Las personas y la ciudadanía deben estar conscientes de los pasos que se dan, para orientar el desarrollo o para estancarse y retroceder... El próximo plebiscito, es una oportunidad de desarrollo para la ciudadanía y para dignificar al ser humano y transformarlo en soberano.
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De parsimonia y angustia

Andrés Cruz Carrasco

Abogado Doctor en Derecho (Universidad de Salamanca) Magister en Filosofía moral Magister en Ciencias Políticas, Seguridad y defensa

Todos nos sostenemos en nuestros vínculos. Por muy endebles que estos sean, más aún en contextos determinados por la rivalidad competitiva y el consumo solitario de bienes. No puede sorprendernos entonces que para resistirnos se produzca una explosión del “nosotros”, buscando refugio en una galaxia de afinidades en las que podamos reflejarnos.

Es una disociación que se alza para defenderse de otra forma de disociación, que es individualismo economicista extremista con visión de corto plazo de carácter consumista.

Es un intento desesperado por reconstruir un espacio en el que el otro deja de ser un adversario. Pero dentro de una estructura disociada de carácter homogéneo, podemos, por desencanto y molestia, replicarnos como única verdad, como nuestra excluyente realidad, empujando fuera a todo lo diferente, expulsando lo que nos aparece como una amenaza, aunque no exista evidencia al respecto.

 Nos hacemos “clones”, como uno más de los iguales de un grupo, donde la disidencia es severamente castigada y en el que se permite, por considerarse lícito, toda conducta desplegada contra quien puede ser un oponente o quien desafíe las posiciones asumidas por estos nuevos y atomizados grupos extremistas que levantan sus dogmas como los únicos válidos.

Negando que convivir con semejantes implica necesariamente tener que tolerar a un “otro”, de quienes debemos aceptar sus diferencias, erradicando toda forma de amedrentamiento. Lo contrario no sería más que abdicar ante los absolutismos moralistas o políticos, de cualquier color, renunciando al pluralismo democrático, observando siempre al prójimo como un potencial rival sin poder liberarnos de la desconfianza. De allí lo paradojal, en el sentido que una explosión de pequeños grupos que puedan alegar identidades especiales nos pueda conducir a un repliegue del sentido de lo comunitario, percibiendo sólo amenazas en quienes puedan ser concebidos como diferentes.

Cuando se nos somete a las similitudes perfectas, comenzamos a percibir las diferencias como un riesgo. Desaparecen los colores y nos ciega un gris impecable que deviene un ideal.

 Según Jacques Généreux: “Una vida encerrados entre clones nos evita ciertamente lidiar con la diferencia pero también nos impide ser felices”. Los otros, los que pueden ser distintos de los que consideramos “nosotros”, no pueden ser tenidos como una fuente de complicaciones ya que por sus diferencias nos confieren la posibilidad de reconocernos como parte de una sociedad plural heterogénea y no como una pluralidad de pequeñas sociedades homogéneas que están condenadas a compartir el mismo espacio.         

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