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Editorial: ¿Estaremos perdiendo la razón?

Equipo La Ventana ciudadana

Periodismo ciudadano.

A pesar de todos los pesares, históricamente Chile se caracterizó por ser un país razonable. Aun cuando nuestra sociedad siempre fue una sociedad segregada, social y económicamente, lentamente pero en forma constante experimentó progresos significativos. El surgimiento del mutualismo, la paulatina ampliación de los derechos electorales, el desarrollo del movimiento sindical, la educación primaria obligatoria, el creciente acceso de la mujer a los derechos civiles y políticos, la sindicalización campesina, la reforma agraria con la incorporación de una inmensa parte de los habitantes del país a una sociedad moderna, constituyeron hitos irreversibles.

Absurdo sería olvidar que estos pasos se dieron con la férrea oposición de los “conocidos de siempre”, reacios a toda alteración del orden establecido que pudiera poner en riesgo los privilegios que consideraban propios y naturales.

La República consiguió, así, afianzar un régimen político democrático que generó un marco de respeto básico para las personas, pero, en la construcción de este camino debió enfrentar persistentes obstáculos tales como conatos de sedición, golpes de Estado, guerras civiles y una prolongada e inolvidable dictadura militar sustentada y aplaudida por los gremios empresariales. A partir de entonces, se observó una declinación sustantiva de las organizaciones sindicales y sociales en general y se pudo constatar un claro retroceso en el espíritu comunitario y una regresión a las conductas individualistas más extremas.

Por su parte, la juventud chilena se mantuvo en un pasivo segundo plano con la salvedad del estamento universitario capitalino que en su momento se volcó a las calles a luchar contra el régimen de facto del general Carlos Ibáñez del Campo.

De esta forma, dos de los principales estratos de la sociedad, el de los asalariados y el de los estudiantes, dejaron de jugar el rol importante a que estaban llamados. Los trabajadores abandonaron la participación en sus organizaciones y circunscribieron sus acciones a las luchas reivindicativas por sus intereses grupales o sectoriales. Su espacio fue ocupado por movimientos hasta entonces ignorados por la autoridad y, de esta manera, los “sin casa”, los “deudores habitacionales”, los integrantes de comités “pro empleo” y “por pensiones dignas”, entre muchos otros, se volcaron a las calles luchando por sus específicas demandas.

Sorpresivamente, a inicios de la presente década, de forma relativamente espontánea, emerge el movimiento estudiantil de la enseñanza media, el cual logra una amplia convocatoria y a poco andar suma a su causa a las federaciones de estudiantes de la educación superior en un accionar que se reúne bajo el paraguas de la aspiración a una educación “gratuita y de calidad”.

En una sociedad democrática, el hecho de que sus diversos actores manifiesten sus aspiraciones y luchen por concretarlas, en vez de ser considerado algo preocupante debe ser visto como la expresión de una comunidad inquieta, que está viva, que exige de sus representantes y autoridades respuestas prontas y eficaces, que quiere eliminar la sensación ambiente de que se vive en un mundo de elites privilegiadas que pueden abusar, atropellar y discriminar impunemente.

Hasta ahí todo bien.

El problema surge cuando se pierde la racionalidad y se llega a un punto cero en que se cree que para alcanzar un fin todo medio es lícito, simplemente porque en ese momento se entra en una espiral incontenible, marcada por la violencia contra las personas que no piensan de forma semejante, por el amedrentamiento colectivo y por el desconocimiento de principios fundamentales que constituyen el símbolo de un secular proceso civilizatorio.

Es imprescindible plantear que, ante todo, la sociedad, a través de sus diversos actores (sociales, educacionales, comunicacionales, culturales), debe revalorizar la democracia como régimen político y como marco de convivencia. Pese a sus defectos, no se ha ideado sistema alguno con capacidad para asegurar de mejor forma el respeto a los derechos de las personas y para hacer posible la equidad y la solidaridad. Ello implica un compromiso con el estado de Derecho, cerrando puertas a los francotiradores que desde la política o desde la farándula irresponsable, buscan incentivar la anarquía y el uso de la fuerza para imponer sus propósitos en desmedro de la razón y de principios básicos de relaciones interpersonales.

