La ciudadanía no puede permitir que lleguen al gobierno, los que se coluden contra sus intereses.
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Caminante…. ¿Hay  camino?

Esteban Lobos, analista económico.

La realidad nos muestra una baja tasa de crecimiento que solo alcanza para mantenernos donde estamos pues es muy cercana al porcentaje de crecimiento de la población. Los diversos actores del proceso no ven señales claras que orienten y, según sean sus tendencias políticas, achacan o eluden responsabilidades. Salvo en el campo de la energía y de algunos sectores privilegiados, es notoria una parálisis que se refleja en una carencia de respuestas de fondo.

El Gobierno presenta, sin duda, a partir de la asunción del ministro Rodrigo Valdés en Hacienda, algunos puntos a favor. Destacables son:  el ordenamiento de las cuentas fiscales; el control del déficit presupuestario;  la capacidad de decir “no” a demandas que pueden ser justas pero que son postergables, la decisión de capitalizar Codelco; la creación del fondo de inversión en infraestructura; la determinación de límites al gasto en educación ajustándolo a los tiempos que se viven; etc., entre lo más destacable.

Es evidente que los sectores de la sociedad que controlan el poder económico y financiero, especialmente a través de sus gremios cuya voz es adecuadamente amplificada por los medios de comunicación que ellos mismos poseen o sustentan, se han empeñado en crear un clima de desconfianza justificando en este  la notoria baja en la inversión privada. Si bien el Ejecutivo tiene aquí una importante cuota de responsabilidad tanto por su carencia de claridad en cuanto a las reglas del juego como por los claros déficits técnicos que  han mostrado sus proyectos respectivos, no  se necesita mucha perspicacia para darse cuenta que el propósito de los referidos sectores ha sido el de frenar cualquiera reforma que pueda afectar sus intereses.

Una persistente justificación de la situación económica por parte de las autoridades, ha sido la de atribuirla a factores internacionales. El llamado superciclo de los commodities ha concluido por ahora y, según los expertos (que siempre se equivocan para mal), pese a que China está teniendo un crecimiento del orden del 6,7%, no se repondrá la alta demanda del cobre hasta unos tres años más. La fuerte reducción del precio, a casi la mitad, de nuestro principal producto de exportación,   ha ido acompañada de una elevación de costos de producción que solo ahora se empieza a enfrentar y su impacto ha sido parcialmente morigerado por la baja del precio del petróleo, la que, por supuesto, no durará para siempre.

Los dos factores – confianza/inversión y cobre – son difíciles de controlar y sus resultados no se verían, en todo caso, en el plazo inmediato.  Pretender que sea el “mercado” el que dé respuestas eficaces, es una ilusión.

De ahí que sea necesario relevar el papel del Estado.

Una primera tarea que debe abordarse es la de la modernización de la administración. Ella no implica más computadores y menos papeles, sino una evaluación de su quehacer. La maraña de los servicios públicos ya es incontrolable y ello se traduce en la carencia de respuestas a los requerimientos de las personas pues para eso fueron creados. A nuestro juicio, debe trabajarse por “programas” con metas medibles y auditables,  al tiempo que, de una vez por todas,  se seleccione personal por conocimiento y capacidades y no por factores políticos y parlamentarios. Es inconcebible que, habiéndose aumentado en tres años casi en un 50% los recursos destinados a la salud primaria, este incremento haya ido en su mayor parte a remuneraciones y se siga contando con carencia de profesionales, técnicos e insumos.

Otra tarea impostergable, es la de mejorar la calidad de la inversión pública. Proyectos mal diseñados y peor ejecutados, empresas contratistas que quiebran y abandonan las obras para luego reaparecer con otro nombre, incomprensibles gastos en reparación de viviendas nuevas, son el reflejo de una actitud incompetente y/o desidiosa del Estado.

Está fuera de discusión el hecho obvio de que las demandas sociales se incrementarán, pues hasta ahora  se ha ido generando una cultura de que toda respuesta debe proceder del Estado y debe darse “altiro”. El adecuado control de estos requerimientos y su  justificada y honesta priorización,   terminan por favorecer a un Gobierno que la gente ve como franco y eficaz.

Un Estado fuerte no es un Estado enredado en una burocracia infinita sino un Estado que es respetado porque hace las cosas y las hace bien. Eso le permite ser proactivo y ponerse a la cabeza de la revitalización de la economía. Por otro carril, naturalmente, van las reformas estructurales necesarias   para que los beneficios del desarrollo lleguen a todas las personas y no queden atrapados en los dedos de los mismos de siempre.

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