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Wilma Borchers: las sombras del fuego

Tulio Mendoza Belio

Premio Municipal de Arte de la Ciudad de Concepción (2009).

(Homenaje poético al pueblo yagán)

Wilma Borchers acaba de publicar “Las sombras del fuego” (Ediciones Travesía, 84 págs., fotografías de Miguel Hechenleitner, ilustraciones de Solange Germain y diseño de Ximena Undurraga), poemario que rinde un homenaje al pueblo yagán o yámana y con ello, a todas las etnias del extremo sur de Chile. Antes, la poeta ha editado “Abracadabra” (1986), “Jam session” (1990), “El beso que nos escribe sílabas blancas” (1993), “Una interminable hilera de corderos” (1997), “El reino fugaz” (2007), “Señales desde la colina” (2008) y “Los frutos amargos (2009).
El gesto de su escritura (hay que “resguardar el fuego”, reza la dedicatoria a su hija), se une a otros tantos poetas y artistas que nos han ido descubriendo el trágico sentido de una realidad ominosa que, lamentablemente, es compartida por casi todos los pueblos originarios: la invasión, en todo el sentido de la palabra, de una cultura (irrumpir, entrar por la fuerza, ocupar anormal o irregularmente un espacio, entrar y propagarse en un lugar, entrar injustificadamente en funciones ajenas, apoderarse de alguien, penetrar y multiplicarse en un órgano u organismo), lo cual implica en una última instancia, el aniquilamiento y la desaparición de comunidades humanas definidas por afinidades raciales, lingüísticas, etc.
En el título del libro, Wilma Borchers nos entrega bellamente cifrada, la dualidad que implica el enfrentamiento de dos culturas. La relación de las etnias con los cuatro elementos de las cosmogonías tradicionales (aire, agua, fuego y tierra), está presente en todas las religiones y sus rituales. El fuego está asociado a múltiples significados positivos: triunfo, vitalidad, calor, fuerza, cambio, conocimiento, sacrificio. Así como Octavio Paz nos habla de la llama doble (el amor y el erotismo), ya que en la misma llama hay una azul y otra roja que la sostiene, Wilma Borchers, en este libro, nos muestra la sombra, paradojalmente, la falta de luz, la oscuridad de ese “fuego”, la sombra invasora, es decir, en el fondo, la destrucción del amor. He aquí el mensaje de la autora: “Al igual que la gota de resina que preservó el brote de un helecho o el vuelo de un insecto; así quisiera que resplandeciera la joya de esta cultura, a la que la ignominia y la ambición desterraron para siempre.” ¿Para siempre? Este libro, al preservar la memoria histórica, es un intento sentido y delicado que matiza esa locución adverbial de tiempo. Wilma Borchers, del mismo modo que Violeta Cáceres en su poemario “Memoria del agua” (recreación poética de la leyenda de Llacolén), canta el fuego de una raza.
Casi traduciendo ese carácter elemental y altamente metafórico de las lenguas vernáculas (en particular por su estrecha vinculación con la geografía y la naturaleza), la escritura poética de Wilma Borchers se despoja de todo adorno, adelgaza su estructura formal para fluir y crecer como una veta de agua cristalina, un mensaje que pretende llegar a todos y que, efectivamente, llega con un tranquilo aire de nobleza.
El libro tiene un hilo narrativo y se divide en dos partes: “La voz ausente” y “Del devenir sin fuego”. En la primera, nos habla una niña (adecuada elección de una hablante que trasunta una mirada inocente e incontaminada), va tomada de la mano de su madre que espera un hijo y miran “cómo se vierte la última luz sobre los canales.” Hay descripción de la geografía física y espiritual, lo cual nos va ambientando e introduciendo en el mundo yagán, y bellas comparaciones que tienen un carácter muy visual, cinemátográfico: “Las canoas que distinguimos desde los acantilados, avanzan como relámpagos entre los estrechos retorcidos; parecen largos peces oscuros llevando en sus lomos escamas encendidas, …” Y, más adelante, la niña recuerda lo que siente al ir colgada en la espalda de su madre, cubierta por una capa de espesa grasa de lobo marino, mientras siente la tibieza de su piel contra su pecho y el corazón le golpea los oídos: “Ese es mi primer recuerdo”, nos dice.
Que el “primer recuerdo” tenga ese carácter tan íntimo y cósmico, tan humanamente palpable y universal a la vez, señalan una ruta, un tono afectivo que inaugura el libro y se mantiene durante toda su lectura. Los lazos familiares tienen hondo sentido en las comunidades y establecen relaciones y jerarquías: “Mi canoa tenía un nombre parecido al mío, así lo ordenó el abuelo, la llamó: Espíritu del viento.” Tal vez ese espíritu del viento, sea el Gran Espirítu que en el libro aparece como un mantra intercalado que sirve también para cohesionar el texto: “Gracias por tus ojos, que caen sobre el sendero que transito, gracias por tus pupilas dispuestas en todos los caminos.” Al comienzo del libro, Wilma Borchers, a modo de epígrafe introductorio, transcribe unas significativas palabras de Rosa Yagán, la última mujer pura de esta etnia: “Todos me conocen como Rosa, porque así me bautizaron los Misioneros Ingleses. Pero me llamo Lukataia le Kipa. Lukataia es el nombre de un pájaro y Kipa quiere decir mujer. Cada yagán lleva el nombre del lugar donde nace y mi madre me trajo al mundo en Bahía Lukataia. Así es nuestra raza: somos nombrados según la tierra que nos recibe.” Nótese que no dice la tierra en donde nacemos, sino la que “nos recibe”.
Y a propósito de la lengua de los yáganas, el Libro de los Récores de Guinness, registra la palabra “mamihlapinatapai”, considerada como la “más concisa del mundo” y de muy difícil traducción, pues describe “una mirada entre dos personas, cada una de las cuales espera que la otra comience una acción que ambos desean pero que ninguno se anima a iniciar”. ¡Qué extraordinario sentido poético!
Sorprende, además, en esta escritura, el alado lirismo de su canto, la delicadeza de sus imágenes y comparaciones y no la rabia ni el encono que podría esperarse al denunciar una crueldad tan injusta, apenas “la risa extranjera” y “la zarpa del miserable rapaz en su miseria”. Por el contrario, la primera parte finaliza con una pregunta que encierra una premonición y cuya respuesta es el silencio que se traduce en una descripción que se abre a la naturaleza de ese bello paisaje fueguino: “Le pregunto al abuelo: -¿Cómo llamaré a mi hijo?- Y por vez primera él no me responde. Aferrado a su arpón, escucha el gemir de las ballenas y observa cómo la luz final rueda sobre los canales.”
La segunda parte, mucho más breve, es el corolario de esa pregunta y de esa aparente mudez. “Un inmutable latir de soledades sobrevuela el archipiélago”: hay ausencia, los lugares de la ternura han sido arrasados, el canto de las mujeres no tiene eco, “el hombre del fusil” ha cercenado orejas, manchado la nieve. Abismo y desolación: el retumbar de los remos es el olvido, porque la tierra ha sido despojada de su fuego.

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