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DE NADADORES

Andrés Cruz Carrasco

Abogado. Magister en Filosofía moral. Magister en Ciencias Políticas.

Novalis, sostenía que “La mayor parte de los hombres no quiere nadar antes de aprender”. Todo tiene que ser instantáneo y sin sacrificio. Como si toda esa fuerza y ese tiempo destinados a alcanzar algún objetivo no tuviesen ningún sentido. El éxito se mide por la velocidad y no por el camino escogido y sus consecuencias, para sí mismo y para los otros. Nadie quiere nadar. Es preferible quedarse en tierra. Hermann Hesse refería en “El lobo estepario” que los seres humanos “han nacido para la tierra, no para el agua. Y naturalmente, no quieren pensar; como que han sido creados para la vida, ¡no para pensar! Claro, y el que piensa , el que hace del pensar lo principal, ése podrá acaso llegar muy lejos en esto; pero ése precisamente ha confundido la tierra con el agua, y un día u otro se ahogará”. Hay que demostrar resultados rápidos, aunque sean superfluos e inútiles. Una apariencia sólo para publicitar o “viralizar”, para mostrarse eficientes y exitosos. Se trata de pensar poco, muy poco. Si se piensa mucho, tal vez se nos diga que podríamos ahogarnos en la falta de eficacia. Se acusa al que piensa mucho de sucumbir ante el problema, confundiéndose la decisión rápida e irreflexiva con lo que se dice ser “ejecutivo”. Cuando pensar, es decir, llevar a cabo este proceso de detenerse, observar, experimentar, razonar e imprimirle la energía de la pasión y la convicción a este pensamiento, resultan ser indispensables para lograr alcanzar un resultado que implique una solución que trascienda y nos satisfaga no sólo a nosotros, sino a quienes necesitan de nuestro trabajo serio. Hemos olvidado como nadar, como destinar tiempo para ir construyendo una matriz que nos permita ver más allá del ahora, de lo inmediato y perfilarnos hacia el largo plazo. Preferimos el espectáculo, el vacío y la hipocresía de mostrarnos pulcros y civilizados, ordenados y escrupulosos, apegados a nuestros pequeños hábitos y deberes que nos impusieron con una formación rígida, mediante la idealización de una estructura de lo humano que otros sostuvieron que debíamos seguir, quebrantando con esta educación nuestra voluntad de buscar la diferencia, destruyendo la personalidad que estaba dentro de nosotros esperando su momento. No nos dejaron nadar, así como nosotros no dejamos a nuestros hijos y discípulos que naden, que piensen y si es necesario que se ahoguen, no una sino que varias veces. Para que de una vez asumamos que el éxito no es una cuestión espontánea, es equivocarse y volver a equivocarse, que luego vendrán los aciertos. Para no odiarnos por haber fracasado, ya que este fracaso es parte de nuestra historia, de lo que somos. Este odio, que nos impide a su vez amar a otros que, muchas veces, en lugar de levantar al que cae, sólo lo observan. Algunos ríen y otros simplemente pasan de largo. Pocos son los que tienden la mano al que se ahoga por haber pensado y fracasado. Como sostiene Philip Dick en “El hombre en el castillo”: ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde el alma?”.

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