnología, y a los mercados internacionales, la abundancia de recursos naturales, la rápida apertura de nuestras economías a los mercados internacionales, favorecidos por la siempre peligrosa vecindad con los EEUU, indujo a los países latinoamericanos a volver a la especialización en la producción de materias primas. Por cierto, no debemos olvidar que estos procesos fueron impuestos en nuestro continente en contextos de dictaduras, represión social, asesinatos, desapariciones, una importante presencia norteamericana y control de las grandes transnacionales.

Es evidente que el triunfo de gobiernos de Izquierda, ocurrido en las décadas pasadas, también fueron respuesta a la ofensiva desreguladora del capitalismo, neoliberal, y su éxito tiene que ver asimismo con el fracaso del modelo y el inicio, el 2008, de la mayor recesión mundial desde la de los años treinta; crisis estructural de la primera mitad del siglo veinte, que recordamos porque abrió el camino a la mayor conflagración bélica de nuestra historia.

Creer que estos gobiernos de Izquierda podrían cambiar, en democracia, en una década, sus estructuras económicas, logrando “economías más sostenibles”, menos dependientes de la exportación de recursos naturales, como todos querríamos, junto a Chomsky, no parece realista. Entonces, pretender que el ajuste de nuestras economías, que nuestros países desarrollan hoy con democracias, es y será rápido y sin conflictos tampoco parece realista. El proceso que ya estamos viviendo, y enfrentaremos con fuerza en las próximas décadas en el continente, será con todos los desafíos propios, que hoy tenemos en cada país, más los conflictos que nos ha generado una globalización controlada por los intereses de las transnacionales y los Estados Unidos.

No olvidemos que nuestro vecino del norte, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y los acuerdos de Bretton Woods, quedó en la posición, excepcional, de país globalmente dominante. Bretton Woods formalizó, con cierto realismo, los hechos económicos resultantes de la Segunda Guerra Mundial. La economía estadounidense estaba en una posición mucho más sólida que cualquier otra economía capitalista en el mundo, Europa y Japón debían reconstruirse. La famosa Conferencia estableció las nuevas reglas del sistema capitalista, y las instituciones económicas internacionales que velarían por su cumplimiento, hasta hoy día, todas ellas quedaron bajo control estadounidense. Recordemos el lugar que ocupa el dólar, y todos los privilegios de que disfruta Estados Unidos a través de las organizaciones de comercio internacional, y de instituciones como el Fondo Monetario, el Banco Mundial, etc.

Tras la debacle del 2008 se inició una recesión mundial que requiere soluciones globales. Ni Europa, ni China, ni otras potencias económicas están disponibles para mantener estos acuerdos. Es predecible que esta situación no podrá ser superada sin una tenaz confrontación entre los nuevos poderes económicos del sistema. El proyecto de enfrentarlo con algunas reformas y regulaciones se entiende enterrado por el gobierno de Donald Trump, y hoy no parece posible un nuevo Bretton Woods que, con alguna novísima fórmula neo-keynesiana, resuelva los problemas del sistema y de salida a la crisis global.

El avance de los diversos proyectos de economías mixtas en Latinoamérica, en las últimas décadas, ha significado un paso determinante para el triunfo de la fraternidad. Han implicado la incorporación de millones de personas al ejercicio de derechos fundamentales, como la educación, salud y previsión, junto a los clásicos derechos civiles. Esto da sentido a los Estados de Bienestar de segunda generación como herramientas de Justicia Social. Por cierto, sus diferencias con los proyectos anteriores son substantivas, no sólo porque estos dejan atrás el utilitarismo del proyecto de las décadas anteriores, sino porque este bienestarismo de Derechos Sociales es un triunfo de la fraternidad y, al avanzar en estos como objetivo social, coloca en el centro las desigualdades y la necesaria redistribución de la riqueza. Y no olvidemos que algunos países los han incorporado a sus nuevas Constituciones, haciéndolos exigibles e incluyendo en estas el reconocimiento y valoración de sus pueblos originarios.

