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VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES

En estos últimos días nos hemos informado de dos políticos chilenos que han sido protagonistas de brutales agresiones en contra de sus parejas mujeres; dos situaciones que han tenido especial notoriedad por tratarse de personas que están expuestas al escrutinio público, y que vienen a recordarnos la triste realidad que sufren a diario miles de mujeres en Chile.

Un problema complejo que involucra factores culturales y sociales; ignorado por muchos años y muchas veces escondido por el temor a represalias y a los prejuicios de una sociedad históricamente machista.

Una realidad que no solo constatamos en los sectores social y económicamente postergados, sino que tiene también como protagonistas a miembros de los sectores más privilegiados de nuestra sociedad. Profesionales, ejecutivos de empresas, miembros de la academia, personeros públicos y representantes de nuestra elite política son cada cierto tiempo el triste reflejo de una sociedad machista que agrede con violencia a las mujeres o que intenta justificar estas agresiones culpando burdamente a la mujer que ha sido víctima de esta.

Es cierto que todos los actos de violencia son condenables; pero aquellos dirigidos a poblaciones en riesgo lo son aún más, y este es el caso de las mujeres. Que se entiende por actos de violencia contra la mujer? La Organización de Naciones Unidas define la violencia contra la mujer como “todo acto de violencia de género que resulte, o pueda tener como resultado un daño físico, sexual o psicológico para la mujer, inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la privada”.

Esta violencia, según la Canadian Women Foundation puede por ejemplo incluir:

  • Abuso físico; abofetear, ahorcar, golpear con puños, usar las manos u otros objetos como armas, amenazar con cuchillos o pistolas, y asesinar;
  • Abuso sexual; la amenaza, intimidación o fuerza física con la intención de forzar a una mujer a tener sexo sin que ella lo quiera;
  • Abuso verbal o emocional; los gritos con intención de intimidar, las amenazas de matar (a ella, sus hijos, cualquiera de sus parientes y mascotas), amenazas de cometer suicidio, realizar comentarios humillantes o degradantes acerca de su cuerpo o comportamiento, forzarla a cometer actos degradantes o denigrantes, aislarla de los amigos y/o la familia, confinarla en la casa, destruir sus pertenencias, y cualquier otro acto destinado a disminuir su autoestima o restringir su libertad e independencia;
  • Abuso económico; el robo o control de su dinero y objetos de valor, forzarla a trabajar o prohibirle que trabaje con la intención de generar dependencia;
  • Abuso espiritual; utilizar sus creencias religiosas o espirituales para manipularla, dominarla y controlarla;
  • Acoso Criminal; seguirla de manera persistente, maliciosa e indeseada, invadiendo su privacidad y afectando su seguridad personal.

Les parece conocido? Con tristeza constatamos que la mayor parte de nosotros hemos sido testigos directos o indirectos de este tipo de situaciones. En Chile, de acuerdo al SERNAM, anualmente mueren cerca de 40 mujeres víctimas de la violencia de sus parejas; solo en el 2015 se reportaron 45 femicidios consumados y 100 frustrados. En Chile, una de cada tres mujeres ha sufrido o está sufriendo esta violencia manifestada en cualquiera de sus formas. En Chile, del total de mujeres que sufren actos de violencia, la mayoría no los llega a denunciar; un 34,5% de las mujeres que sufren violencia psicológica no lo denunciaron por que se auto-convencieron de que no fue tan serio; un 24,5% de las mujeres que sufrieron violencia física no lo denunciaron porque tuvieron miedo; y el 40% de las mujeres que sufrieron violencia sexual no lo denunciaron porque sintieron vergüenza de contar su historia.

En pleno siglo 21, en Chile, nuestras madres, hermanas, esposas, hijas y amigas están seriamente expuestas a ser víctimas de esta violencia. En plena época de la globalización, las mujeres en las poblaciones, en los liceos, en las universidades, en el trabajo, en el seno de la familia y en la calle sufren esta violencia en carne propia.

Una sociedad todavía marcada por desigualdades y discriminaciones de género es un verdadero caldo de cultivo para que estas agresiones ocurran. Una sociedad donde hombres y mujeres reciben constantemente mensajes expresos o subliminales que insisten en la idea de que los hombres son más importantes que las mujeres; que las mujeres tienen un rol social inferior o merecen menor poder social y por lo tanto es aceptable e incluso necesario ejercer poder y control sobre ellas; que las mujeres son un objeto a desear y tener; es una sociedad cómplice de estas acciones de violencia.

Qué hacer entonces? El problema de la violencia contra las mujeres es ciertamente un problema de estado; sin embargo, esto no libera de responsabilidad a la sociedad civil organizada y a cada uno de nosotros en la lucha contra esta lacra que sigue avergonzándonos.

El estado, tiene la responsabilidad de generar un entorno social que impida que la violencia contra las mujeres siga ocurriendo: a través de programas educativos que directamente aborden este tema y creen conciencia en nuestros niños y jóvenes poniendo el énfasis en que la violencia contra la mujer es inaceptable y debe ser denunciada; desarrollando programas de apoyo psicológico para aquellos menores y mujeres que han  sido expuestos a temprana edad a situaciones de violencia intrafamiliar y que por lo tanto tienen mayor riesgo de ser víctimas o protagonistas de actos de violencia contra la mujer; legislando para que en sindicatos y empresas se haga efectiva la responsabilidad social a través de programas permanentes que eduquen sobre este tema; y a través de leyes y procedimientos judiciales especiales que garanticen un trato justo y confiable para quienes con temor se atreven a denunciar estos actos, y aseguren penas ejemplares para quienes resulten culpables de ellos.

La sociedad civil organizada, tiene la responsabilidad de coordinarse activamente para combatir y denunciar este problema. No basta con la iniciativa del estado. Es imperativo fortalecer las organizaciones sociales y ONGs que dedican sus esfuerzos a educar y combatir esta violencia; sin ellas el esfuerzo del estado será insuficiente. Una sociedad civil organizada tiene, por lo grados de confianza que genera en la población, la oportunidad irremplazable de establecer y fomentar mecanismos que faciliten la denuncia de estos hechos y promover los esfuerzos de acogida y protección para sus víctimas. Una sociedad civil organizada y comprometida es probablemente el actor mejor preparado para recibir con un abrazo a las víctimas que tanto necesitan de la empatía social para iniciar un camino acompañado de reinserción y recuperación psicológica.

Y cada uno de nosotros, tiene sin lugar a dudas un rol central en los esfuerzos por terminar con esta violencia. En nuestros hogares, trabajos, en el colegio de nuestros hijos, círculos de amigos, etc… Tenemos la obligación moral de predicar con el ejemplo, haciendo lo que esté a nuestro alcance por prevenir su ocurrencia y denunciándola cuando seamos testigos directos o indirectos ella. El silencio nos hace cómplices; mirar para el lado nos hace cómplices; bajarle el perfil y tomarlo a la broma nos hace cómplices. No hay lugar para matices; NADA justifica la violencia contra la mujer.

Solo en la medida que estado, sociedad civil organizada y cada uno de nosotros actuemos de manera coordinada y alineados tras el mismo mensaje, seremos capaces de dar pasos sustantivos en la solución de este grave problema.

 

Maroto, Canadá.

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