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CUENTOS CORTOS: “LA VOZ”

Serie de cuentos cortos, por Yerko Strika.

LA VOZ

Ella es sólo una voz al otro lado del universo.

Cuando la escucho, reparo en su ritmo cadencia tono;  existencia  que llega a mis oídos en fidelidades truenos. Golpea  el  aire en diminutos cilios encargados de su perturbación. Su presencia inicia en mi anhelo de escucharla; a veces en el sueño de la noche anterior; o en recuerdos de ella misma. La voz de Ella respira en todo mi cuerpo,   convirtiendo en nada la galaxia que media entre mi alma y la suya. En ocasiones, su eco me rodea y con los ojos cerrados me arrastra hacia una orgía lenta e íntima. Entonces, son varias las voces que me desnudan y tienen conmigo festín. Alarga palabras, incorporando las terminaciones al silencio de no tenerlas. Otras, simplemente las gime, grita, aúlla, musita, ronronea. Sus suspiros son frases de aire fresco hechas con la gramática del respirar. Cuando la  escucho, estoy atento a los sonidos fonadores de su lengua y la atmósfera de su boca. He estado tentado en construir desde ahí a la mujer que la posee, a resbalar por su sonoridad y dejar que aparezcan labios,  dientes, rostro, cuello, cabello que seguramente cae por la espalda, cintura, caderas, pelvis, muslos, suaves, hasta el último y perfecto confín de sus hermosos pies. Pero me basta el rumor melódico de la existencia por sí misma. Más necesito saber cuánto aire requiere para pronunciar la palabra amor y a qué huele  la sílaba que exhala.  La huella de Ella Voz, aquí en mi tórax, crepúscula verbos verdades oceánicas. Vuelvo al siseo de sus consonantes que deslizan sobre mí como la hipnosis y que hoy carraspea triste para anunciarme el inicio de la despedida. Llevo anotado sabiendo que este día llegaría, mientras viajo más allá de donde alguien nunca se ha aventurado. La voz de Ella demora interferencias siderales en arribar. Aún, en el silencio absoluto, cuesta oír la carne de sus palabras que con el transcurso del tiempo comienzan a doblar como campanas en extinción. Siento el aire de sus pulmones atravesando la laringe y excitando las cuerdas vocales, para pronunciar un imposible: Te amo, me dice  y lo último que oigo no es su voz, sino una lágrima que rebalsa por la piel de sus ojos.

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