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¿QUÉ ES LA VIDA? UN FRENESÍ…

La Ley de Reforma Constitucional  N° 20.050 de 26 de agosto de 2005, modificó el artículo 25 de la Carta y dispuso que el “Presidente de la República durará en el ejercicio de sus funciones por el término de cuatro años”,  manteniéndose la parte de la disposición que prohibía su reelección para el período siguiente. Las razones de la reducción del mandato nunca quedaron muy claras. El sorpresivo consenso entre gobierno y oposición de la época en esta materia se habría debido simplemente a que, habiendo varios parlamentarios que soñaban con alcanzar tan importante cargo, era prudente no tener que esperar seis años. Simplemente era demasiado tiempo.

Hoy, ese bendito consenso ya no existe, Ya se alzan voces para poner marcha atrás y volver  al período de  seis años o para permitir la reelección inmediata (lo que eventualmente haría que el mandatario o la mandataria pudieran permanecer ocho años en su cargo). En el debate, algunos  arguyen que si un gobierno es malo es mejor que sea breve. Otros, con más seriedad y fundamentos expresan que un mandato corto impide impulsar políticas de Estado, con una mirada de largo plazo.

Si observamos la realidad actual con un poquito de atención, nos damos cuenta de que el país cuenta por el momento con buen stock de problemas que se presentan en prácticamente todas las áreas. La pobreza, la salud, la educación, la protección de los menores, la vivienda, los sistemas de seguridad social, la precariedad del trabajo asalariado, la seguridad pública, el régimen político-institucional, la situación de los inmigrantes, la distribución territorial  y el centralismo, la desigualdad y la fractura social, las deficiencias en infraestructura y servicios,  y, por supuesto, el tratamiento que damos a nuestros pueblos originarios. Seguramente, debe haber muchos más dignos de ser incluidos en el inventario pero  esa lista ya es suficientemente preocupante.

Surge por supuesto la pregunta del millón: ¿Somos un país tan mediocre que no tenemos la capacidad necesaria para enfrentar nuestros desafíos como sociedad e ir paulatinamente construyendo soluciones?  ¿Es que todo lo que hacemos lo hacemos mal? ¿Estamos condenados  a vivir de por vida en una sociedad fragmentada en que no nos reconocemos como iguales, en que no nos respetamos, en que rumiar la amargura del desprecio y la prepotencia  constituyen nuestros únicos valores?

Los procesos electorales, en cualquiera nación relativamente civilizada, constituyen jornadas de formación cívica, en que quienes pretenden liderar a la comunidad, son capaces de poner sobre la mesa ideas y propuestas, de convocar a los ciudadanos a criticarlas constructivamente y a sumarse a ellas, a buscar puntos de encuentro para la tarea común en beneficio de todos. Eso, en cualquiera nación relativamente civilizada. No en Chile.

Los plazos se acortan y los períodos llegan a su término. Los gobiernos – de todas las tendencias – se muestran más preocupados de “aparecer” cumpliendo sus promesas de campaña que de buscar soluciones efectivas a los requerimientos sociales. Así,  el Parlamento se llena de proyectos improvisados, deficientemente estudiados, que muy  pronto generarán nuevos y mayores  problemas. Las “Oposiciones” de todo tipo, viven de las acusaciones, las interpelaciones, los oficios fiscalizadores,  en un circo de nunca acabar cuyo propósito es más de obstruir que de construir.

Decenas de parlamentarios en ejercicio y de políticos,  se reparten el territorio para representarlo, sin vergüenza ni recato alguno, pasando del sur al norte y del norte al sur, movidos por su egolatría y ambición. En la amplia parrilla de los candidatos y precandidatos presidenciales, y a solo cien días de los comicios, aún no se vislumbra un mensaje claro y renovador. La política, concebida como  una propuesta racional orientada al logro de determinados fines reclamados por la comunidad, al contrario de lo que de ella se espera, se sumerge en un maremágnum de eslóganes vacíos, de chistes ordinarios y de mal gusto,  de propuestas demagógicas e irresponsables.

A estas alturas del partido, es difícil siquiera imaginar que las cosas puedan cambiar. Lo que hay, es lo que hay. Cumplido el periódico ritual de sufragar – que nos permitirá  decir que seguimos siendo  una democracia política (bastante débil,  por lo demás,  dados los crecientes niveles de desinterés y de abstención) – llegará el momento de asumir nuestras propias y personales responsabilidades construyendo una respuesta colectiva que exija con fuerza a nuestras elites gobernantes, legislativas y empresariales, una reconstrucción ética del país, sobre la base de la participación social , la eficiencia y la sobriedad de vida. ¿O será mucho pedir?

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1 Comentario en ¿QUÉ ES LA VIDA? UN FRENESÍ…

  1. Más claro de ahí, ni el agua. Mis felicitaciones al autor de tan impresionante artículo, por su realidad actual, en el país que un día llevó a cabo una “Revolución en Libertad”, y que hoy se encuentra al borde de un abismo político nacional, donde la corrupción ha entrado por la puerta grande.

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