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Editorial: Las redes imperceptibles del poder.

Equipo La Ventana ciudadana

Periodismo ciudadano.

2017 fue un año particularmente complejo para el país. Más allá de ser un período de elecciones presidenciales, parlamentarias y de consejeros regionales (lo que, por supuesto, ya estaba  anotado en el calendario), los doce últimos meses mostraron una crisis política en el oficialismo que lo condujo a una inesperada y humillante derrota;  un clima generalizado de pesimismo en lo económico;  un debate poco claro en el plano de la reforma educacional (iniciativa estrella del Gobierno);  y hechos específicos de extrema gravedad como los relativos al Servicio Nacional de Menores (que implicaron hasta la pérdida de vidas humanas)  y a la carencia de  políticas públicas en materia de infancia.  Sin duda, hay más hechos, muchos más.

Sin que se pretenda desconocer una realidad que es evidente, resulta preocupante constatar que los principales medios de comunicación del país trabajan constantemente en la creación de “un clima de opinión” favorable a los grupos de interés que representan.

En la esencia del periodismo éticamente correcto está la separación clara entre “la información”  y “la opinión”.

Un mínimo de respeto al lector, al receptor, implica entregarle una adecuada descripción de “los hechos”, con datos concretos y confiables, de tal forma que cada persona pueda formarse su propio juicio de valor acerca del mensaje que está recibiendo. Esto, que en principio  pareciera muy claro, obviamente se desdibuja en el tratamiento práctico que se le da a la información. La forma en que se titula cada nota, el tenor de las preguntas que se formulan a un entrevistado (conteniendo aseveraciones categóricas en materias plenamente cuestionables), el relieve que se le da a ciertos temas, el ocultamiento deliberado de informaciones incómodas, constituyen, cual más, cual menos, muestras palmarias de una deshonestidad profesional grave.

En el mundo del periodismo, existen periódicos “de trinchera” destinados a promover determinados proyectos políticos, económicos, ideológicos, religiosos. Es bueno, y propio de una democracia, que tengan espacios dentro de la sociedad para que, al final del día, sean los ciudadanos quienes los escojan o desechen de acuerdo a sus personales puntos de vista  o intereses. Sin embargo, el problema pasa a ser preocupante cuando la prensa que se presenta como “seria e independiente” busca sibilinamente engañar a su público pasándole,  de contrabando, como si fuesen verdades absolutas e indiscutibles, opiniones que no constituyen  sino el parecer individual o grupal de personajes adscritos a ciertos círculos de poder. Los grandes diarios europeos y estadounidenses no tienen empacho alguno  en definirse editorialmente por una determinada opción política pues saben que seguirán contando con la plena confianza y el respeto de lectores que los consideran honestos y transparentes.

El siglo XXI ha instalado en un lugar destacado el concepto de “post verdad” en que se privilegian “las sensaciones” por sobre “los hechos objetivos”. El mismo término señalado es claramente engañoso, toda vez que en su acepción literal da la idea de algo posterior a la verdad, encubriendo su naturaleza misma que es “la no verdad”.

Si bien ello resulta explicable en el mundo de hoy en que han ido ocupando un lugar preeminente  las redes sociales (manejadas sin filtro y sin responsabilidad), el que los medios formales de comunicación actúen de hecho y casi confabulados en la instalación de “sensaciones sociales” a su amaño resulta fuertemente condenable.

Cuando se tiende permanentemente a destacar las opiniones de “los expertos” como si fueran “la” verdad;  cuando se hacen referencias  a entidades nacionales y extranjeras ocultando su naturaleza política e ideológica; cuando los mismos medios se referencian y destacan mutuamente buscando crear  la idea de que todo el mundo coincide en determinados juicios; claramente la democracia misma está en problemas.

En torno al duopolio de la prensa escrita y de los grupos económico-financieros que controlan los principales canales privados de televisión, se ha ido articulando, paso a paso, toda una acción tendiente al control del espectro radial, lo que hace posible cerrar el círculo de mutuo apoyo y mutua alabanza.

De esta forma, la información de interés general es manipulada. Si el lector,  el auditor, el telespectador, son constantemente bombardeados con informaciones policiales y programas complementarios, es obvio que se generan temores e inseguridades  en la población. De la misma forma, se puede manejar la información relativa a la educación, estructurando rankings que esconden sesgados propósitos. Por ejemplo: ¿Es honesto comparar los resultados de un colegio de elite, radicado en algún distrito del lujo, que presenta 20 alumnos a la PSU, con un establecimiento público que no selecciona, y cuyos 600 alumnos presentados  vienen de los más variados estratos sociales? Por supuesto, es posible señalar innumerables casos más. Lo importante es lograr que el ciudadano vaya paso a paso descubriendo como están entrelazadas las redes del poder y como trabajan incansablemente en producir verdades artificiales que se terminan por aceptar y asumir.

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