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CUENTOS CORTOS: “RATÓN DE BIBLIOTECA”

Serie de cuentos cortos, por Yerko Strika.

RATÓN DE BIBLIOTECA

Contrario a lo que se cree, el ratón de biblioteca no es un lector asiduo. Un ratón de biblioteca es un vector abyecto que devora el papel con que están hechos los libros. El ratón de biblioteca suele ser de tamaño reducido, no pasa de una laucha que hace su madriguera entre los tomos menos requeridos de las estanterías, como por ejemplo el Ulises de Joyce, El Idiota de Dostoyevski o Todos los Hombres son Mortales, de Simone de Beauvoir. Ahí, la rata cómplice del lejano hábito de leer, acomoda su covacha y digiere selectamente los prólogos de las citadas obras y más. El animalejo es considerado un sibarita intelectual entre sus pares legos, que devoran cualquier porquería  deshecho del hombre.

Construye su madriguera guarnecido por obras monumentales. Sin embargo, suele aventurarse a otras secciones de la biblioteca, compelido por su exquisito paladar. Así, ha probado páginas de política, historia, derecho, autoayuda, gastronomía, filosofía, construcciones navales, literatura universal, botánica y la indigesta actualidad, entre otras.

Por su parte, el bibliotecario refunfuña cuando descubre rastros de su presencia y con sus propios medios esparce cebos por los recovecos del lugar. Esto es así, ya que la Dirección de Bibliotecas y Museos, no contempla en su presupuesto veneno para ratones, por lo que al no existir ítem, administrativamente no existe ratón. El bibliotecario, en vano se entrampó con la burocracia para solicitar recursos, pero de tanto chocar con el amarillismo del  aparato estatal, decidió hacerse del tóxico a costa de su bolsillo. Sin embargo, y aquí la característica distintiva del ratón de biblioteca, el animal en cuestión come exclusivamente material impreso en forma de libro, revista, diario, tabloide, apunte, folleto, volante, carta, memoria, tesis u otro que cumpla con la estructura básica de texto reconocible. De ahí, que el bibliotecario algo desalentado, optó por resignarse y encontrar de vez en cuando alguna muesca del roedor.

Volviendo a la rata y sus viajes por los tópicos literarios, resulta que ésta tiene muy definida su dieta diaria. Principia  con un desayuno contundente que puede consistir en cualquier obra filosófica. Llenar la barriga con Nietzsche o Descartes, suele dejarlo patitieso hasta el almuerzo.  A esa hora, un aperitivo le viene bien y hurga en la hemeroteca por algún pasquín, para luego comer algo sobrio. Gusta de Dickens, que lo satisface con agrado, aunque no se resta frente a Parra y su buffet de poemas y antipoemas. De bajativo, alguna cita de Galeano lo deja listo para el divagar. En la cena, algo liviano pero nutritivo, llenando especialmente su gusto la obra de Julio Verne. Con eso, el ratón de biblioteca se da por cumplido y reposa opíparo mecido por la brisa de las palabras.

En una ocasión y viéndose el ratón acorralado por el bibliotecario, apremiado por el estrés y creyéndose muerto, se camufló de letra y corrió a pegarse como marcapágina en Cien Años de Soledad, justo en la hoja cincuentaidós, que es punto de no retorno en la novela. Se mimetizó de forma tal, que pese a tener el bibliotecario el texto en sus manos, no pudo percibir su presencia. Así, y como lo hacen muchas especies en su ambiente natural, el ratón de biblioteca desarrolló este alucinante mecanismo de defensa. Es genial verlo correr y saltar a la portada de la Enciclopedia Británica, para quedar convertido en anglicismo o estrellarse en loca carrera por su vida contra Saramago, para ser uno con su ritmo incontrolable. Sencillamente desaparece adaptándose a cualquier estilo.

Desafío al lector,  a cualquier lector, ir a la biblioteca pública de su ciudad y dar con el ratón. Haga la prueba. No se arrepentirá.

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