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Lo Que Mató Al Partido Demócrata ( I )

Guilmo Barrio Salazar

Desde Georgia, E.U.A.

Como una autopsia de la elección presidencial de noviembre del año 2016 en los EE.UU., hoy les puedo indicar que el Partido Demócrata perdió casi todo, y lo que se ha obtenido de sus representantes hasta la fecha, han sido disculpas y lamentaciones evasivas. En vez de  reconocer realmente  las graves fallas y los grandes errores, los líderes del partido y los profesionales que coordinaron  la campaña se han revolcado en sus propias lástimas e indignación.  Los verdaderos villanos, insisten ellos, fueron los rusos y el odioso Donald J. Trump, que juntos se metieron  en la santidad de la democracia estadounidense, y malograron los resultados de la elección.  Todavía, hasta la fecha se están llevando las investigaciones oficiales al respecto.

Mientras  el país espera el veredicto, una nueva y muy provocativa crítica ha surgido de un grupo de activistas de izquierda: Ellos culpan al propio Partido Demócrata por su fracaso épico.  Su análisis de 34 páginas titulado “Autopsia: El Partido Demócrata En Crisis”, presenta una fría acusación en vez de ser un simple reporte después de muerto.  Es un examen no emotivo sobre por qué los demócratas fallaron tan miserablemente, y previene que si el partido no cambia en forma profunda, permanecerá como un gran perdedor.

Leyendo estas críticas tan particulares, he tenido la impresión de que talvez el Partido Demócrata obtuvo lo que se mereció en el 2016.  Con esto no quiero decir que Trump mereció haber ganado.  De hecho, la “Autopsia” menciona que la campaña de Trump verdaderamente pasó, y sólo cita una vez la intervención rusa.  Este análisis sugiere que Trump fue electo presidente principalmente porque la campaña demócrata fue completamente inepta, fue mal guiada, fue pagada de sí misma, y fuera de lo que el país realmente necesitaba.

Muchos de los reportes específicos indicados en “Autopsia” ya eran conocidos.  Pero la evidencia toma un borde muy afilado y da un puñetazo bastante fuerte.  El grupo de escritores autores  de ese reporte fue formado por periodistas críticos como Norman Solomon, que fue un delegado en la convención demócrata en el 2008 y en el 2016; Karen Bernal, que es el presidente del Grupo Progresista del Partido en el Estado de California; Pía Gallegos, una abogada de los derechos civiles por mucho tiempo y una gran activista del Estado de Nuevo México; y, Sam McCann, una especialista en comunicaciones básicas del Estado de Nueva York enfocada en hechos relacionados con la justicia internacional.  Estos escritores no promueven ningún candidato para la elección del año 2020, pero sus espíritus están obviamente inclinados hacia el Senador del Estado de Vermont, Bernie Sanders, por su agenda reformista agresiva.  Ellos desean, sin embargo, provocar un cambio dentro del Partido Demócrata: el establecimiento de una mentalidad Clinton-Obama versus la herida y decepcionada base del partido.  El establecimiento tiene el dinero y el control gubernamental; la categoría de los agitadores tienen el fuego de sus bravas convicciones.

En otras palabras, esta “Autopsia”, es un texto para una rebelión y una sugerencia áspera de cómo puede lucir un nuevo Partido Demócrata.  Este es el corazón de su acusación: “A la línea principal de la historia demócrata de víctimas sin engañadores le faltan ambas cosas: la pasión y la plausibilidad.  La idea de que los demócratas pueden de alguna manera convencer a Wall Street para que trabaje para la ciudadanía en general a través de una represión suave, en vez de actuar como un campeón de la ciudadanía contra la riqueza, eso nunca resonará.  Vivimos en un período sin descanso y de un cinismo justificado hacia aquellos en el poder;  los demócratas no ganarán si continúan trayendo un cuchillo poco seguro a una pelea de armas de fuego populistas”.

Los autores claramente están  buscando un repudio sincero en las estrategias gubernamentales, en los factores económicos realizados por los últimos dos presidentes demócratas.  Ninguno de ellos, Bill Clinton ni Barack Obama intentaron desafiar los intereses corporativos ni financieros, como tampoco hicieron suficiente para solucionar la pérdida de los trabajos y los sueldos que dirigieron a un empeoramiento que alimentó un cinismo y una desconfianza popular.  Por ejemplo, Obama gratuitamente nominó al jefe ejecutivo de General Electric, Jeffrey Immelt, como el encargado del Concilio de Trabajos en la Casa Blanca, lo que fue una dudosa selección, porque la compañía de Immelt fue una conocida empresa estadounidense en el extranjero, que ha preferido darle trabajos a personas en naciones extranjeras.  Jeffrey admitió que él fue motivado por General Electric, cuando dijo que esa empresa estaba pagando sueldos muy altos y los comenzó a disminuir, lo que él hizo exitosamente en el extranjero.

En este contexto, los trabajadores de la clase media no estaban equivocados cuando culparon a los demócratas.  Durante la campaña presidencial, Hillary Rodham Clinton estuvo virtualmente silenciosa sobre la complicidad de su partido, y no tuvo nada convincente qué decir.  Ella más tarde señaló su posición respecto  al Acuerdo Trans Pacífico de libre comercio que promovió el presidente Obama, pero en ese momento ya era demasiado tarde.  La plataforma política del Partido Demócrata pagó el acostumbrado respeto a las causas liberales económicas, pero ¿Quién le creería a ella?  Hillary ya no tenía la autenticidad que necesitaba.

Un revelador ejemplo citado en el documento “Autopsia” sobre la mentalidad de autofelicitarse del Partido Demócrata, y su sentido totalmente despistado, se presentó cuando se envió una correspondencia solicitando donaciones de dinero, la que fue enviada en el Verano del 2017 a los contribuyentes, a ocho meses después de la barrida espectacular que tuvieron.  El equipo del Consejo Demócrata Nacional garabateó una “Notificación Final” en sus sobres, y en los sobres que se debían remitir con la donación colocaron “Departamento de Finanzas”.  En el mensaje que fue enviado se indicaba, intencionalmente o no, “Usted nos debe”.  La crítica no se hizo esperar, porque ese fue un mensaje de los líderes del partido demócrata enviado a los votantes a través de sus leyes prioritarias en los gastos de las campañas políticas.

En ese acercamiento condescendiente, esos individuos que se las quieren dar de sabios, puede parecer algo trivial en una era de alta tecnología en las elecciones modernas, pero en realidad la política continúa siendo algo muy personal.  El fracaso de mantener sus experiencias compartidas y las lealtades afines pueden ser fatales.  El Representante del Partido Demócrata Thomas “Tip” O’Neill, durante la administración del presidente Ronald Reagan contaba la historia personal que él vivió: la primera vez que  se candidateó para el Congreso, una amiga de su familia y vecina suya, la señora O’Brien le dijo que ella votaría por él, aun cuando él nunca le solicitó su voto.  O’Neill estaba muy sorprendido, porque él pensó que no era necesario hacerlo, porque ellos eran amigos muy cercanos.  La señora O’Brien le dijo: “Tom, déjame decirte algo: a la gente le gusta que le consulten si pueden votar por alguien”.

La próxima semana continuaré con la segunda parte de este artículo, así que espero nos volvamos a encontrar en La Ventana Ciudadana.

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