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ÓSCAR CASTRO ZÚÑIGA: POETA DE LA TIERRA.

Tulio Mendoza Belio

Premio Municipal de Arte de la Ciudad de Concepción (2009).

Recordar es traer al corazón. Y eso es lo que hacemos cada vez que rememoramos algo o a alguien. El poeta, cuentista y novelista, Óscar Castro Zúñiga (Rancagua, 25 de marzo de 1910- Santiago, 1 de noviembre de 1947), fue para mí, desde mi adolescencia, todo un símbolo en mi ciudad natal y marcó hondamente nuestro acercamiento a la poesía y a la literatura. Es un hecho que cada ciudad busca y ha buscado tener íconos, hombres y mujeres que de algún modo los representen. Generalmente, se ha privilegiado para ello el que hayan nacido en la tierra que desea ser reconocida. Chillán, por ejemplo, se ufana y con razón, de tener como sus hijos más destacados a Claudio Arrau, Marta Colvin y Ramón Vinay, entre muchos otros.

Óscar Castro Zúñiga es el poeta que uno comenzó a leer (hablo de 1970) y a escuchar en las magníficas composiciones del también rancagüino, Ariel Arancibia y en la interpretación de Los Cuatro de Chile. Quién no ha tarareado: “Yo me pondré a vivir en cada rosa/ y en cada lirio que tus ojos miren/ y en todo trino cantaré tu nombre/ para que no me olvides.” En ese tiempo nos resultaba increíble haber sido alumnos de la Escuela Superior de Hombres N°3 y del Instituto O’Higgins de la Congregación de los Hermanos Maristas, sabiendo que el poeta y narrador también había estudiado en estos prestigiosos establecimientos educacionales. Hoy, el liceo principal de Rancagua (donde él fue bibliotecario), lleva su nombre y en la entrada principal, grabados en grandes placas de metal, se pueden leer algunos de sus más conocidos poemas: “El junco de la ribera/ y el doble junco del agua/ en el país de un estanque/ donde el día se mojaba.”

Ecos de García Lorca en estos últimos versos. Y es que el poeta Óscar Castro se dio a conocer más públicamente en 1936, cuando escribió “Responso a Federico García Lorca” en homenaje al autor español asesinado en la guerra civil española: “Muerto se quedó en la tierra,/ tronchado por cinco balas./ Este año no darán frutos/ los naranjos de Granada./ Este año no habrá claveles/ en las rejas sevillanas./ El río Guadalquivir/ llevará sangre en sus aguas./ ¡Cómo llorará su espíritu/ en las guitarras de España!”

La obra poética de Óscar Castro Zúñiga, es la formulación fina y delicada, melancólica y serena, culta y refinada, pero a la vez realista y efectiva, expresionista y situada, de su yo más íntimo y que traduce toda la percepción de su mundo, de su tiempo y espacio, desde un clima bucólico paradisíaco, desde un “locus amoenus”, desde un lugar feliz, tanto geográfico como espiritual, pero que el poeta ha matizado y enriquecido con su propia verdad: la de la vida sufrida y padecida, la de la vida real, con sus miserias y pesares.

Hay idealización en la mirada, pero a la vez realismo descarnado. Este es el punto de partida y el punto de regreso: entre ambos está la escritura como un árbol que echa raíces. En este contexto, perfectamente se podría considerar a Óscar Castro Zúñiga como un poeta lárico, es decir un poeta del lugar, de las raíces, del espacio como casa, morada y fundamento. Fue el poeta Jorge Teillier el que postuló ese sentido “lárico” de la poesía (recordando a Rainer Maria Rilke quien nos habla de un sentido humano y lárico). Teillier quería un “tiempo de arraigo”, “de contacto con la tierra”, en contra del éxodo y el cosmopolitismo y la “falta de sentido histórico” de algunos de sus contemporáneos y antecesores. Y agrega que “la poesía lárica no es solamente del sur, sino de toda la gente que respete sus tradiciones y antepasados.” Rescate, patrimonio, memoria histórica.

En Óscar Castro Zúñiga, será el Valle Central de Chile, con sus fértiles suelos y su cultura campesina, la atmósfera más sentida y propicia para entregarnos su canto, su visión de mundo. Pero el arraigo en Castro Zúñiga es más bien de carácter social, existencialista, realista e, incluso, expresionista. No en vano se le ha llamado “poeta de la tierra” y la tierra es, además, el planeta que habitamos, el suelo natural, el terreno cultivable, la patria, el país, la región, el valle, la comarca, el campo, la casa, el hogar, la morada, la aldea, la hacienda, los dominios. “Invitación al valle en que vivo”, poema de su libro “Rocío en el trébol (1950), resume este sentido, con mucha claridad, en sus doce estrofas: “Venid por este vino que a mi vaso/ da su fulgor de sangre perfumada/ y os diré la canción de las vendimias/ que suena en las abejas su guitarra.” Y en la piedra tumbal del Cementerio N°1 de Rancagua, leemos esta estrofa de su “Poema de la tierra”: “Tierra mía, mi tierra con olor a vendimias,/ sabor del fruto dulce y del agua que bebo,/ el día en que tu entraña me recoja y me absorba/ te habré devuelto solo todo lo que te debo”.

La narrativa del poeta (todo poeta es escritor, pero no todo escritor es poeta), tiene los ingredientes de un retrato costumbrista y humano (los mundos interiores de la clase baja), realista y de época, pero siempre traspasado por ese lirismo que se traduce, fundamentalmente, en un lenguaje rítmico y alado, preciso, diáfano, sencillo y transparente para decir el amor y el erotismo, la justicia social y la esperanza. Óscar Castro se aleja de un regionalismo cerrado (como es el caso de los criollistas) y se hace universal. Su propia vida, con muchas precariedades y dificultades económicas, con su delicada salud (morirá de tuberculosis), parece hacer más grande su inspiración creativa, en vez de cortarle las alas.

Resulta muy interesante constatar, como acertadamente señala Miguel de Loyola, que la obra del autor de “Llampo de sangre” (1950) y “La vida simplemente” (1951), podría “estudiarse como sustrato de obras posteriores a las suyas”, como “Hijo de ladrón” (1951), de Manuel Rojas, por ejemplo, o “El lugar sin límites” (1966), de José Donoso. En la visión de mundo de Óscar Castro Zúñiga, hay una libertad de espíritu, de capacidad de liberación, de dignidad que observamos en sus personajes, signados muchos de ellos por la fatalidad, la pobreza y las necesidades más básicas.

“Entre las casas, hay una pintarrajeada de amarillo y café, con un farol de lata y vidrios azules colgando a su puerta. Hacia adentro sigue un pasadizo que desemboca en una vasta sala. El piso está cubierto por una alfombra llena de roturas. Hay un piano veteado de manchas, con un candelabro de menos y unas teclas ahumadas y fúnebres. En las paredes pintadas con carburo cuelgan viejas litografías que representan escenas de amor. La luz es sucia, grasosa y cae como una desgracia sobre las sillas de tapiz raído y chillón, arrancando aquí y allá una hebra de brillo mortecino.”

(fragmento de “La vida simplemente”)

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