Imperativo ético: la ciudadanía y los demócratas consecuentes, deben impedir la presencia de fuerzas Neo Fascistas en Chile.
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Editorial: La responsabilidad del periodismo

Equipo La Ventana ciudadana

Periodismo ciudadano.

Existe a lo menos un consenso formal en cuanto a que la libertad de expresión es una de las condiciones básicas para la existencia de una sociedad democrática.

Si se analiza la historia reciente, puede constarse precisamente que cada vez que nos encontramos con “democracias con apellidos” estamos enfrentados a una amenaza latente a esta libertad que es aquélla que hace posible que expresemos públicamente y  sin temores nuestras creencias, nuestras opiniones y nuestros juicios sobre el devenir de la comunidad en que vivimos. Podemos estar en lo cierto o estar equivocados, pero tenemos el derecho a expresar nuestras convicciones y confrontarlas con eventuales tesis opuestas.

Cuando un régimen se autocalifica   como  “democracia autoritaria” o “democracia protegida” no cabe duda alguna de que un personajillo se ha autoasignado la facultad de determinar, por sí y ante sí, qué es lo verdadero,  lo que curiosamente coincidirá siempre con lo que se considera conveniente para la sustentación de la camarilla que ejerce el poder. Al corto tiempo, serán otros, los subordinados de inferior rango,  quienes harán el juicio de valor correspondiente y prohibirán o censurarán todo lo que no sea de su agrado. Cuando un régimen se autocalifica como “democracia popular” procederá de similar manera y prohibirá y censurará no solo opiniones no gratas sino hasta expresiones de arte que son consideradas como negativas para la construcción de una “nueva sociedad”.

La verdad informativa absoluta, no existe. Incluso ante hechos cotidianos, como una colisión de tránsito, siempre se encontrarán visiones diversas y hasta contrapuestas,  las que pueden manifestarse de buena fe pero estarán  condicionadas por la ubicación física de quien testifica, por sus aptitudes personales de visión u oído y por diversas circunstancias presentes en cada caso.

Sin embargo, desde el punto de vista de la moral del periodista, considerado como el profesional que pone al alcance de un número indeterminado de personas el conocimiento de hechos a los cuales éstas no pudieron acceder directa y personalmente, su deber radica en entregar a su público receptor la descripción más exacta y acabada  posible de lo sucedido de tal manera que éste pueda formarse sus propias opiniones o juicios de valor sobre lo acontecido. De ahí que en cada caso sea indispensable delimitar claramente el relato objetivo de los hechos en relación con las consideraciones subjetivas, valóricas, que pueda tener el autor de la nota.

En nuestro tiempo, el periodismo libre está en peligro y la amenaza se cierne no solo sobre entes más o menos difusos  como pueden ser las empresas informativas sino  que su acción atentatoria  se concentra en la persona física del profesional de la prensa para provocar en él el temor y la autocensura.

A este respecto, los tiempos que se viven son angustiantes. En enero de 2015, un grupo de militantes de Al Qaeda, al grito de “Alá es grande” asaltó las oficinas en París del semanario satírico “Charlie-Hebdo” y asesinó a una docena de periodistas y colaboradores de la revista. Hace una semana,  agentes  del régimen absolutista  reinante en Arabia Saudita asesinaron, al interior de su propio consulado en Estambul, al periodista saudí Jamal Khashoggi, y luego, según los antecedentes reunidos hasta ahora, procedieron a descuartizarlo para hacer desaparecer sus restos aunque aún se especula sobre la posibilidad de que su cuerpo haya sido disuelto en ácido. Al otro lado del Atlántico, el gobernante del país más poderoso del mundo alienta día a día una feroz campaña en contra de los medios de comunicación de su nación buscando amedrentarlos al tiempo que despeja la senda para que mentes extremistas y desquiciadas realicen atentados en su contra.

En Chile, si bien la situación es radicalmente distinta no por eso deja de ser preocupante. El canal 13 de televisión, irresponsablemente, ha hecho un montaje que pretendía mostrar una obra de teatro estudiantil   como una realidad efectiva en el contexto de una campaña sistemática destinada a justificar políticas punitivas del Gobierno aplicables sin respetar el derecho al debido proceso.

Más aún,  el duopolio que controla los medios escritos y la televisión en Chile  ha mostrado una actitud débil y ambigua ante el riesgo que representa para Brasil y el subcontinente en general, el acceso al poder de Jair Bolsonaro que se ha jactado de aplaudir las dictaduras que otrora gobernaron en Brasil, Chile y otros países, ha justificado sus violaciones a los derechos humanos, ha hecho gala de misoginia y racismo, y ha amenazado a los demás poderes del Estado en su país, preanunciando un régimen absolutista de ultra derecha que puede llegar a tener consecuencias graves e inimaginables. Las argumentaciones del candidato en cuanto a que abrirá las puertas a la privatización de economía, a que reprimirá militarmente la delincuencia, a que combatirá la corrupción, han sido acogidas con benevolente simpatía y tácita aceptación por parte de nuestra prensa seria.

Todo lo dicho configura un cuadro que no se puede desatender. Simplemente, debería concluirse que amplios sectores del periodismo nacional, a pesar del transcurso de los años, no han logrado aprender nada de los costos que para la comunidad nacional ha significado en vidas, en libertades y en fragmentación social, la vigencia de un régimen de facto.  Intrínsecamente unidos a intereses económicos determinados, hasta ahora no han logrado asumir la democracia como una convicción valórica y cultural indispensable.

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