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Editorial: Mi banderita chilena

Equipo laventanaciudadana.cl

Periodismo ciudadano.

Con la llegada de septiembre, parece que la patria floreciera. En las plazas se venden banderitas tricolores de plástico contaminante hechas en China, niños y niñas se visten con trajes típicos, en algunas plazas o calles se cantan tonadas tradicionales y se baila cueca, la locomoción colectiva se engalana también con banderas y las vitrinas comerciales se adornan con guirnaldas que entrelazan el blanco, el rojo y el azul.

Cualquier forastero o cualquier migrante que llega a este país, se forma de inmediato la idea de que Chile tiene un acendrado patriotismo pero ¿será tan así?

Un análisis conceptual mínimo lleva a considerar que existe un país en los casos en que una comunidad humana se asienta sobre un territorio  y se da una institucionalidad político-jurídica que le permite proclamarse como soberano, es decir con capacidad de autodeterminarse.

El territorio de cada Estado puede sufrir alteraciones a lo largo de su historia, ya sea por causas naturales, políticas o bélicas. La institucionalidad, asimismo, puede variar por diversas razones e incluso se puede perder la soberanía al ser sometido  al dominio de Estados más fuertes y poderosos. Sin embargo, finalmente es la comunidad de seres humanos que pueblan un determinado  espacio del planeta lo que constituye la esencia de un país.

Tradicionalmente a este grupo se le caracterizaba por compartir un pasado, es decir por tener un origen común  marcado por su raza, por su lengua, por sus costumbres, por su historia, por sus mitos y creencias, por su cultura, todo lo cual configuraba un acervo que lo marcaba y lo distinguía de otras agrupaciones que tenían sus propio patrimonio y características. Mas, en la era moderna las migraciones, los desplazamientos voluntarios o forzados, la búsqueda de nuevas oportunidades, la globalización de la información y de las comunicaciones, el desarrollo científico y tecnológico, son algunos de los factores que han llevado a que cada una de estas comunidades se haya reconstruido bajo el parámetro de la heterogeneidad.

Nuestro mundo ha pasado a ser diverso. En las calles y ciudades nos encontramos con frecuencia con centenares de personas cuya tez es más morena o más rubia, cuyo dejo y acento nos llaman la atención, cuyo idioma desconocemos. No son ni mejores ni peores, solamente son distintos, tan distintos como lo fueron en tiempos remotos nuestros antepasados de procedencias distantes que, por razones buenas o malas,  que muchas veces ignoramos, llegaron hasta este suelo entonces  sin nombre.

Las cosas claras: La esencia del país radica en su comunidad humana, integrada por todos los que hoy vivimos en este territorio, por nuestros padres  y ancestros que llegaron hasta acá buscando construir una esperanza, por las mujeres y hombres que habitaban desde antes  en este suelo muchos de los cuales  a su vez también vinieron  desde otros lugares, por los migrantes que ven  la posibilidad de abrir un camino a sus familias y a sus hijos, y, también, por los cientos de miles de chilenos  esparcidos por todo el mundo y que en su añoranza  reconocen aquí sus raíces.

Las cosas son así. Esa es la realidad que nos demuestra palmariamente que lo que reconocemos como “nuestra patria” no es más que un paisaje que nos ofrece innumerables posibilidades pero que reclama nuestro esfuerzo y nuestra responsabilidad.

Trabajar día a día por nuestro desarrollo personal, familiar y social es nuestra obligación la que está indisolublemente unida a la realidad y al destino de los demás. Yerran el camino aquéllos que creen que pueden construir sus vidas en barrios segregados, protegidos por cercos, alambradas, alarmas y drones; que sueñan con un Estado  que castigue implacablemente  y encarcele a diestra y a siniestra; que piensan que sus privilegios y abusos constituyen un derecho intocable; y que no logran entender  que una buena vida en sociedad solo la podemos edificar sobre bases sólidas de equidad social.

Los problemas que vive la patria, “nuestra patria”, son graves, acuciantes, persistentes. Se hace necesario enfrentarlos y esa responsabilidad no solo es de los gobernantes (los cuales elegimos con nuestro voto o con nuestra cómoda y cobarde abstención) sino que es de cada uno de quienes habitamos este suelo. Cuando optamos por el camino de la violencia expresada en las tomas, el daño y la destrucción, en las injurias y las groserías manifestadas en el amargo correo anónimo, en la prepotencia del conductor que se cree con el derecho de abrirse camino a como dé lugar, en la agresión intrafamiliar, etcétera, etcétera, estamos destruyendo el tejido social y construyendo una realidad cargada de odiosidad que será la herencia que dejaremos a nuestros hijos.

Las “fiestas patrias” deben ser algo más que un baile, un desfile y un agitar de banderas. Si algún significado real pueden tener es ayudándonos a aprender a convivir sobre bases de solidaridad, de  justicia y de respeto mutuo. Solo caminando en esa dirección, será posible que realmente podamos llegar a ser una nación.

Si no somos capaces de emprender ahora mismo un camino que implique tomar conciencia de lo que nos está sucediendo, si no somos capaces de construir una cultura en que nos apreciemos como personas solidarias a las cuales los problemas de los demás sí que nos importan, difícilmente podremos llegar a ser una verdadera comunidad humana.

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1 Comentario en Editorial: Mi banderita chilena

  1. Elogio!!!….
    Agradecerlos la calidad de las ilustraciones que adjuntan a mis escritos.son relmente valiosos.sobre todo en el caso del texto a la «santa compaña» realmente dificil.
    Casi parece que me han acompañado al bosque de pontevedra dónde esta narración es muy respetada.
    va un apertas muy grande
    (ya saben que apertas en gallego significa…abrazo)

    Gladys Semillán Villanueva…Argentina

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