El Poder del dinero, no debe ni puede prevalecer ni estar por sobre la ética, los valores ni el bien común.
Actualmente nos leen en: Francia, Italia, España, Canadá, E.E.U.U., Argentina, Brasil, Colombia, Perú, Ecuador, Uruguay, Bolivia y Chile.

Editorial: Focos, enfoques y desenfoques

Equipo La Ventana ciudadana

Periodismo ciudadano.

Todas las sociedades enfrentan demandas, retos y desafíos de variada envergadura, que son propios de su realidad, de su evolución y, lamentablemente, también de su entorno. Naciones que,  desde nuestro propio ángulo,  observamos  e incluso envidiamos, por considerarlas como “sociedades satisfechas”,  viven sus propias angustias y cuestionamientos que van más allá de la materialidad, de la tecnología y del consumo y tocan a la esencia misma del ser humano, de la vida en comunidad.

Los países nórdicos,  al igual que Japón, con elevados niveles de ingreso, con rangos bastante aceptables de equidad, con sus problemas de subsistencia, habitación y educación casi totalmente resueltos, ven surgir en su seno  variados problemas que van corroyendo el tejido social  y que presagian días oscuros. El ensimismamiento de los individuos, el aislamiento, la destrucción de los grupos familiares, el sinsentido de sus vidas personales, llevan a conductas de agresividad con violencia en contra de sí mismos (altas tasas de suicidio, droga y alcoholismo) o en contra de sus semejantes en actos cada vez más frecuentes de matanzas colectivas.

Los países de Europa Occidental se desvelan, por su lado, ante la amenaza incontrolable de la inmigración procedente de naciones africanas sumidas en la pobreza y cuya pavorosa realidad actual proviene, sin duda, en gran medida, de la explotación sangrienta que de sus riquezas por parte de las mismas naciones que gozan hoy de altos niveles de vida.

En otro frente, los Estados Unidos de América, convertidos en la mayor potencia económica y  militar del mundo,  pese a su poderío y estadísticas que marcan un ingreso per cápita superior, albergan en su interior una cifra que oscila entre los 30 y los 40 millones de pobres de los cuales más de un tercio encajan en lo que se conoce hoy como extrema pobreza. Con un presidente incalificable que,  en su patológico egocentrismo solo busca satisfacer a los sectores más retrógrados de la sociedad estadounidense, el país avanza hacia una crisis social de magnitud al exacerbar el supremacismo blanco, el racismo antiafro y antilatino,  y al procurar abolir toda política igualitarista mínima como el “obamacare” (que garantiza un mínimo de atención de salud a todos los ciudadanos),  solo para favorecer a los grandes consorcios económico-financieros del sector. A ello se suma el grave conflicto generado a raíz de  la desatada guerra comercial con la República Popular China que ya está afectando a casi todos los países del mundo y que, paradojalmente, nos muestra que un gobernante  que tiene como obsesión fija al gobierno venezolano de Maduro hasta aquí se desempeña como el más inmaduro de los mandatarios en cuanto  la inmadurez significa lisa y llanamente no tener la capacidad suficiente como para discernir las consecuencias que derivan de los propios actos. Su contribución a la inestabilidad del mundo contemporáneo y su aporte a la fragmentación de la sociedad norteamericana cuyos miembros se ven cada día más como enemigos los unos de los otros, crean una nueva realidad que perdurará por décadas.

Del bosquejo hecho en las líneas precedentes, surge naturalmente una pregunta:

¿Será posible construir una sociedad distinta?

En teoría, la respuesta es afirmativa.

El problema radica  en “el cómo” y en imaginar “cuánto tiempo” será necesario para lograrlo.

Toda construcción social, implica comprometerse con una utopía y toda utopía reclama cimientos sobre los cuales asentarse. Tales bases pasan por la definición de ciertos valores fundamentales que las naciones vayan asumiendo paulatinamente como el ideario común que lealmente comparten y a través del cual se relacionan y respetan.

Aunque a muchos esto les choque y les sea muy fácil motejarlo de irreal, edificar una nueva sociedad implica necesariamente un cambio cultural con el objeto de fijar en la conciencia colectiva una renovada forma de pensar que signifique un avance civilizatorio.

Tras el término de la Segunda Guerra Mundial,  pareció posible avanzar progresivamente en el cumplimiento de  esta tarea asentando las bases sobre un denominador común: El respeto irrestricto a la dignidad de todos  los seres humanos,  expresado en el sagrado reconocimiento de sus derechos fundamentales sin distinción de género, edad, raza, religión, convicciones políticas, constituía un piso aparentemente sólido. Pero, siete décadas bastaron para erosionar ese fundamento basal y los intereses políticos y económicos terminaron por corroer un andamiaje que resultaba imprescindible en vistas a un mundo más humano.

Por supuesto, levantar una sociedad que no tuviera en el consumo ilimitado su razón de ser, que respetara asimismo la naturaleza como herencia que obligatoriamente debiéramos dejar a nuestros descendientes, que tuviese la capacidad de distribuir equitativamente los bienes disponibles, que tuviera en la solidaridad un valor de primerísimo rango, solo será posible si cada ser humano logra tener la convicción de que todo otro ser humano tiene la misma dignidad y los mismos derechos.

¿Seremos, como humanidad, capaces de avanzar en este camino?

Es difícil. El sendero es largo. Pero si no  lo empezamos a transitar ahora, entonces ¿cuándo?

Recuerda que puedes seguirnos en facebook:

Déjanos tu comentario:

Su dirección de correo electrónico no será publicado.

*

Sé el primero en comentar

sertikex-servicios-informáticos www.serviciosinformaticos.cl