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Editorial: Atrévase a decir que no.

Equipo La Ventana ciudadana

Periodismo ciudadano.

Con frecuencia, en nuestras vidas personales nos vemos enfrentados a situaciones de apremio en las que, por diversas razones, nos vemos forzados a aceptar conductas que, en nuestro fuero íntimo, claramente desearíamos rechazar. Terminamos, en consecuencia, actuando contra lo que son nuestros deseos y lamentando no haber tenido el coraje necesario, en el momento oportuno, de decir claramente que No. Lo que en las vivencias individuales puede generarnos frustraciones y desánimos, más o menos fuertes según los casos, en el manejo de nuestras relaciones sociales puede adquirir tintes preocupantes.

En las sociedades modernas, la comunicación intergrupal se ha masificado y en el marco de las redes sociales las opiniones y juicios de valor han ido adquiriendo una relevancia  que va mucho más allá de la importancia que objetivamente tienen. Sin embargo, la masificación y repetición de estas expresiones nos llevan a sobreapreciarlas y a entender que constituyen la voluntad y los sentimientos colectivos mayoritarios. Así, una o dos docenas de comentarios anónimos enviados por internet,  pasan a adquirir una importancia tal que terminan influyendo en las decisiones y en el actuar  de dirigentes, autoridades y líderes de la comunidad.

Si bien es entendible que muchos caigan ingenuamente en esta verdadera trampa, ello no es aceptable en quienes han asumido o pretenden asumir responsabilidades en la conducción de la “polis”.

En un régimen democrático auténtico, se someten a la consideración de los ciudadanos diversos nombres que encarnan, aunque a veces lo nieguen o lo disfracen, visiones ideológicas de la sociedad,  que encarnan un sueño de país, que muestran un horizonte hacia el cual se desea caminar. Estas utopías, marcan un rumbo y debiera suponerse que todos los planes, programas y proyectos, debieran tener como referencia precisamente ese camino.

Sin embargo, una de las más graves carencias que han mostrado persistentemente las políticas gubernativas ha sido la despersonalización de su accionar. El mensaje que se ha entregado a la comunidad ha radicado en la denuncia constante de situaciones críticas o intolerables desde el punto de vista de la justicia social, de la equidad, de la integración, de la participación, pero con la lamentable omisión que significa el indicar cuáles son las responsabilidades concretas y específicas que a cada sujeto en particular  corresponden  en el  abordaje de los correspondientes problemas. En general, siempre se ha dado a entender que es tarea del Estado, ente que presumiblemente cuenta con una mano omnipotente dotada de recursos ilimitados, la de hacer todas las tareas  y que la función ciudadana se limita a juzgar y criticar.

Un ejemplo evidente de lo que se afirma, lo encontramos en el terreno de la educación. En las últimas décadas el país ha hecho un esfuerzo gigantesco en esta materia, en todos sus aspectos: infraestructura, material pedagógico, tecnología, remuneraciones, perfeccionamiento, equipamiento, régimen de gratuidad y becas, alimentación, locomoción, etc., pero jamás se ha escuchado un mensaje de la autoridad que llame a los actores y beneficiarios a asumir sus consiguientes responsabilidades. Sin perjuicio de las críticas que pueden hacerse respecto a la implementación práctica de todas estas medidas (bastante fundadas en múltiples casos), los resultados en cuanto a mejoramiento de la calidad de la educación y al nivel de los aprendizajes, son prácticamente nulos. Los ejemplos pueden multiplicarse ad infinitum con resultados similares.

Hasta ahora lo que se ha visto es un discurso irresponsable que busca halagar a las multitudes con promesas imposibles de cumplir. Ninguno de los candidatos que aspiran al mando supremo de la nación ha convocado a la ciudadanía a un esfuerzo colectivo que signifique para un sector erradicar sus actitudes y conductas individualistas, preocupadas solo de la satisfacción egoísta de sus apetitos, y para la inmensa mayoría  una actitud de trabajo y esfuerzo responsable para construir una patria mejor.

En la historia de la humanidad ha habido múltiples gobernantes preocupados de satisfacer a sus respectivos pueblos halagándolos de las formas más diversas. Sus nombres casi ni se recuerdan. Pero, en los albores de la Segunda Guerra Mundial, curiosamente un líder conservador, Winston Churchill, asumió el mando del Reino Unido ofreciendo a una nación alarmada y deprimida un mensaje de “sangre, sudor y lágrimas”. Sus palabras abrieron las puertas al sacrificio,  a la esperanza y a la victoria.

Las realidades actuales son sustancialmente diferentes. Sin embargo, si surgen verdaderos líderes, capaces de hablar con la verdad, capaces de convencer que la construcción de un país sin pobreza, con justicia y solidaridad solo será posible a través de un esfuerzo mancomunado, habremos roto el cerco de la inercia y nuestros hijos podrán vivir en un mundo mejor. En caso contrario, seguiremos marcando el paso  y solo la amargura y la frustración de un pueblo fracasado será lo único que podremos ofrecer a quienes vengan detrás de nosotros.

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