Nuestros países no son ni Europa ni China ni Norteamérica. El cambio, en democracia, de la matriz económica serán procesos largos y complejos, donde cada país es diferente y hará su camino. Que más quisieran todas las Izquierdas, y es parte de la discusión en la mayoría de nuestros países, que reducir significativamente el peso de los ingresos del extractivismo y las materias primas en el PIB de cada país. Sobre todo, ahora que el mundo vive la inestabilidad de una gran recesión y cambios profundos en los procesos productivos por el rápido avance de la ciencia y la tecnología.

Hemos progresado en la diversificación de la producción y dado pasos importantes en el procesamiento de nuestras materias primas. Las alternativas políticas y económicas para avanzar en derechos en cada país son distintas, y responden a muchos y diversos factores. Chile ha avanzado significativamente en Derechos Sociales, en particular al lograr progresos en la gratuidad de su educación, haciendo una reforma tributaria profundamente redistributiva, pero, con unos costos políticos que resultaron tardíamente comprendidos; estos fueron un factor relevante en la derrota electoral, pero las Izquierdas de otros países ahora lo comprenderán y podrán evitar.

4.El triunfo sobre las dictaduras motivó transformaciones profundas en nuestro Estado sus instituciones, y en cada país estas victorias han tenido formas diversas que impulsaron la consolidación de la idea de los Derechos Sociales para todos. Sin embargo, para responder mejor a la segunda pregunta creo que debemos detenernos en una herramienta que siempre ha sido necesaria, que ayuda a comprender, aunque no explica lo ocurrido.

Adam Smith nos recordaba que “las pasiones originales de la naturaleza humana” pueden contrarrestar “la máxima vil de los capitalistas”, de “los amos de la humanidad”, como les llama. En el primer párrafo de su Teoría de los sentimientos morales (1759), señala que “por mas egoísta que se pueda suponer al hombre, existen evidentemente en su naturaleza algunos principios que le hacen interesarse por la suerte de los otros, y hacen que la felicidad de estos le resulten necesaria, aunque no derive de ella nada más que el placer de contemplarla”. El filósofo Daniel Dennett (La peligrosa idea de Darwin, 1999), nos entrega una buena justificación evolucionaria, para esta idea de Smith: “Aprender no es un proceso que valga para todo, pero los seres humanos tienen tantos artilugios que valen para todo, y aprenden a sacar provecho de ellos con tal versatilidad, que la capacidad de aprender, a menudo, puede ser tratada como si fuera un regalo de no estupidez enteramente neutral respecto al medio y neutral también respecto al contenido”.

Mientras más sabemos, más difícil es justificar las desigualdades, más solidarias y fraternas son nuestras sociedades. Eso es lo que logran los Estados Sociales en nuestro continente, imponiéndose con ellos el avance hacia la exigibilidad de los Derechos Sociales, fraternalmente, para todos, aunque ya no exista el temor al socialismo, como durante la Guerra Fría. Reitero, lo que si era necesario fue todo el proceso social que permitió recuperar la democracia y reformar nuestros Estados, en los mismos tiempos en que Europa debatía la consolidación de la Unión Europea sobre la base de Derechos Sociales exigibles, y el mundo entero enfrentaba la desregulación salvaje del neoliberalismo. Por cierto, hay muchos otros factores que confluyeron en el continente y en cada país, pero en todos ha sido relevante la superioridad que entregan los rápidos aprendizajes sociales.

Una necesaria aclaración. Es evidente que ninguna “mano invisible” tiene poder explicativo por sí misma, ni lleva necesariamente a algo como, pareciera, que si lo creyó Smith. Creo que nunca faltarán quienes quieran ver en la mano invisible el mecanismo ordenador de la historia, o del capitalismo, o del mercado, o del mismo Estado, que no es. Friedrich von Hayek lo asimilo a un “orden espontaneo” y Robert Nozick la vinculó con su justificación moral para reducir el Estado. Estos argumentos ya han sido ampliamente rebatidos; entre otros por Joseph Stiglitz, quien ha mostrado que “la mano invisible no guía ni a los individuos ni a las empresas -que buscan su propio interés- hacia la eficiencia económica”.

