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LO COMPLEJO DEL ESCENARIO.

René Fuentealba Prado, abogado.

La historia muestra, fehacientemente, que ningún país del mundo ha logrado elaborar un sistema electoral e institucional perfecto. Desde la instauración de las democracias modernas,  el mero acceso al derecho de sufragio ha estado sometido a diversos cuestionamientos y decisiones. La polis griega lo limitó sólo a los “hombres libres”, excluyendo a mujeres y a esclavos, dando origen a un debate que hasta hoy no cesa. Las limitaciones por edad, sexo, fortuna, alfabetización y nivel educacional, nacionalidad y residencia, inscripción, etc.,  aunque parezca increíble, todavía se discuten. Más aún: concebir un régimen que conjugue elección democrática con gobernabilidad es una tarea más que difícil. Por su lado, la institucionalidad política que se genera a partir de las elecciones vendrá cargada de problemas prácticos e ineludibles.

Desde el término de la dictadura militar-gremialista, los comicios electorales se han dado, de hecho, a dos bandas. El sistema binominal establecido en la Constitución y la ley, obligó a las diversas fuerzas a agruparse en dos grandes bloques: la “centro-izquierda” y la “centro-derecha” haciendo posible que los primeros ganaran cinco  de seis  elecciones presidenciales (Aylwin, Frei Ruiz-Tagle, Lagos,  Bachelet 1 y Bachelet 2) en tanto que la otra coalición sólo triunfara en 2009 con Piñera. Paradojalmente, en materia parlamentaria todas las veces en que la centro-izquierda ganó, sólo logró empatar, y cada vez que la centro-derecha  perdió no perdió sino que empató. Con algunos doblajes más bien excepcionales y la irrupción sorpresiva de algún independiente, así funcionó el país hasta ahora.

Pero, a partir de ahora el partido se jugará en una cancha distinta.

El término del sistema binominal llevará naturalmente a muchas colectividades menores, a jugar sus propias cartas parlamentarias fuera de bloques, pues las matemáticas indican que en diversos distritos en los cuales corresponderá elegir cinco parlamentarios se podrá, por ejemplo, elegir un diputado hasta con menos de un 20% de los votos válidamente emitidos, lo que les hará posible alcanzar presencia en el Congreso y proyectar su trabajo político a futuro.

Al factor anterior, debe agregarse otro de trascendental importancia: el establecimiento de la inscripción automática y del voto voluntario. Las elevadas cifras de abstención registradas en comicios anteriores, son engañosas,  toda vez que nos parece que lo correcto es comparar las cifras de votantes efectivos entre una elección y   otra, ya que la incorporación forzosa, por así decirlo, de electores que hasta ahora no habían mostrado interés alguno en inscribirse y votar, distorsiona la realidad. Sin embargo, siempre estará latente el riesgo de que un proceso motivador profundo eleve significativamente el número de sufragantes rompiendo lo que preanuncian las encuestas y los opinólogos, lo que perfectamente puede suceder en relación con la población más joven.

Ahora bien,  en el plano presidencial la situación, además, se verá influenciada por el elevado número de ciudadanas y ciudadanos que han manifestado estar disponibles a sacrificarse por la patria. Los nombres se acercan a una veintena y, salvo la barrida que pueda producirse con ocasión de las elecciones primarias, fácilmente nos podremos encontrar en la papeleta de noviembre para una primera vuelta  con alrededor de diez o doce presidenciables.

En ese cuadro, los sectores de derecha – o de centro derecha como acostumbran autodenominarse- concentrarán su voto duro en un postulante (seguramente Piñera) que recogerá en esta primera instancia un apoyo que, según las circunstancias, oscilará entre un 25 y un 35% en tanto que un porcentaje más o menos similar se distribuirá entre dos o tres candidatos como herederos naturales de la actual Nueva Mayoría. El tercio o 40% restante se canalizará en torno a los postulantes emergentes con rangos de distribución bastante impredecibles. En la práctica, en la segunda vuelta de enero de 2018, tomarán parte, eventualmente Piñera, y un contrincante procedente o de la actual Nueva Mayoría o de los grupos emergentes. Los analistas consideran que lo más probable, en razón de sus militancias y estructuras orgánicas, es que este rival provenga de la actual coalición gobernante y también ven muy difícil que el electorado que en primera vuelta haya votado  por las postulaciones alternativas se resigne a apoyarlo toda vez que persistentemente han manifestado que lo consideran (cualquiera que sea este nombre) “más de lo mismo”.   Si las cosas se dieran al revés, y el rival del candidato de la “centro-derecha” proviniera precisamente de los sectores alternativos, un importante contingente de la actual coalición de centro izquierda (especialmente adultos y adultos mayores, clase media) se restaría de darle apoyo en consideración tanto a su inexperiencia como a su difícil capacidad para ofrecer gobernabilidad en el marco actual.

Lo que sí es claro, es que a partir de la instauración del nuevo Congreso Nacional los partidos emergentes adquirirán un poder inusitado toda vez que (independientemente de cual sea su número de parlamentarios) podrán inclinar la balanza política para uno u otro lado.

Lo anterior, no constituye más que una reflexión preliminar sobre una realidad que se vislumbra muy, muy compleja, salvo que, con el transcurrir de los días, las cartas del naipe se barajen de una manera novedosa y sorpresiva.

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