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Editorial: Los graves problemas de la soberbia

Equipo La Ventana ciudadana

Periodismo ciudadano.

Desde el mismo día en que Bachelet inició su segundo mandato, los derrotados sectores de la derecha ( o de la centro-derecha ) se abocaron a la tarea de hacer una dura oposición a la mandataria con la permanente colaboración de los medios de comunicación tradicionales que les han sido siempre afines. Su esfuerzo encontró terreno fértil en la clara ineptitud que mostraron los equipos de la mandataria para aterrizar las reformas en los planos político, tributario y educacional, de tal forma que en muchos aspectos generaron desilusión y desazón especialmente en los grupos de nivel medio de la sociedad.

El entonces ex presidente Sebastián Piñera instaló de inmediato su comando en las míticas oficinas de Apoquindo 3000 y con la colaboración incondicional de un equipo multipartidista preparó el terreno para regresar a La Moneda. Se habló entonces de un “gabinete en la sombra” que se preparaba para ejercer el poder evitando incurrir en los errores de su primer gobierno. Sus acciones tuvieron éxito al lograr un rotundo triunfo electoral que, a partir de los desaciertos del período de su antecesora, se estructuró en torno a dos “ideas fuerza”: seguridad ciudadana y capacidad técnica para manejar la economía, englobadas en el eslogan de los “tiempos mejores”.

Lamentablemente, al cierre del año 2018 los resultados han sido decepcionantes para la población. El gobierno “Piñera 2”, luego de doscientos cincuenta días en el cargo, todavía no termina de instalarse. Numerosas designaciones importantes en funciones políticas, administrativas, diplomáticas, permanecen vacantes, hecho que puede explicarse o por la carencia de equipos adecuados o por el ya indesmentible conflicto constante entre los dos principales partidos que sustentan al Gobierno. Más aún, en los ocho meses transcurridos más de 60 nominados para funciones ministeriales, diplomáticas, de gobierno interior o de seremías, se han visto obligados a dejar sus cargos, hecho grave si se considera que el período constitucional presidencial de cuatro años es extremadamente breve.

En materia de seguridad ciudadana, es evidente que se ha llegado a una crisis de muy difícil manejo. Sus antecedentes se remontan a bastantes años atrás, sin duda. Se trata de una “crisis de Estado” que difícilmente podrá ser enfrentada con éxito si no se concreta a la brevedad un camino de auténtico diálogo que considere la participación amplia de diversos actores sociales y políticos. Los dos grandes temas a trabajar (Carabineros y Causa Mapuche) exigen una nueva forma de mirar las cosas, más allá de las meras reformas administrativas o de políticas represivas que solo conducen a incendiar la pradera.

Por otro lado, en materia de gestión económica los resultados son prácticamente nulos e incluso negativos en diversos aspectos. Nadie puede dejar de recordar que, en Octubre de 2017, el presidente de la Bolsa de Comercio y aportante generoso de la campaña, Juan Andrés Camus, anunciaba que “la probabilidad de que tengamos un colapso en el precio de las acciones es alta si no gana Sebastián Piñera”. Pues bien, al cierre del 2018, la Bolsa chilena registra caída del orden del 8,3% (las mayores en seis años); los ahorros en los fondos previsionales que los chilenos obligatoriamente deben mantener en las AFP sufren también significativas pérdidas; el desempleo aumenta nuevamente; y, según índice elaborado por ICARE y Universidad Adolfo Ibáñez, la “confianza empresarial” vuelve a caer y se mantiene “en zona pesimista”.

El problema mayor del actual Gobierno radica en su incapacidad para situarse en el mundo real, en el Chile “de verdad”. Aunque pareciera disponer de todas las herramientas para cumplir un buen manejo macroeconómico dentro del marco del modelo vigente, la obsesiva pretensión de gobernar según las encuestas le está causando un deterioro de marca mayor.

La desazón cunde. Cuando no se cumple ni un año de mandato, sus partidarios se destrozan mutuamente generando más de una docena de aspirantes a sucederlo. Un senador oficialista increpa: “Ya no podemos seguir echándole la culpa de todo al Gobierno anterior”. La mitad de los ministros registra bajos niveles de conocimiento y alta desaprobación en su gestión. Importantes actividades económicas cierran dejando una secuela de cesantía en las localidades en que estaban asentadas. Pese a las palabras, el nepotismo y la amistocracia siguen imponiéndose.

El soberbio discurso en que desde un escritorio en el barrio alto de la capital se dictaba cátedra, ha quedado obsoleto. Sin perjuicio de la crítica a un modelo económico y social individualista, al país le interesa que al Gobierno le vaya bien. Ello exige que se corten las amarras que lo atan a los privilegios y a los intereses creados; que se tomen decisiones claras y que se avance hacia una sociedad más inclusiva y participativa.

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