No es la única ocasión en la historia en que han ocurrido hechos de este tipo. Recordemos, al respecto, el notable discurso fúnebre de Pericles (494-429 a.n.e.), que tanto admiraba el profesor Domènech, en que rinde homenaje a su propio pueblo por el logro, entonces único, de una democracia de la que se sentía orgulloso, aunque estaban acosados por una guerra que perderían. Y lo lograron sin otra presión que, algo que llamamos, la necesidad humana de justicia: “Disfrutamos de un régimen político que no imita las leyes de los vecinos; más que imitadores de otros, en efecto, nosotros mismos servimos de modelo para algunos. En cuanto al nombre, puesto que la administración se ejerce en favor de la mayoría, y no de unos pocos, a este régimen se lo ha llamado democracia; respecto a las leyes, todos gozan de iguales derechos en la defensa de sus intereses particulares; en lo relativo a los honores, cualquiera que se distinga en algún aspecto puede acceder a los cargos públicos, pues se lo elige más por sus méritos que por su categoría social; y tampoco al que es pobre, por su parte, su oscura posición le impide prestar sus servicios a la patria, si es que tiene la posibilidad de hacerlo”. Sí, no han leído mal, los pobres, que son mayoría, participaban en igualdad de derechos del poder. Por cierto, era una democracia sólo de hombres y libres. Pero los Estados Latinoamericanos, hasta bien entrado el siglo veinte, no eran más avanzados y requerían que los ciudadanos fuesen propietarios para tener derecho a voto, y solo los hombres.

Respondo entonces la primera pregunta. Equivocan el camino de su crítica quienes creen que estos proyectos han fracasado, al no lograr cambiar el modelo capitalista o su matriz económica continental basada en la exportación de materias primas. Por cierto, hubo quienes incluyeron estas ideas en sus programas, y aquellos que lo ofrecieron no lo lograron. Pero los triunfos sociales, ya mencionados, son de gran relevancia para el presente de sus pueblos, para los futuros diseños de nuestras economías, superando el extractivismo, y para consolidar un rol independiente, de las presiones norteamericanas y de las grandes transnacionales, en la disputa por un nuevo trato en el futuro de la globalización.

Comparto con Noam Chomsky su crítica implacable a la corrupción, pero creo que ya podemos aclarar que significa en nuestros países aquello de “potenciar la democracia”. En efecto, lo logrado no ha cambiado el modelo. Pero es evidente que sus transformaciones están en el camino de la libertad e igualdad, pero sobre todo de la tan pendiente fraternidad en Latinoamérica, incorporando a todos a la pretensión de la igual libertad. Este camino siempre aportará a superar el sistema capitalista y será fuente relevante para la unidad de las Izquierdas en las próximas décadas.

Somos un continente sometido a fuertes presiones políticas y económicas las que, sumadas a la corrupción y los errores de las Izquierdas, hacen inevitables los retrocesos, los que se expresan en cada país en forma diferente. El aprendizaje es tarea de esta década, pues la implementación de transformaciones de gran envergadura, en democracia, requiere periodos prolongados de triunfos electorales. Frente a los cambios en el mismo sistema capitalista, ya se asoman otros retos necesarios de abordar; como la implementación de la Renta Básica Universal en nuestros países, y lograr acuerdos continentales eficaces para enfrentar los nuevos desafíos de la globalización.

Entonces, estos nuevos Estados de bienestar, de economías mixtas, de derechos sociales exigibles, universales y constitucionales, son una victoria de la Justicia Social, de esos aprendizajes primarios de la humanidad, que son los mismos que promueven las diversas Izquierdas. Los éxitos alcanzados por estos proyectos, en general, han mostrado su realismo; aunque algunos no hayan logrado enfrentar con energía la corrupción, o avanzar en la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado, o instalar reformas tributarias redistributivas que consoliden estas conquistas de derechos sociales, o, incluso, alguno haya profundizado su dependencia del extractivismo.

Estos argumentos sustentan mi optimismo y, creo, no son contradictorios con el optimismo expresado por el profesor Chomsky.

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