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Neruda

Neruda, 2016, dir. Pablo Larraín

Es curioso –y sin embargo totalmente comprensible- que una producción que recibe mucho reconocimiento en el extranjero sea vista con mayor escepticismo (y hasta desdén) en su territorio de origen. Las razones pueden ser obvias: el público extranjero está menos familiarizado con los pormenores históricos de dicha localidad, y por ende, su juicio es quizá más permisivo, más flexible. Si bien no pretendo reducir la problemática a esta única teoría, es una de las explicaciones posibles de por qué la Neruda de Larraín fue recibida con tanto entusiasmo en las Europas y, sin embargo, acá se encontró con una animosidad férrea que, sin ser ni remotamente universal, sí parece dejar la balanza en una posición mixta.

El problema no es menor: ¿cómo dar en el clavo cuando se quiere llevar a la pantalla al que es probablemente el rostro más reconocido de Chile; un personaje con tantas aristas y capas como para llenar toda una saga? La respuesta, como previó sabiamente Larraín, es simple: no se puede. Caer en la trampa de un retrato integral sería un error grotesco, y por tanto, la solución –o una de ellas- sería hacer todo lo contrario: o acotar al personaje a un tiempo y lugar específico, o presentar un relato semi-ficticio, una especie de “inspirado en”. Neruda es un poco de ambas.

Es una historia de persecuciones, de personajes que se persiguen entre ellos, y a sí mismos. Larraín y el guionista Guillermo Calderón construyen un drama dinámico, incansable y suntuoso, que afortunadamente escapa de las agotadas fijaciones fetichistas del grueso de la cinematografía nacional: está llena de humor, de diálogos punzantes, de fotografía exquisita y un montaje inquieto. La cinta no pretende dibujar un retrato del que no puede hacerse cargo – es consciente de sus limitaciones, y por tanto sólo se dedica a participar del juego de gato/ratón entre dos personajes que son más parecidos de lo que quizá gustarían de admitir.

Debo disentir con las críticas más extremas. Como con No, hace cuatro años, resulta un poco risible encontrarse con la oposición de quienes le demandan a cintas como éstas la rigurosidad teórica y política de un texto de Historia. Si bien es cierto que se espera un mínimo de integridad y seriedad al momento de abordar temas como éstos (lo cual también es debatible, la verdad), lo cierto es que el cine, por su naturaleza, no tiene por qué atribuirse características que le pertenecen a otras disciplinas. Pretender que una película opere como una ilustración audiovisual íntegra de una figura o un tópico complejo, es arriesgado, y hasta pretencioso. Y si bien Neruda cumple trazando a su protagonista como un sujeto matizado, sin deificarlo ni rehuir de sus convicciones políticas (omitir esta parte del personaje sería otro error), es también un producto que se sabe accesible, que está seguro de lo que intenta hacer, y como tal, lo hace bien. Todo esto, claramente, está sujeto a discusión.

Neruda está actualmente en cartelera.

Iván Ochoa Quezada.

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