La opinión pública tiene el deber y el derecho a oponerse a la impunidad, debe movilizarse y denunciarla !!!
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LAS REGLAS DEL JUEGO.

El mundo de los emprendedores es tremendamente variado. Es cierto que en el último tiempo se han establecido normas que desburocratizan la constitución de nuevas empresas, se han implementado fondos públicos para que sirvan de capital semilla a los nuevos actores, etc., pero ninguna de estas acciones ha tocado las teclas pertinentes: aquéllas que tienen que ver con la actividad misma, con la operación, con factores que aseguren su subsistencia y desarrollo.

 En general, las personas que emprenden una actividad económica pueden iniciarse ya sea porque tienen una idea novedosa (innovación tecnológica) que implica poner a disposición del público un bien o servicio que hasta ahora no existía; porque proponen hacer de una manera distinta algo que sí existía; o porque simplemente han visto la posibilidad de ocupar un cierto “nicho de mercado” poniendo al alcance del consumidor los mismos productos ya existentes pero aportando algunas ventajas comparativas: ubicación, horario, distribución, etc.

Un problema que debe tenerse presente es el siguiente: la economía chilena como actividad es de tamaño reducido y la comercialización de productos está claramente controlada por un grupo oligopsónico. En los bienes de consumo masivo, que se venden a través de supermercados, el universo está repartido entre  Líder (incluyendo Express, Ekono y A Cuenta) con un 41%; Cencosud (Jumbo, Santa Isabel) con un  28%; Unimarc con un 23% y Tottus con un 8%.

En el ámbito farmacéutico, hay solo tres grandes actores: Cruz Verde, Ahumada y Salco Brand. En el campo del vestuario, muebles y menaje, seis actores: París, Falabella, Hites, La Polar, Abcdin y Tricot. Por consiguiente, quien desea incursionar en alguno de estos rubros, debe saber que se enfrentará a empresas de gran poder económico.

¿En qué se traduce esto en la práctica? Simplemente, en que si el emprendedor elabora determinados productos u ofrece servicios innovadores y desea colocarlos en el mercado, sus posibles clientes, según el rubro de que se trate, serán tres o cuatro, los cuales le demandarán volúmenes que inicialmente no está en condiciones de satisfacer, le fijarán unilateralmente precios de compra inferiores a sus costos, le pagarán su factura a largo plazo y, finalmente,  se encontrará conque al momento de retirar su cheque le habrán descontado un porcentaje (5% o más) por concepto de contribución a la publicidad del establecimiento o por uso de vitrinas o estanterías. Lo expuesto, le obliga a comercializar a través de decenas de establecimientos menores con todas las dificultades prácticas que ello implica. De ahí la importancia de promover, con la ayuda del sector público canales cooperativos de distribución partiendo por localidades relativamente importantes.

Ahora bien,  si el emprendedor desea comercializar bienes o servicios producidos por empresas elaboradoras de cierta magnitud (fábricas de jabones y cosméticos, de muebles menores, laboratorios de medicamentos, etc.) muy pronto constatará que, aunque disminuya al máximo sus costos y reduzca sus márgenes de comercialización a un  nivel mínimo que pueda hacer sustentable su negocio, no está en condiciones de competir con las grandes cadenas del retail. ¿Por qué razones? La primera, porque estos establecimientos operan al amparo de sus propios sistemas de tarjetas de crédito, negocio financiero que les genera utilidades constantes muy superiores al comercio propiamente tal.

La otra, porque en la estrecha economía local no opera una competencia sana y transparente sino una abiertamente discriminatoria, hecho que amerita un análisis un poco más detallado.

En este terreno, los productores antes aludidos disponen de escalas de descuentos por volumen de compras. Los pequeños y medianos establecimientos solo están en condiciones de acceder a los tramos inferiores de  tales escalas (5, 7 o 10%) que responden tanto a sus niveles de venta como a su capacidad de pago. Por su lado, las grandes cadenas, precisamente porque compran elevados volúmenes, acceden a los tramos superiores de las escalas alcanzando descuentos elevados ( 20 o 25%). Más aún, como controlan cuotas importantes del mercado, pueden imponer condiciones adicionales a las escalas conocidas oficialmente, logrando descuentos adicionales por pago al contado (que no es tal), por contribución a la publicidad, etc.

El ejemplo del mercado farmacéutico en los últimos treinta años es clarificador. La comercialización de medicamentos estuvo históricamente entregada a centenares de establecimientos pequeños y medianos, distribuidos a lo largo y ancho del territorio, cuyos profesionales en las localidades pequeñas prestaban una orientación básica en salud a la población y,  en las ciudades más grandes,  cumplían turnos periódicos que cubrían las 24 horas del día. Hoy esa amplia red ha desaparecido y ha sido sustituida por cadenas de alcance nacional que , pese a las condiciones excepcionales en que compran y que les permiten elevados márgenes de comercialización ( y utilidades consecuentes) no han titubeado en coludirse para elevar concertadamente sus  precios aun a costa de la salud de los consumidores.

Como el mercado detallista en Chile está concentrado en  muy pocas manos, la libre competencia en beneficio del público termina siendo más aparente y publicitaria que real y efectiva. En general, Gobierno y Parlamento, salvo en el caso de colusiones de precios que se han dado a conocer por denuncias puntuales, no han hecho esfuerzos para interiorizarse debidamente de este complejo problema. Un buen estudio de alto nivel, haría posible conocer esta realidad. Las duras normas vigentes en materia de libre competencia en países que tienen “economías de mercado”, pueden hacerse aplicables en el país sin mayores problemas, siempre que haya voluntad, por un lado, y no haya intereses creados, por otro lado.

 

Esteban Lobos, analista económico.

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