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¿Qué es eso del “mutualismo”?

 Esteban Lobos, analista económico.

A raíz de un comentario anterior, un destacado profesional me detiene para preguntarme: “¿Qué es eso del mutualismo?”. Trato de explicarle brevemente. Antes de concluir me interrumpe: “Eso está bien para los vecinos del barrio, para las obras de caridad… pero…¿Empresas de ayuda mutua?”. Me comprometo a incursionar en la materia.

Para introducir el tema, recurro al Diccionario de la Academia Española. Algunos de los conceptos que aparecen, en síntesis son los siguientes: “Mutual: Recíproco”; “Mutualismo: Régimen de prestaciones mutuas, que sirve de base a determinadas asociaciones”. Es decir, en lenguaje sencillo, tras la idea del mutualismo, está el principio de la reciprocidad, lo que implica que un determinado número de personas se organizan  para ayudarse unas a otras con el fin de alcanzar objetivos comunes. Si se recorre la historia social de Chile, se observará que, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, las personas que laboran en determinadas ramas de la actividad económica y que se sienten desprotegidas  ante ciertos eventos (enfermedades, fallecimientos, vejez) se organizan en “Sociedades de Socorros Mutuos” entre las que destaca la tradicional de “Carpinteros y Ebanistas”. Ante la carencia de legislación laboral (las primeras normas aparecerán muchos años más tarde), el mutualismo adquiere un vigor inusitado y servirá de base a un amplio movimiento social.

Sustentándose en los mismos principios, surgen, en los Estados Unidos, a mediados del siglo XX, las “Asociaciones de Ahorro y Préstamos”, que buscan hacer accesible a las personas su demanda por una vivienda propia. Su  concepción evoluciona prontamente desde el campo de la actividad  libre netamente privada hasta una sujeción a normas que regulan su funcionamiento respetando su carácter mutual, a lo que se suma su expansión a diversos países.

Para una adecuada comprensión de su naturaleza, es bueno recurrir a un ejemplo simple. Cinco  familias aspiran a una vivienda propia del orden de los 15 millones de pesos. Si cada una de ellas tiene una capacidad de ahorro de 3 millones anuales, demorará 5 años en reunir el dinero suficiente para lograr su objetivo sin endeudamiento. Pero, si su meta la persigue asociativamente, el primer año, en conjunto reunirán precisamente 15 millones (tres de ahorro propio y doce de ahorro proveniente del ahorro de las otras cuatro familias) y, de esta forma, una de las familias del grupo alcanzará su meta el primer año; otra, al segundo año; otra, al tercero; otra, al cuarto; y la última al quinto año. Es decir, cuatro de las cinco familias concretarán su aspiración habitacional en menor plazo que si hubiesen abordado individualmente su problema y la otra, en igual plazo que si hubiese enfrentado sola el problema.

Naturalmente, en sociedades complejas el problema es diferente. Las personas tienen ingresos y capacidades de ahorro diferentes; variados requerimientos de vivienda (ubicación, superficie, casa o departamento, materialidad, etc.) y, en general, carecen de los conocimientos técnicos o del poder necesario para enfrentar a su contraparte: las empresas constructoras. Y, lo más difícil, no les es fácil encontrarse con otras personas de características y aspiraciones similares a la suya.

Durante varios años, el tema fue estudiado por el ingeniero civil Raúl Sáez Sáez (el héroe del Riñihue),  entre otros. Precisamente, el terremoto de 1960 abrió la oportunidad de concretarlo. El Presidente de la época, Jorge Alessandri obtuvo facultades extraordinarias del Congreso Nacional y, en uso de ellas, dictó el Decreto con Fuerza de Ley 205, de ese año que institucionalizó el Sistema Nacional de Ahorro y Préstamos (SINAP).

Las Asociaciones de Ahorro y Préstamos (AAP) fueron concebidas como “sociedades mutuales”, sometidas al control público por parte de una Caja Central de tres miembros, entidad llamada a autorizar la creación de las AAP.

Estas asociaciones de carácter privado estaban autorizadas para captar clientes mediante depósitos de ahorro y eran administradas por un Directorio elegido por la “asamblea de depositantes”, cuyos miembros disponían de votos de acuerdo al volumen de sus ahorros pero con un tope de cien votos, lo que impedía su manipulación y control por determinados grupos de interés.

Los depósitos eran reajustables, recibían un dividendo de acuerdo a los niveles de excedentes que registrara anualmente la Asociación y contaban con el seguro del Estado.

Las AAP otorgaban préstamos a los depositantes que cumplieran con un ahorro base y  que acreditaran un ingreso familiar cuyo 25% permitiera servir mensualmente la deuda, para adquisición, construcción, terminación y ampliación de viviendas. El plazo máximo de estos créditos era de 30 años y la tasa de interés no podía exceder del 7% anual. En su caso, las AAP actuaban como contraparte técnica en representación de los ahorrantes frente a las constructoras, empresas que, sobre sus costos reales acreditados, tenían derecho a cobrar un 10% por concepto de gastos de administración y un 10% de utilidad.

El Sistema, de hecho, operaba como una cadena abierta para posibilitar la concurrencia de individualidades diferentes. Para su dinamización, contó con recursos provenientes del Banco Interamericano de Desarrollo, de otras entidades internacionales y del Banco Central. Con estos fondos, la Caja Central compraba los créditos a las Asociaciones y hacía posible que dispusieran de nuevos recursos para otorgar nuevos créditos. Además, las AAP podían vender cuotas de estos créditos a particulares que desearan ahorrar, mediante los llamados “Valores Hipotecarios Reajustables, VHR” y acrecentar, de esta forma, los recursos disponibles para nuevos préstamos.

Al ser instituciones mutuales “sin fines de lucro”, los excedentes que se obtuvieran tras cada ejercicio anual se debían distribuir obligadamente, bonificando las cuentas de depósito de los ahorrantes, bonificando las deudas hipotecarias y gratificando a la planta de funcionarios de la institución.

EL SINAP operó exitosamente durante largos años en favor de los sectores medios de la población con capacidad y voluntad de ahorro. Su actividad se complicó a partir de 1971, cuando el Gobierno de la época dispuso que otorgara créditos de consumo de corto plazo de difícil recuperación y, en 1980 cesó su actividad, la que fue entregada a los Bancos cuyos créditos reajustables llegaron a otorgarse a tasas de hasta 15% anual.

En países como Alemania, las mutualidades operan exitosamente en áreas como la salud, permitiendo el acceso responsable de la población a sus beneficios.

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