
No a la guerra…
No existe mayor ruido ambiente que un conflicto bélico entre naciones. Es un ruido que todo lo llena causando, paradojalmente, el vacío del sentido de lo conocido por humanidad. Vacío palpable desde el momento que se experimenta la realización efectiva de la flagelación y, en extremo, de destrucción que siempre conlleva, independiente de no quererlo, grados de autodestrucción.
Sabido esto, damos con la sensación que el afán de guerra responde a una razón de naturaleza tal como Hobbes lo entiende y que, más allá de anticipar costos, se hace realidad desde la calificación del otro –sujeto o pueblo– como un enemigo que por su existencia es una traba para el pleno dominio del escenario sociopolítico. A esto suma el hecho que, en este movimiento de guerra en cuanto acto de realismo político, existen ventajas circunstanciales para un bando; especialmente de aquel que tiene mayor poder tecnológico asociado al desarrollo de una fuente, al menos narrativamente, casi inagotable de recursos, lo cual habla de una asimetría objetiva en el campo de batalla.
La guerra no solo es perturbadora por la exposición de la vía a la inhumanidad que implica el eliminar a aquel otro observado como obstáculo para cumplir satisfactoriamente un interés tangible. También es perturbadamente seductora; seducción verificable en el número de actores que se sienten atraídos a participar del acto mismo de guerra. Al respecto, se puede intuir que se suman no solamente para tensionar realidades políticas internas a sus países –es un buen recurso de distracción de los dolores y dramas existenciales internos–; o como respuesta a una especie de iluminación religiosa que los lleva a considerar su deber de liberar a pueblos engañados por otra forma de comprensión de la fe; o como ejercicio para instalar modelos de organización política que, desde su vereda marco comprensiva es el más justo de todos los modelos; o como campo de prueba de su capacidad de inserción proponiendo otras narrativas de justificación del conflicto mismo. Aquí, en este caso, se trata de relatos construidos para ser reconocidos como relevantes en la escena geopolítica, pues al ser o querer ser parte, entiende se abren campos de relaciones con quienes se declaran ganadores más allá del sacrificio de vidas que, motivados por la gloria terrena y temporal, es un daño marginal considerado en los costos plausibles. En el fondo: daño soportable por razones de Estado que, cinismo de por medio, es la causa que lo justifica todo. Pero ese fondo de realidad, honestidad de por medio, es en gran parte económico. Sumadas las causas que son múltiples, al final el acto de guerra tiene por fin quebrar las relaciones de igualdad de trato para reordenar el escenario a fin de tener control de éste. Por ello subsiste la interrogante de siempre: ¿quién gana? Ya sabemos del o los perdedores.
Pero, si cabe algo peor, ¿qué esperar en el escenario de conflicto si el responsable político es un narcisista patológico que es alimentado por una perspectiva ideológica de la fe? Ante el hecho de la posibilidad del conflicto de guerra, imagino su deseo de ver en ello reflejada su imagen y, por efecto, ser reconocido como el amo de las circunstancias. Ahora, si las cosas no salen como se pensaba, vale decir, la rueda de los hechos se vuelve en contra, siempre hay un espacio para el juego de salir indemne, algo queda en la chistera de los recursos sofistas para negociar a fin de salvar los muebles propios.
Es cierto que, por la guerra, vale decir, por el daño objetivo, aumenta la riqueza de algunos, y como eso es una meta inserta en los medios usados, se puede temer lo peor; temor, pues si bien no necesariamente se participa directamente de los conflictos bélicos, sus efectos se hacen sentir en el escenario vital: aumento del costo de la vida, migraciones, inestabilidad política y social, aumento de mecanismos de control social, etc.
Es innegable, además, que cierto significado o explicación de las causas de la guerra se logra atisbar por el efecto emocional que esta tiene; esto es comprendido a raíz de los daños humanos que significa la muerte del otro y, otra vez, como siempre ocurre, ese otro el más frágil. En la imagen de cuerpos rotos se instala la certificación que todo este juego es para tener en propiedad un control político hegemónico, asociado a lo económico y, por necesidad, control territorial y en ello, poblacional con el resultado dinámico del exilio de un número mayor de personas. Así, hoy, tanto como ayer, parece evidente que vivimos bajo el botón rojo de los señores de la guerra. Estos son hábiles para armar como justificación de origen, un conflicto donde coexisten componentes geopolíticos, religiosos, étnicos, económicos; en fin; todo un enjambre o caldo ideológico que contamina el ambiente y hace difícil liberar tiempo para reflexionar sobre vías de encuentro entre pueblos. Lo inmoral es que al final muchos de los responsables están protegidos por la coraza del poder y se pueden dar el lujo de abandonar los centros de las grandes ciudades y cobijarse, entre algunas opciones, al amparo de un aliado que tuvo la inteligencia de no perderlo todo.
Fuente de imagen:
https://x.com/Unionradionet/status/2032902081787686989







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