Hasta ahora, se ha hecho casi normal el recurso a las tomas de caminos, puentes, servicios públicos, colegios, templos, etc., para imponer puntos de vista que si bien pueden ser legítimos y justificados, responden a intereses particulares o sectoriales que deben ser atendidos en el contexto de políticas más complejas. Extrañamente, en el plano de la educación superior se han presentado situaciones grotescas en las cuales grupos indudablemente minoritarios, han ocupado escuelas y facultades y tras semanas y hasta meses, proclaman que “ahora” se reunirán para redactar el petitorio que formularán. Peor aún, se han visto numerosos casos en que la mayoría de la comunidad estudiantil ha decidido el retorno a clases y esas minorías han desconocido tontamente los acuerdos alegando que su contraparte no ha tenido una debida comprensión de los problemas. Más allá, se llega a desconocer principios que constituyen la esencia misma del avance civilizatorio como el derecho a la defensa, la proporcionalidad de las penas, la legalidad (delito y pena deben estar establecidos con antelación a la ocurrencia de los hechos), que una persona no puede ser juzgada y castigada dos veces por el mismo hecho, etc., en un juego irracional y enfermizo injustificable que obliga a recordar los momentos más siniestros de las tiranías y de las “revoluciones culturales” que ha vivido el planeta.

El retorno a la vivencia real de una convivencia civilizada, debe ser impuesto por la inmensa mayoría de la ciudadanía. El marco de la represión autoritaria (que implicaría responder a la irracionalidad y al descriterio con más irracionalidad y descriterio) no es, por supuesto, el camino. Las personas que quieren una sociedad más equitativa, justa y solidaria, deben asumir sus responsabilidades y contribuir a crear un clima cívico en que prime el respeto y la razón.

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4 Comentarios en Editorial: ¿Estaremos perdiendo la razón?

  1. Muy buena Editorial, buenos artículos en esta y otras ediciones.
    Felicitaciones al equipo de La Ventana Ciudadana

  2. Un clase magistral de historia cívica.
    La destrucción de las instancias de representación social, el deterioro de las instituciones ha remecido y rebajado la institucionalidad , ello provoca un resquebrajamiento de los deberes y derechos ciudadanos provocando un des-compromiso por los históricos valores de identidad que un día tuvimos.
    Todo lo anterior con la intervención y sagacidad de un Neo-liberalismo que incide en nuestras conductas, haciendo del señor dinero y el individualismo la búsqueda de la mayoría.

  3. El descalabro actual en Chile y la corrupción generalizada que estamos sufriendo es, sin duda, herencia del golpe civico-militar y del modelo experimental impuesto por los Chicago boys con las nefastas enseñanzas del Sr. Friedman. Está demostrado que el Sr. Mercado ha regulado absolutamente nada y nos tiene sumidos en un caos de muy difícil reversión. Ese modelo no fue cambiado por los gobiernos de la concertación y de la nueva mayoría, que no ‘dieron el ancho’. Tampoco lo está dando el actual gobierno que anda de ‘tumbo en tumbo’ siguiendo aguas y operando con un modelo derrumbado que no tiene otro destino que la destruccion paulatina e inexorable de Chile, como bien ha diagnosticado Alberto Mayol en su libro “El derrumbe del modelo”. Concuerdo con el enfoque del editorial y con los puntos de opinión de Augusto Dueñas.

  4. Es un artículo escrito con muy buena intención pero que deja interrogantes serias, entre otras:
    1. La peor y más sanguinaria dictadura de la historia chilena no fue por acaso la de Augusto Pinochet y no la de Carlos Ibáñez ?
    2. La degradación moral de las instituciones, derivada en su mayor parte de esa dictadura cívico-militar no sería un caldo de cultivo para movimientos individualistas e irresponsables así como para el aumento de la corrupción, donde las elites (inclusive los altos escalones de las llamadas “fuerzas del orden”) son el mayor “ejemplo” ?
    3. La defensa intransigente, arrogante y descarada de los partidarios de esa dictadura de las acciones violentas y de los crímenes de todo tipo cometidos por la misma, registrados y reconocidos mundialmente, no sería también un caldo de cultivo para más odios e intolerancias ?
    4. La forma como foi dado ese golpe cívico-militar, con apoyo financiero, político y militar explícito de potencia estranjera (EE.UU., administración Nixon-Kisinger) y grupos económicos multinacionales, hecho también registrado y sabido mundialmente ( divulgado hasta por la prensa de EE.UU), no estarían contribuyendo también para esa degradación general ?
    5. No sería algo realmente grave y preocupante la divulgación mundial (muy tardía) que continúa en estos últimos días hasta contráfico de guaguas robadas y tráfico en grande escala de cocaína, o sea, de la acumulación interminable de crímenes de la dictadura, defendida por los que hoy gobiernan el país ?
    6. Y la corrupción registrada en la justicia de altos personeros gobernando asi como de altos oficiales delas “fuerzas del orden” no estaría también contribuyendo para esta “sinfonía” de la decadencia de la Democracia y de la convivencia civilizada, en la práctica ?.

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