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EDITORIAL: EL CAMINO EXTRAVIADO

En una sociedad democrática, los distintos sectores sociales tienen el legítimo derecho a presentar sus demandas, a articularlas, a visibilizarlas, a presionar tras la búsqueda de soluciones.

No puede desconocerse, por otra parte, que muchas veces los medios formales de comunicación silencian o desfiguran estas movilizaciones entendiendo que su compromiso primordial no es con la comunidad en general sino con sus avisadores o, peor aún, con determinados grupos de interés a los cuales representan y defienden, abierta o solapadamente.

Los conflictos sociales tienen, por supuesto, un sinnúmero de matices que conviene tener presentes.

Con frecuencia las demandas o, al menos, el tiempo o la urgencia de las demandas, son determinados por grupos minoritarios cuya actuación está impregnada de audacia y que quieren entender que la inmediata radicalización de sus procedimientos los legitima y los hace respetables o temidos. Carentes de toda racionalidad, no trepidan en usar cualquier método, escudados en el anonimato, sin medir consecuencias. Las tomas infinitas, acompañadas del daño a los bienes públicos o de las instituciones a las cuales dicen defender, constituyen su herramienta de trabajo. La absurdidad de sus conductas la muestra un eslogan visto en la Universidad de Concepción; “Facultad en toma, hasta el socialismo”.

Se desconoce, por otra parte, que entre los manifestantes y quienes están llamados a dar respuesta a sus demandas (Gobierno, Municipios, autoridades universitarias….),  hay un mundo de personas concretas y reales que terminan siendo las víctimas inocentes del conflicto. No se trata solo de estudiantes que simplemente desean tener clases o adquirir una formación técnica o profesional adecuada sino de personas que necesitan sus documentos para trámites impostergables o, lo peor, de personas a las cuales se les niega el derecho a la salud, a la atención médica que han estado esperando por meses y meses. ¿Hay algo tan extremo que pueda justificar un paro indefinido de los trabajadores de la salud? Frente a estos procederes, hay un  mundo que no grita, que no destruye, que no dispone de cobertura mediática, que está integrado muchas veces por niños o por ancianos,  los más pobres de entre los pobres, que se transforma en rehén de grupúsculos anónimos e irresponsables.

La democracia, es obvio, reclama autoridad no para mandar sino para ejercer su cargo y sus funciones con racionalidad y sentido de la eficiencia y de la urgencia. Otra pregunta: ¿Hay algo que justifique que luego de cinco años una escuela siga funcionando en insalubres contenedores? ¿Hay algo que explique que en un establecimiento educacional no se reparen los baños o las techumbres?

Una comunidad viva, organizada, debe exigir soluciones y respuestas. Hay muchos caminos para alcanzarlas. Pero, abusar de la violencia, secuestrar de hecho a los indefensos para así presionar, no es la vía conducente a los objetivos perseguidos. Ese es claramente un camino equivocado.

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