¿El mundo que estamos construyendo, el mundo que estamos destruyendo o el mundo que debemos construir?
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No señores….Yo no soy corrupto

De vez en cuando,  resulta conveniente visitar el diccionario de la Real Academia Española no solo con el propósito de descubrir nuevos vocablos sino para determinar los alcances de muchas palabras de uso cotidiano.

En esta exploración, nos hemos concentrado en expresiones que hoy están de moda y que debieran causar  vergüenza e indignación,  tales como  “Corromper o corromperse”, “corrupción”, “corrupto”.

“Corromper” implica alterar o trastrocar la forma de algo, echar a perder, depravar, dañar o pudra es aquel que se deja o dejado sobornar, pervertir o viciar; sujeto dañado, perverso, torcido.

“Corrupción: Vicio o abuso  introducido en las cosas no materiales, en las organizaciones especialmente en las públicas; práctica consistente en la utilización de las funciones  y medios de aquellas, en provecho económico o de otra índole de sus gestores; sobornar a alguien con dádivas o de otra manera; pervertir a alguien; hacer que algo se deteriore.

Corrupto: que se deja o ha dejado sobornar, pervertir o viciar; sujeto dañado, perverso, torcido.

Con lo dicho, creemos que queda bastante claro de qué estamos hablando.

La corrupción es hoy una plaga que recorre el continente. Hace algunos años (no muchos, por lo demás) los chilenos tomábamos conocimientos de hechos acaecidos en países cercanos y, con la prepotencia que nos brota por los poros, comentábamos: “menos mal que eso no sucede en Chile”. Hoy, salvo que sufriéramos un ataque de cinismo extremo, no nos atreveríamos a repetir esa frase.

Uno de los problemas a dilucidar es el relativo a los “espacios de ocurrencia” como de forma tan elegante los ha definido editorialmente (22.04.2019) el prestigioso diario “El Mercurio”. El decano de la prensa nacional muestra su preocupación frente al confuso problema que complica a Ministros de la Corte de Apelaciones de Rancagua y a los Fiscales de la misma Región. Considera que es imprescindible no solo atacar la corrupción sino “erradicar de las instituciones los espacios donde se pueda alojar”, para derivar luego a los procedimientos de nombramiento de notarios y conservadores.

Su comentario, seguramente por justificadas razones de espacio, se queda corto ya que no entra al fondo del problema: La corrupción en nuestro país es ya una plaga indiscutida (¿incontrolable?) pero que va mucho más allá de la condenable “dedocracia” o “pitutocracia” pues alcanza a los más variados sectores de la sociedad que han demostrado hasta la saciedad que carecen de principios morales básicos. Específicamente los grandes próceres del sector privado forman parte de aquellos individuos que creen (al decir Camilo José Cela) que con ir una hora a la Iglesia pueden borrar todos los pecados de la semana.

En la trama de la corrupción hay de todo. Políticos y empresarios; empleados privados y funcionarios públicos; civiles y uniformados; etc. En una rápida pasada de lista es posible encontrar financistas ilegales de la política (SQM, PENTA, CORPESCA, AGUAS ANDINAS, ASIPES, entre otros; uniformados que con sus acciones corruptas traicionan a su institución (Carabineros, Ejército, Gendarmería); hombres de Iglesia como Eliodoro Matte que usan su poder económico para coludirse (papel tissue) o  para presionar extralegalmente en pro de un cura amigo (Karadima); empresarios que se conciertan ilícitamente (colusión de los pollos y de las navieras); gremios poderosos como el de la Construcción que sin vergüenza reclaman certeza jurídica pero que no dicen una palabra de condena respeto a sus asociados que atropellan a sabiendas las disposiciones  vigentes en materia de humedales o de normativa urbana (Desarrollo Inmobiliario Bellavista, cuyos socios pertenecen a la Universidad San Sebastián); políticos como el senador Juan Pablo Letelier que no logran explicar sus reservadas reuniones con el fiscal nacional Jorge Abbot (“fue para conversar sobre los dimes y diretes de la Región”) y de postre, aunque aún en proceso de investigaciones, magistrados venales y fiscales. Todo lo dicho, contribuye a configurar un inquietante panorama que pudiera aterrizarse en tres puntos.

  • Cada uno de los implicados, al ser descubiertos, recurren a la manida frase “tengo mi conciencia limpia” lo que revela que estos sujetos carecen de una conciencia moral mínimamente formada;
  • La prensa tradicional, en lugar de abogar por la ética social y por la defensa del interés público, procura deslavar las situaciones corruptas o simplemente delictivas en que están implicados personeros de los grupos de interés que representan;
  • La sociedad civil ha mostrado persistentes debilidades para denunciar los actos corruptos. Al respecto,  no debe olvidarse que en  el Perú, la noche del 31 de diciembre de 2018, en medio de las tradicionales celebraciones de fin de año, se decidió,  entre gallos y medianoche, destituir a los fiscales que investigaban el bullado caso Oberbrecht. Miles y miles de ciudadanos se tomaron las calles e impidieron que el escándalo se cubriera, como muchas veces ha sucedido,  con un manto de impunidad. Una bonita lección.
  • Debilidad de la sociedad Civil (Perú: 31.12- el pueblo se vuelca a las calles para impedir destitución de fiscales que investigaban caso Oberbrecht
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