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Editorial: ¿Qué nos espera a la vuelta de la esquina?

Equipo La Ventana ciudadana

Periodismo ciudadano.

Las próximas elecciones, ya sea que concluyan en primera o segunda vuelta, tienen una enorme importancia para el desarrollo futuro del país. Aunque un número significativo de personas manifieste que no le gusta la política o un número aún mayor se abstenga de participar,  arguyendo indiferencia, flojera o la escasa significación que tiene su sufragio individual, es evidente que el resultado final traerá consecuencias.

En esta coyuntura se presentan hechos preocupantes.

Uno de ellos, es que José Antonio Kast, candidato que claramente representa a los sectores más extremistas de derecha, pretenda que al balotaje pasen dos candidatos del sector. Obviamente, tal idea reiteradamente expresada no tiene asidero alguno en la realidad. Pero,  si ello fuera posible (el mecanismo electoral puede dar una posibilidad de esta naturaleza)  implicaría en los hechos una exclusión no inferior al 50% de los ciudadanos afines a visiones diferentes de la sociedad con las consecuencias prácticas que son fáciles de imaginar.

Otro hecho llamativo lo han protagonizado sectores cercanos al postulante que encabeza, por el momento, las encuestas. La campaña comunicacional del gobierno llamando a las personas a concurrir a sufragar, ha sido calificada de “intervencionismo electoral” lo que resulta sorprendente ya que una democracia consolidada exige los más altos niveles de participación y de compromiso cívico. El solo hecho de buscar obtener un triunfo sobre la base de altos niveles de abstención representa un mensaje profundamente negativo que causa grave daño a la comunidad política. Incluso el comentarista político de “El Mercurio”, John Müller ha señalado que “vencer dejando en la casa al adversario” puede llevar a que “la votación sea tan baja, que la legitimidad de los cargos surgidos de esta elección resulte cuestionada”.

En el mismo sector, tras las reuniones  del abanderado con representantes de minorías que reclaman el reconocimiento de derechos que estiman que legítimamente les corresponden, la presidenta del gremialismo ha señalado categóricamente que su colectividad en ningún caso acompañará al eventual futuro presidente en concesiones que éste pudiera hacer a estos grupos y que estén en contradicción con los principios valóricos del partido.

Tampoco, en el ámbito contrario las cosas se ven bien aspectadas. Las encuestas parecen haber contribuido a clarificar quien será el segundo nombre que tomará parte en el balotaje,  pero la necesidad imperiosa de captar los sufragios logrados por los demás postulantes ha derivado en llamados ambiguos que pretenden encontrar eco en grupos cuyos proyectos son claramente contradictorios e incompatibles.

Una alternativa no descartable es que quien gane la elección presidencial deba enfrentarse a una mayoría parlamentaria adversa o a un fraccionamiento de las fuerzas políticas de tal nivel que el trabajo de lograr acuerdos sea difícil, circunstancia que puede conducir a un empantanamiento de la gestión gubernativa.

Hoy por hoy, los expertos electorales pronostican una participación ciudadana cercana a los 6 millones de electores lo que, por exclusión, implica que una clara mayoría (8 millones) se mantenga apartada del proceso de nominación de nuevas autoridades. Esta sola circunstancia genera una marginación que pudiera llevar a importantes grupos sociales a buscar la expresión de sus aspiraciones a través de cauces extrainstitucionales.

Los partidos políticos parecen no haber captado lo altamente riesgoso que esto puede ser para la convivencia al interior de la sociedad política. Con una sobrevivencia ensimismada, transformados en cooperativas de parlamentarios, crecientemente alejados de las inquietudes de la gente, contando con casi  nulos niveles de participación efectiva de sus propios militantes de base, más proclives a escuchar a los grupos de interés que a la gente común, capturados por las ambiciones personales y familiares, persisten en mostrarse sordos a las preocupaciones reales de la gente.

Si estas entidades, llamadas por su propia naturaleza a ser intérpretes de la sociedad, no son capaces de regenerarse oportunamente, sin duda serán sobrepasadas por nuevos referentes que buscarán cumplir con las responsabilidades que ellas eludieron.

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