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EDITORIAL. PALABRAS ESDRÚJULAS: ÉTICA, POLÍTICA Y ESTÉTICA

Equipo La Ventana ciudadana

Periodismo ciudadano.

Los conceptos de Ética,  Política y Estética,  pueden aparecer bastante diferenciados entre sí pero en los hechos se encuentran coincidiendo en diversas situaciones concretas.

La Ética  es la ciencia que estudia el origen, fundamentos, evolución,  de los principios morales que permiten precisar cuándo una conducta humana puede ser estimada  buena o mala. La Política, por su lado,  implica,  en buenas cuentas,  una actividad orientada al gobierno de la sociedad tras la consecución de determinados fines. La Estética es, en lo básico, la ciencia que trata lo relativo a la percepción y apreciación de la belleza.

La clásica definición de Aristóteles que concebía la política como un “arte”,  ha sido tradicionalmente cuestionada ya que el “arte”,  como expresión de lo bello,   está sometido a criterios de esteticidad y no a juicios de valor relativos a su bondad o maldad. Al contrario, la Política,  que por su naturaleza misma implica la realización de acciones humanas  en procura de ciertos objetivos, debe estar permanentemente sometida a una evaluación moral tanto en relación con los propósitos perseguidos como en cuanto a los medios y herramientas que se utilizan.

Al juzgar la actividad política, la palabra “moral”, de hecho, causa más de alguna molestia ya que se la vincula al respeto de ciertas normas o preceptos religiosos. Precisamente, uno de los grandes problemas de la filosofía a través de la historia ha radicado en determinar si es posible alcanzar, solo a través de la razón, independientemente de convicciones o creencias personales, con cierto nivel de aceptación generalizado, que, a lo menos en teoría, pueda precisar un “mínimo común denominador ético”.

Hoy es posible coincidir en que las acciones humanas debieran tender a hacer el bien y a evitar el mal, es decir a evitar toda actividad que pueda  causar daño injustificado a nosotros mismos, a  nuestros semejantes, a otras especies e incluso al medio ambiente. Ese criterio podría constituir el piso a partir del cual pudiera desarrollarse una comunidad política  decente.

Ciertas acciones antiéticas que la sociedad considera especialmente graves son transformadas en delitos penales y, en consecuencia, son sancionadas con las penas previstas en la ley. Ahora bien, cabe preguntarse: A los políticos, a las personas que aspiran a gobernar la “polis”, a los partidos, ¿debe exigírseles el mero acatamiento de la ley o es dable exigirles el cumplimiento de algunos principios éticos fundamentales?

Es obvio que el Estado, al ejercer su poder punitivo, solo puede perseguir conductas que han sido previamente penalizadas. Sin embargo, la comunidad de los ciudadanos tiene pleno derecho a exigir el respeto de ese mínimo ético a que anteriormente hacíamos referencia.

Cuando los parlamentarios en ejercicio usan y abusan de las asignaciones parlamentarias en teléfonos, oficinas, seudoasesorías legislativas, viajes injustificados, es probable que estén actuando dentro del marco de la legalidad pero no hay duda alguna que se están apropiando en beneficio propio de recursos que les han sido entregados con el específico propósito de ejercer adecuadamente sus mandatos. Cuando los funcionarios del Estado (Gobierno, servicios, empresas públicas,…) no ejercen responsablemente sus funciones y utilizan los cargos para fines particulares o partidarios, apropiándose disimuladamente de recursos  del patrimonio público, aunque lo hagan conforme a la ley, están violando principios éticos. Cuando los personeros públicos piden y reciben recursos de parte de grupos de interés a los cuales deben controlar y vigilar precisamente para proteger al ciudadano indefenso, aunque argucias abogaciles o el transcurso del tiempo los exima de penas, es claro que están  incurriendo en inmoralidades. Cuando, bajo la adecuada asesoría contable y tributaria, se burlan impuestos exportando subrepticiamente  recursos a paraísos fiscales, se constituyen sociedades de papel que incluyen como socios a infantes e impúberes para eludir tributos, se pasan  como gastos destinados a producir la renta  lo que son claramente gastos personales, sin duda que hay conductas moralmente condenables.

Asimismo, hay  costumbres de las elites políticas y empresariales que se ven estéticamente muy feas. Cuando los  parlamentarios electos corren a radicarse   en los barrios más selectos de la capital alejándose de sus orígenes y de sus representados, cuando un empresario que a duras penas paga el salario mínimo a sus trabajadores se pasea por el distrito del lujo,  se compra departamento de 900 metros cuadrados a un precio que supera largamente el millón de dólares o un  auto de cientos de millones de pesos solo para hacer ostentación, es claro que no sólo hay un problema ético sino también un problema estético.

Aunque muchos no lo noten, la verdad es que los tiempos, poco a poco, han ido  cambiando. La comunidad ya no permanece  impertérrita ante  situaciones de abuso y escándalo y sin duda que pronto llegará la hora en que la sanción social será inevitable. Una ciudadanía  activa y vigilante hará retornar la sensatez a su adecuado cauce. Una cultura de austeridad y sobriedad, de valoración  del trabajo, de respeto a los derechos de los demás, terminará por imponerse.

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