La ciudadanía no puede permitir que lleguen al gobierno, los que se coluden contra sus intereses.
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¿Una nueva etapa?

Las elecciones del pasado domingo 23 de octubre, dejaron un panorama bastante confuso, hecho que, a decir verdad, no constituye una novedad en absoluto.

Los dos grandes bloques tradicionales, obtuvieron la mayor parte de los cargos y, mientras uno proclamaba su triunfo dejando constancia de su votación mayoritaria en las candidaturas alcaldicias, el otro se defendía haciendo notar  su predominio en las postulaciones a las concejalías.

Los resultados de los comicios permiten destacar algunas situaciones de interés. Un alto número de candidatos se presentó como “independiente”  pese a su reconocida militancia anterior. Numerosos militantes de partidos, ocultaron deliberadamente esta condición. El triunfo  de una buena cantidad de alcaldes, constituyó un claro castigo a sus rivales involucrados en hechos de corrupción  o evaluados negativamente por la mala calidad de su gestión. Algunos movimientos emergentes obtuvieron importantes triunfos emblemáticos en tanto que otros vieron diluirse sus sueños conquistando magros resultados.

Si bien el Gobierno de Bachelet  enfrentó un juicio de reproche ciudadano bastante fuerte, gracias a su carencia de conducción política, a los enormes déficits de gestión y la falta de seriedad y compromiso de las colectividades que lo sustentan, honestamente nadie merece cantar victoria. Sí, claro que sí, se puede llorar derrota.

La elevadísima abstención ciudadana nos indica un fracaso de la democracia. Los valores republicanos, reconquistados tras largos y duros años de lucha, se han ido diluyendo con el pasar del tiempo. Fue sorprendente constatar,  ese día, que a las mesas receptoras concurrían mayoritariamente adultos y adultos mayores en tanto que las nuevas generaciones (aunque fueron liberadas de la “pesada carga” de tener que inscribirse) mostraban un claro desprecio por participar e insertarse en el proceso de decisiones propios de la cosa pública.

Argumentos para justificar esa desidia, se han dado muchos, algunos valederos, otros simplemente encubridores de pretextos.

El  amargor que dejó la jornada electoral, lejos de constituir un motivo de críticas y refunfuños, debe ser el punto de partida para la reconstrucción de una democracia viva y participativa. Es esencial que, desde todos los ángulos posibles e imaginables, formales e informales, se inicie desde ya una pedagogía social que lleve a las personas a ejercer sus derechos cívicos, que les haga entender que solo la democracia permite que mujeres y hombres comunes y corrientes se sientan iguales a los cultos y poderosos en el día en que son convocados a decidir libremente quiénes nos gobiernan y cómo nos gobiernan.

Este portal ha planteado, tozudamente, que la democracia no se agota en la introducción periódica de un papelito dentro de una urna. Al contrario, al seleccionar a nuestros representantes estamos iniciando una caminata que exige que hagamos permanentemente el esfuerzo necesario para integrarnos en la res pública, en el desafío cotidiano del bien común.

Si existen los canales, tales como las juntas de vecinos y organizaciones comunitarias, formemos parte de ellos para que una voz colectiva fuerte sea escuchada. Si no existen, trabajemos para crearlos.

Recién ha cerrado el proceso ciudadano y, salvo contadas y muy honrosas excepciones, quienes han estado ejerciendo hasta ahora la función pública se sienten con el derecho ( que, por supuesto, nadie les ha dado) de amarrar a sus parientes y conmilitones  a sus cargos mediante contrataciones espurias y concursos amañados, conductas que implican un abuso incalificable y una prostitución de la democracia.

El verdadero reencuentro de las personas con sus mandatarios, solo puede producirse en un clima de confianza, respeto y participación. Edificar una democracia seria  y responsable no es deber de la autoridad. Es simplemente un derecho de todos, derecho que es necesario recuperar y ejercer.

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