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Editorial: La eterna crisis chilena

Equipo laventanaciudadana.cl

Periodismo ciudadano.

A fuer de ser majaderos, pareciera estar fuera de toda discusión la constatación de una evidencia social y cultural indesmentible: Nuestro país se ha ido transformando, paso a paso, con el correr de los años en una sociedad individualista, fragmentada, amargada, que ha ido perdiendo todo sentido de comunidad.

El hecho de tener que convivir con los demás, de tener que tolerar a quienes son diferentes, se ha transformado en una obligación, impuesta por las circunstancias, la cual simplemente no puedo eludir y a la que debemos someternos.

En general, a pesar de toda su gama de problemas, los países mantienen elites intelectuales que piensan críticamente la sociedad en que viven, que debaten sobre la sociedad del futuro, que procuran diseñar e implementar un mundo mejor para sus hijos y para las generaciones venideras. Por el contrario, en Chile las clases dirigentes que controlan la economía, las comunicaciones y hasta la religión, se han ido transformando en verdaderas castas encerradas en sí mismas que menosprecian a los demás.

La decadencia de las naciones se empieza generar desde el momento en que se pierde el sentido de pertenencia, en que prevalecen los apetitos individuales inmediatos, en que deja de importar el bien común con una visión de un futuro compartido.

Por supuesto que el enfrentamiento de esta compleja realidad requiere un giro en nuestra manera de pensar de tal manera que los antivalores del individualismo (egoísmo, consumismo…) sean erradicados y sustituidos por una cultura de la convivencia, de la solidaridad, del reconocimiento y la dignificación de cada uno de los seres humanos que habitan esta tierra.

Pero, una primera gran responsabilidad en este camino de renovación de nuestros valores recae en la política.

Sin pretender caer en el viejo adagio de que “todo tiempo pasado fue mejor”, es evidente que la política nacional ha experimentado una vergonzosa decadencia.

Los partidos, virtualmente todos, han perdido la esencia misma de lo que significa ser una colectividad política en una sociedad democrática. Transformados en verdaderas “cooperativas de parlamentarios”, viven encerrados en burbujas absolutamente desligadas de los problemas concretos de la gente. Su única preocupación radica en sostener sus cuotas de poder, en mantener sus cargos parlamentarios, municipales o administrativos,  en producir cuñas publicitarias y propagandísticas para ocupar espacios y minutos en los medios de comunicación social.

Aunque muchos de estos conglomerados viven considerando el resultado y la ponderación de las “encuestas”, altamente manipuladas por lo demás, jamás prestan la debida atención a aquel resultado que los evalúa con los más altos niveles de desafección y descrédito. Encerrados en su propio mundo, no logran entender que el sistemático juicio negativo es la expresión de una sociedad que no se ve representada por ellos en manera alguna.

Cualquier politólogo con ese solo antecedente más su derivación lógica que se traduce en un alto grado de abstención en el rito de las elecciones periódicas, mostraría su preocupación inmediata al ver esta realidad como una crisis de representatividad que constituye una amenaza a la esencia misma de un sistema político que, en teoría, nos garantiza el respeto a los derechos de las personas. Pero nuestra clase política permanece insensible e indiferente.

Tradicionalmente los partidos políticos acogieron en su seno la rica diversidad de la sociedad. Trabajadores, pobladores, estudiantes, gremios, grupos de interés, etc., encontraron en ellos el cauce para expresar sus demandas e inquietudes y el lugar en que éstas se procesaban para darles un tratamiento relativamente equilibrado. Hoy, los partidos son referentes excluyentes respecto de los cuales la mujer común, el ciudadano, se siente marginado y no escuchado.

Su actual forma de proceder deviene sin duda en la crisis creciente de la institucionalidad. El sentimiento común es que quienes gestionan el Estado (Ejecutivo y Parlamento) están más preocupados de generar eslóganes, de crear entidades variopintas con una burocracia inmensa, que de dar soluciones reales y efectivas a las angustias inquietantes de las personas.

El alejamiento de la gran masa ciudadana respecto de sus mandatarios y representantes, puede derivar en una aguda crisis del sistema político. Ese creciente desencuentro tensionará las redes, lazos y relaciones al interior de nuestra comunidad nacional. Si los partidos políticos siguen siendo incapaces de tomar conciencia del proceso que nuestra nación está viviendo, si no se dan cuenta de las graves e incontrolables consecuencias que esto conlleva, si no logran cambiar su manera de actuar haciendo los sacrificios dolorosos imprescindibles para construir una eficiente convivencia social, cuando se reaccione probablemente ya sea muy tarde.

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